Vientos de la melancolía

edward_hooper_nighthawks

Acá estoy bajo el loco viento patagónico, en Zapala. Una ciudad donde mandan a los milicos cuando quieren castigarlos. Dicen que es peor que la cárcel. Mañana por la mañana salgo hacia Chos Malal, Dios dirá qué cosa será eso. Estoy alojado en un hotel de road movie del desierto. Triste, desolado y casino. Hay espectros que deambulan por los pasillos gobernados por las maquinitas y la rula. Es lo único que los rescata del encierro y de la condena a sí mismos. Petroleros duros, mudos como piedras. Tipos curtidos a fuerza de frío, viento y soledad. Hombres separados de sus familias durante meses. Abandonados a la compañía austera y sin preguntas del Jack Daniels y de las putas.

Alguno se sienta en el bar frente a la ventana de vidrio doble y mira pasar el viento que sopla furioso y constante. El aire helado de la montaña ruge por las calles a 90 km por hora. Ellos se quedan absortos mirando la nada mientras sus hijos crecen sin ellos, sus mujeres tejen como Penélope y lloran en la cama de sus amantes sin comprender los motivos. Yo los observo. +

Me gusta esta gente. Toman un trago detrás de otro y, cuando el alcohol les calienta la cabeza, chistan y señalan con el dedo. Entonces, una misionera o una chaqueña casi adolescente, cagada de un frío que jamás imaginó, se les sienta en las rodillas. Les dan de beber el jugo tibio de sus tetas mientras les acarician la nuca como a perros de la calle.

Saben que casi todo es mentira, que están solos en este océano de arbustos, chivos y distancia. Acá la soledad se muestra salvaje y sin disimulo. Todos está lejos y casi nada vale la pena. Ellos lo saben con el cuerpo aterido y los bolsillos llenos. Compran todo lo que encuentran como un jarabe inútil contra lo que no tiene remedio. Se intoxican hasta la inconsciencia para matar al monstruo de la memoria. Pero no lo consiguen.

Uno me invita a su mesa, y yo voy. Quiere hablar, pero no sabe de qué. Entonces compartimos el silencio como si fuese una conversación. Y vaya si lo es.  Me gusta esta gente. Han comprendido la inutilidad de casi todo. Esperan, como Vladimir y Estragón, aunque tampoco saben qué o a quién. Te invitan un trago y una mujer, pero yo les digo que no bebo. Juntos miramos por la ventana pasar al viento de la cordillera mientras van cayendo en el sopor amargo del whisky. Caminan oblicuos e inestables guiados por la mano temerosa de una puber muerta de miedo como una niña abandonada en la noche.

Debería quedarme en este lugar. Para mí el desierto está allá, donde todos los días me desangro entre la intrascendencia y la traición. Acá nadie miente porque saben que la verdad no existe. Callan porque no hay nada que decir. Compran alcohol y mujeres porque comprendieron que no hay otro modo de tenerlas.

Me gusta esta gente. No buscan el éxito porque les da risa. No le temen a la muerte porque ya les ha sucedido. Disfrutan el esplendor de su propia ruina. Mastican el polvo de la derrota pero no se quejan porque saben que nadie escucha. Es un mundo de hombres. Es decir un templo donde se adora a las mujeres así como son, ajenas e inalcanzables. Les miran los culos redondos, magníficos. Saben que esas nalgas son lo único puede calmar su apetito de mono y su corazón de náufrago. No tienen esperanzas, y hay que ser muy valiente para vivir con eso. Me gusta esta gente.

Si no regreso ya saben dónde buscarme. Hay un puticlub por cuadra, pero no son muchas. Me encontrarán sentado a la mesa del bar con mi vaso de Schwepes limón y mi libro. De vez en cuando callaré con alguno de ellos durante un rato. Si junto coraje, alguna madrugada les diré a las chicas que las quiero mucho, que me entristecen y que las admiro. Que hay que ser muy macho para vivir sus vidas. Si vuelvo, comprobarán lo que ya saben, que siempre he sido un cobarde y que nunca me voy a animar. Pero si no vuelvo, ay pero si no vuelvo…

Abrazos y chiflidos de la cordillera.