Variaciones sobre un mismo tema

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1. Desde hace una par de horas estoy acostado. Boca abajo, la cabeza colgando a pocos centímetros del piso. Mi cerebro está tan congestionado por efecto de la gravedad que he ingresado en un sopor casi metafísico. Mis neuronas flotan a la deriva sumergidas en sus propios fluidos. Una mano ingresa en mi campo visual y deja sobre la alfombra una taza con un saquito de té. Tiene los dedos finos y largos. Sé que esa mano conduce a una mujer pero no estoy dispuesto a comprobarlo. Me acaricia el cuello y se va sin decir nada. Dentro de la taza un humo lento comunica su oscuridad al agua. El líquido se vuelve marrón, casi negro. Un vapor espeso ingresa en mi nariz. El olor enciende los mecanismos de mi memoria. Regreso a lugares que suponía perdidos. La cocina de mamá, una tarde de invierno. La radio está encendida. Un desfiladero de burbujas asciende en dirección al techo desde una olla plateada que hace sonar un silbato. Estoy escondido debajo de la mesa. Ella está de espaldas. Erguida como un árbol, joven y bella. No me ve. Yo no me muevo. No puedo dejar de mirarla. Este lugar es el paraíso. Esa mujer ingresa en mi cuerpo y lo sacude hasta hacerme temblar. No entiendo qué me pasa. El vapor se condensa sobre los azulejos y cae como una lluvia de finas gotas sobre el piso. Con mi dedo índice escribo sobre una baldosa: “mamá”. Las letras son imperfectas, balbuceantes. Ella me ve. Se agacha, me abraza. Le cuento lo que acabo de sentir. Quiero saber cómo se llama eso que atravesó mi cuerpo.

– Amor – me dice- eso se llama amor.

Es la primera vez que pienso en esa palabra. Creo que este instante durará una eternidad. Que nadie podrá sacarme de aquí. Estoy a salvo. Ella es indestructible. Sólida como un muro de piedra. Nunca lo va a permitir.

Ahora regreso a la cama, a mi cabeza suspendida en el aire. A la taza de té que comienza a enfriarse. ¿Cómo he llegado al lugar donde estoy ahora? Nada de esto puede ser verdad. Todo lo sólido se desvanece en el aire.

2. Esa mujer es enorme. Tiene las manos gordas y el cabello negro. Me toma del cuello y me obliga a poner la cabeza debajo del chorro de agua helada de una canilla del patio. Me ahogo. Es invierno, es Julio, es mi cumpleaños. Hoy cumplo cuatro años. Hace minutos sentí que me orinaba. Le pedí permiso para ir al baño. No me contestó. Nunca lo hace si le hablamos en castellano. Cuando estoy asustado no me sale el tímido inglés que apenas estoy aprendiendo. Me esfuerzo. No aguanto más. “Miss Eve ¿May I go to the toillet?” Voy, me alivio, vuelvo. Cuando entro todos se paran y cantan “Happy birthday to you” dirigidos por la batuta implacable de Miss Eve. Corro. Me detengo junto al  piletón del patio donde tres nutrias nadan y asoman sus cabezas peludas. Me aterrorizan desde la primera vez que las vi. No puedo seguir. Me paralizo. Las garras de Miss Eve se me plantan en el cuello. Baja mi cabeza y abre la canilla. Aguanto la respiración. Tengo frío, mucho frío. Entonces cierro los ojos y vuelvo a estar debajo de la mesa de la cocina. Ella se agacha y me abraza Escucho su voz como un aire caliente ingresando a mi oreja.

– ¿Cómo se llama lo que acabo de sentir?

–  Amor -me dice- eso se llama amor.

Entonces el agua que cae a chorros sobre mi cuello ya no está helada. Las garras de Miss Eve ya no me ahogan. Ya no es mi cumpleaños. Nunca más será mi cumpleaños.

