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Lighting

¿Qué hago acá después de tantos años? Hay un alboroto de pájaros en el parque del hospital. Me refugio bajo la sombra del monte de paraísos. Demoro en bajar del auto. Suena el silbido que anticipa al tren. El piso tiembla como en un terremoto hasta que los vagones se pierden con la proa hacia el Oeste. La Martita todavía vende Chipá que protege de las moscas con un paño blanco inmaculado sobre un canasto de mimbre. Cuando el semáforo se pone rojo, se lo monta sobre su cabeza y camina en zigzag con un equilibrio de artista de circo entre el humo de los caños de escape. Miro este lugar donde han quedado tantas horas de mi vida. Lo recorro como un ojo detrás de la mira de un fusil. Voy y vengo por sus paredes descascaradas. Bajo al subsuelo con la mirada donde todavía debe oler a sopa y a jabón.

Al fondo, detrás de los talleres de automotores, estaba “la casita. Alguna vez había sido la residencia del director pero los milicos la habían convertido en un chupadero. Todos sabíamos lo que había ocurrido en ese chalet de dos plantas con techo de tejas a dos aguas y pileta de natación. Evitábamos pasar por allí. Jamás mirábamos en esa dirección. Nadie se animaba a hablar acerca de aquella casa del terror. Nos callábamos cuando algo aludía al tema. Pero nos mirábamos con los ojos mudos, húmedos de recuerdos. Cuando por algún motivo me veía obligado a acercarme pronunciaba en voz baja los nombres de nuestros compañeros que habían pasado por allí para no volver jamás. No podía evitarlo. Me parecía que una voz que no era la mía los nombraba a través de mi boca.

Allá al costado estaba la morgue escondida entre las matas de azucenas. Guardo tantas madrugadas bajo esos techos de chapa. Cada vez que un enfermo fallecía bajábamos hasta ese galpón sombrío. Tomábamos muestras de tejidos persiguiendo los motivos de la derrota. Queríamos saber. Soñábamos con robarle los secretos a la muerte. Ahora hay un estacionamiento de ambulancias y un depósito de tubos de oxígeno. Pero yo todavía veo la sombra de aquellas paredes grises y a los gatos rondando los tachos de basura.

¿Qué hago acá? ¿Por qué me hiciste llamar? ¿Justo a mí?

Vuelvo a recorrer con vos esos caminos de pedregullo que iban desde el edificio central hasta la morgue. Estaba oscuro, muy oscuro. La luna era apenas un reflejo amarillo asomando detrás de las nubes negras. Yo empujaba una camilla con un cuerpo aún caliente. Vos no podías parar de hablar. Era tu primera vez. Yo ya conocía el horror de ese trabajito. Me ayudaste a acomodarlo sobre la mesa de Morgagni. Estábamos tan sumergidos en los vapores del formol que apenas podíamos respirar. Casi no veíamos nada alumbrados por la luz mortecina de una lamparita que colgaba desnuda del techo. Vos cerrabas los ojos. Y hablabas, hablabas, hablabas. Me puse los guantes y te ofrecí un par. Sacaste las manos como si te fuesen a morder. Había sido tu paciente. Era un santiagueño que se llamaba Domingo. Sospechábamos una ruptura cardíaca con taponamiento peridárdico como desenlace de un infarto que  había sufrido todas las complicaciones posibles a lo largo una semana. Inserté una aguja en el pecho debajo del apéndice xifoides en dirección al hombro derecho. La jeringa se llenó de una sangre negra y espesa. Vos te pusiste pálida. Sudabas unas gotas chiquitas que te iluminaban la frente. Supe que te ibas a caer. Te sostuve a veinte centímetros del piso. Perdiste la conciencia. Un chorro caliente de orina se deslizó entre tus piernas hasta formar un charco bajo tus pies. Me causó gracia. No podía parar de reírme. Vos te despertaste y me puteaste en todos los idiomas. Me obligaste a darme vuelta mientras te sacabas la pollera y te ponías mi guardapolvo. Me hiciste pasar un trapo embebido en alcohol sobre el piso. Te acompañé hasta la habitación de médicos. Esperé un rato largo mientras te dabas una ducha. Escuchaba tus gritos insultándome desde el baño.

¿Qué hago acá? Hace años que no nos vemos. ¿Qué te voy a decir? Me siento un pelotudo. Encerrado dentro del auto mirando cada rincón guiado por la memoria sin animarme a bajar.

