Variaciones sobre un hombre solo

munch.bn

¿Hay alguien allí?

¿Qué será la soledad? ¿De qué me acusa elegir estar solo? No quiero ver a nadie. Huyo del horror del encuentro y de la bárbara ceremonia de la fiesta. Soy inmune y ajeno a todo lo que ponga en acto la sociabilidad afásica que ejerzo. Pero no lo padezco. Sólo se transforma en sufrimiento o en ira cuando las circunstancias -o la cobardía- me obligan a incluirme en esos escenarios. Los demás están en mí. Cargo con sus huellas como un camino de silencio. Busco razones y recupero algunas escenas. Fragmentos de presencias ajenas en este encierro voluntario. ¿Hay alguien allí?


Maldición va a ser un día hermoso

Ahora viajo para dar conferencias. Presento una versión del mundo en la que ya no creo a personas que jamás la entendieron. Les hablo en la única lengua que quieren escuchar. Estoy harto de la verdad. Agobiado de que me crean. Aplastado por la reverencia a la autoridad que lo que digo encarna. Furioso con las orejas que confunden lo que digo con lo que soy. Quiero mentir. Necesito dar alaridos mentirosos. Quiero morderle los pezones a la verdad. Voy a atarla de pies y manos a la cama. Voy a taparle la boca. Voy a pegarle en las nalgas, hasta la sangre. Voy a ingresar en ella como en un templo vacío. Voy a eyacular mentiras hasta preñarla de un monstruo.

Me esperan en el aeropuerto, me abrazan, me agradecen el esfuerzo. Disputan con conserjes y gerentes de hotel hasta ofrecerme la habitación con la mejor vista del lugar. Yo los observo en silencio. Les agradezco sinceramente, percibo la carga de afecto que los motiva. Me instalo en habitaciones con perspectivas paradisíacas. Entonces, cierro herméticamente las ventanas, clausuro toda posibilidad de que el entorno ingrese a mi territorio. Soy incapaz de incluirme en escenarios naturales sin sentir el desagrado y el rechazo hacia la inmensidad autista de todo cuanto exhiben. Me recuesto sobre la cama. Estoy tan cansado. No tengo sueño. Quiero leer. Pero leer con los oídos. Escuchar el texto como a una música. Sentir el jadeo ansioso de la oración descargar sus vientos en mi cabeza. Acatar sus pausas, deslizarme por sus laderas. Atrapar el vértigo, huir hacia adelante. Recorrer una a una sus avenidas subterráneas. Escapar de las trampas del sentido. Ejecutarlo como a una partitura feliz. Bailar mientras leo. Sacudirme. Tenderme de espaldas sobre los renglones y flotar sobre sus olas. Quiero hacer de este libro una balsa. Navegar toda la noche en su océano sin islas. Surfear sobre esa atmósfera líquida. Acariciarle el lomo y besarle los pechos. Hoy, voy a leer con mis testículos.

Es muy curioso que los límites del comportamiento admitido resulten tan estrechos. La “normalidad” es un lecho de Procusto. ¿Qué hace que no sea posible describir una conducta sin hacer diagnósticos? El promedio es una medida intolerante. Una dictadura de la estadística. Una condena a la perpetua repetición.


Devorando/me

Estos textos son una autoscopía – mi propia mirada vuelta sobre mí mismo – pero son también una autofagia. Estas palabras me devoran. Hay aquí un silencio imposible de escuchar. Sólo, intoxicado de mí mismo. Corro detrás de fantasmas. Busco un antídoto que no es distinto del veneno. Ahora recuerdo al barón de Munchaussen. A punto de ahogarse en aguas del río, apela a sí mismo para rescatarse. Se toma de la cola de su cabello y tira con todas sus fuerzas hacia arriba con lo que logra levantarse por el aire. Él es su salvavidas. Él aporta su propio brazo solidario para evitar el naufragio. ¿No es impresionante? ¡Hágalo Ud. mismo! Self made man. El barón es autosuficiente. Él es su propia terapéutica. Pero el barón es mentiroso, es una parábola de la fantasía en etapa de reproducción neoplásica. Es una ser tumoral. Ignora que lo que muestra no es el dedo que lo señala. Nadie sabe lo que exhibe cuando oculta.

Escribir revela mundos monstruosos. Lejos de ser una estrategia para eludir lo real es un modo feroz para que la verdad te apriete la garganta hasta ahogarte en tus propias miserias. El lector asiste a esa escena brutal. Quien lee, te mira. Como un voyeur obsceno goza del espectáculo de tu propia desnudez. Yo -a tientas- me toco con palabras hasta reconstruir mi propia imagen. ¿Estas allí lector? Ahora te cerraré la puerta. Te agradezco y te maldigo. Por haber permitido que me vea, y por no haberlo impedido.

  • JuanitaBlee

    aquí me encuentro, a 3 clicks, a 3 páginas de leer todos tus posteos

  • daniel

    Muchas gracias Juanita. ¡Qué sacrificio el tuyo!