3. La luz es una delgada línea vertical que se cuela por el hueco de la puerta. Son las 5.20 de la mañana, en diez minutos sonará la alarma del reloj. Él aún está allí. Como todas las noches desde hace semanas. Apenas distingo su silueta. La cabeza erguida, el cabello sobre los hombros, la pierna extendida sobre una silla. Durante algunos segundos logro verlo completo iluminado por el destello intermitente del televisor.

Dentro de algunos minutos pasaré a su lado. Le diré “buen día”. Bajará la pierna dejándome el mínimo espacio para que pase. No responderá. No me va a mirar. Seré una ausencia. Apenas algo más que un estorbo. Le ofreceré café y me dirá que no. Otra vez una mano enorme me apretará la garganta. Querré abrazarlo y abofetearlo. Pero no haré ninguna de las dos cosas.

Me bañaré, me vestiré en silencio. Abriré la puerta a las 6 hs. Le diré “hasta luego” y responderá un gruñido.

Me sentaré en el auto. Me detendré unos segundos. Sentiré en mis brazos la memoria intacta de su cuerpo dormido. El peso de su cabeza abandonada sobre mi pecho. Su olor. La respiración. Su mano caliente apretando mi pulgar. Llevándoselo a la boca. Chupándolo. Mis labios besándole la frente. El susurro de su voz que llega desde el sueño y me dice: papá. El insensato deseo de que ese instante se coagule para siempre.

Antes de encender el motor me miraré las manos sudadas. Mi corazón al galope será un caballo enloquecido. Voy a cerrar los ojos. Entonces ella volverá a ingresar en mí. Le voy a preguntar:

– ¿De qué se trata todo esto que siento pero no comprendo?

–  Amor -me dirá- esto se llama amor.

Suena el despertador. Estiro mi brazo y lo apago. Veo – como en una revelación – la inutilidad de cada día. Ahora una serpiente repta sobre mi espalda. Traza el surco glacial de la culpa. Intento levantarme. Pero me aplasta el peso feroz de la impotencia.

4. Al final de este texto duerme una mujer desnuda. Como al final de casi todas las cosas. Allí, donde lo real se despoja de sus máscaras y se muestra brutal como una verdad a secas.

Si aún pudiera creer en las fábulas y en los cuentos de niños. Si por un instante lograra poner en suspenso la dictadura de la razón. Si el singular no fuese una cárcel.

Ella está aquí. Siempre esta aquí.

Por las mañanas no me habla. Por las noches me cuenta historias que me dicen quien soy. Esta mujer encarna la naturaleza sublime de la hembra. Tiene el don de la anticipación y la porosidad de la tierra. Me planta como a una semilla muerta para incubarme con el calor de su vientre. Hay secretos que no me cuenta y que ella ignora que conoce. Yo sé que nos une algo innombrable pero ella imagina que escondo una palabra que no le quiero entregar. Es un enorme malentendido.

Hoy he quedado capturado en sus caderas. Esta noche la anatomía me relevará de las meditaciones fútiles. Es irresistible como una perfecta máquina reproductora. Pero finge que no lo sabe.  Allí está, desnuda, como un disfraz que ya no tiene nada que esconder. Con sus piernas abiertas y su ojos cerrados.

Conoce – aunque lo calla-  la clave de todos mis secretos. Ha descifrado la patética vulgaridad del macho. Su pesada carga genital, su destino rudimentario y pedestre. Con su repugnante torso velludo. Con la urgencia bestial de su embestida pélvica. Con su carcajada sonora y su mueca simiesca.

Yo me esfuerzo por alcanzarla sin respirar sus vapores venenosos. Lucho, idiota, como si eso fuese posible. Sueño con acceder a ella sin disolverme en el encuentro.

– ¿Qué es esto que me empuja y se adueña de mi voluntad?

– Amor –me dice- esto se llama amor.

D.F
* Imagen Lucien Freud The Painter`s Etchings, Exhibition at MoMA.