Con la mirada subo hasta la terraza repleta de nidos de paloma. Allí, esa misma noche de verano después de tu desmayo, nos tomamos una cerveza y después otra y otra más. Entonces la que se reía sin parar eras vos. Yo estaba mareado, apenas podía mantener el equilibrio. Nos desnudamos bajo las estrellas. Vos mirabas hacia abajo las luces de los coches sobre la avenida. Yo sentía el olor de tu piel con ese resabio a Iodopovidona que ninguno de los dos se podía sacar de encima. Se desató una lluvia torrencial. El cielo se iluminaba con cada relámpago. Nos pegábamos uno al otro esperando el estampido del próximo trueno. Entonces gritábamos como poseídos mirando al cielo. Se nos llenaba la boca de agua. Escupíamos globitos y sonidos líquidos hasta el borde de la asfixia. Nos limpiamos a grito pelado las sombras de la muerte y la incertidumbre de los primeros años. Entonces te pusiste a llorar. Te sacudías como una nena desconsolada. Yo no sabía qué hacer. Te abracé. Estábamos empapados. Me decías: –“No voy a poder, nunca voy a poder”– Un rayo cayó muy cerca. Todo pareció detenerse por un instante para volver a comenzar. La terraza se inundaba. Flotaban botellas vacías arrastradas por la corriente. Las copas de estos mismos árboles altísimos se doblaban hasta casi rozarnos las cabezas. Una ambulancia entró haciendo sonar la sirena seguida por dos patrulleros. Escuchamos los ruidos de las puertas, gritos, voces de mando. Vos seguías llorando y babeándome el pecho. Me pareció que si te besaba me estaría aprovechando de la situación. Pero me miraste a los ojos entre sollozos y me dijiste: – “Besame idiota, ¿qué estás esperando?”  Entré en vos sin pedirte permiso bajo el alero de la terraza y sobre un colchón de diarios viejos y mojados.

¿Qué hago acá? Esta mañana sonó el teléfono. ¿Cómo iba imaginar que se trataba de vos? –“Doctor acá tenemos a una paciente en la sala de Emergencias que nos pidió que lo llamáramos a usted”.– Cuando esté frente a vos tendré que saber qué voy a decirte. Somos otros. Los dos, somos otros. Pensé que ya no guardaba nada de aquel que fui mientras estábamos juntos. Pero todo a regresado intacto mientras busco el coraje para bajar del coche. ¡Puta madre! ¿Qué te voy a decir?

Bajo estos mismos árboles charlamos una noche sentados sobre el pasto. Nos fumamos un cigarrito de yerba de los que les vendía la custodia policial a los presos internados. Intenté convencerte pero fue inútil. –“Me voy, esto no es para mí”-. Y te fuiste. Dejaste la profesión en la que recién nos iniciábamos. A veces venías al hospital y me hacías llamar. No querías entrar. Yo te iba a buscar hasta la puerta y nos tomábamos unos cafés en el bar de Don Pastor. No nos decíamos nada. No sabíamos qué decirnos. Vos te ibas, yo me volvía a la guardia. Fui aprendiendo. De a poquito adquirí los vicios y las virtudes de este oficio. Vos me mandabas cartas escritas con letra chiquita y retorcida con varias hojas repletas de dibujos infantiles.

¿Qué carajo hago acá? Esa voz en el teléfono me dejó mudo esta mañana. –“La paciente fue internada anoche. Ingresó en coma a consecuencia de una intoxicación barbitúrica. Es su segundo intento de suicidio por lo que hemos podido averiguar. Estuvo con asistencia respiratoria mecánica durante seis horas pero ahora está lúcida y respirando por sus propios medios. Insiste en que quiere verlo a usted y a ninguna otra persona más.”-. Entonces me subí al auto y vine hasta acá. Corriendo. Enloquecido. Pero ahora no sé qué hacer. ¿Qué esperás que te diga? ¿Qué te hizo pensar en mí cuando despertaste esta mañana igual que aquella noche al lado de la mesa de autopsias? Tengo que subir hasta tu cama y mirarte a los ojos. Yo sé que me vas a decir como hiciste tantas veces: –“Vos pudiste, yo no”-. ¿Qué es lo que pude? ¿Qué es lo que no pudiste vos? No es momento para preguntas retóricas. Los dos sabemos de qué cosas no hemos sido capaces. Creo que mejor te voy a besar en la frente. Te voy a apretar la mano. Te voy a decir al oído: –“Muñeca, ponete bien que esta noche te paso a buscar y nos volvemos a la terraza”.

  • La medicina es un afrodisíaco para vos,  Dany.
    Por  eso tanta pasión.
    Por eso tanta sensualidad mezclada con la vida y la muerte, en el medio deseo de vida .
    Y para que pellizque, deseo de sexo, para un goce en su máxima expresión>
    Exorcisar tanta angustia que nos provoca estar al lado de la muerte.
    Hermoso y trágico.