Yo también soy clitorideano

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No es que sea un experto en el placer femenino. Nunca he sido capaz de proporcionárselo a ninguna mujer. Lo que sucede es que me resulta cada vez más complejo encontrar el mío. No en la cama, claro, donde soy un primate como cualquiera. Me refiero al arte, a los libros, a la música, al cine. Necesito hurgar en la superficie hasta dar con lo que me hará feliz. Abordo un texto con la obstinación de un geólogo. Horado sus capas de rocas, de tierra o de minerales hasta encontrar mi río subterráneo. Gozo de ese trabajo que busca su recompensa. Postergo la descarga hasta que el camino la justifique. Ya no me resulta posible la alegría rápida de lo inmediato. La eyaculación apresurada de un coito de ascensor. Me decepciona. Me tienen harto los libros o las películas que te entregan a las trompadas lo que tienen para darte. Ya no puedo disfrutar de ellos. No es un juicio moral. No tiene que ser válido para otros. Intento describir un fenómeno del que soy víctima. Necesito que el placer me reclame un esfuerzo. Que se aleje. Que se demore. Que no se agote en un puro presente.

1. El planeta Melancolía

Hace algunos días vi la película “Melancolía” de Lars Von Trier. Me divirtió leer los comentarios que dejaban otros espectadores. Casi todos eran puteadas. Se quejaban de las mismas cosas que a mí me hicieron disfrutar del film. Lenta, laberíntica, depresiva, escenas inconexas, música que gana el primer plano pero no entendían por qué. Me entusiasma ese trabajo que una obra te propone. Rellenar los agujeros que deja sin narrar, los detalles que no te explica. En los escasos momentos en que me dieron tregua las preciosas tetas de Kristen Dunst pude disfrutar del modo elíptico con que esa historia es contada. Un matrimonio que naufraga durante la fiesta de bodas. ¿Qué podría ser mejor? Subir la cuesta de las falsas ilusiones del amor. Y arrojarse al vacío en el mismo momento de alcanzar la cumbre. Es ideal. Asesinarlo apenas salido del vientre de tus fantasías. Matar al niño antes de que crezca y te mate a vos. El sueño de Layo. Edipo muerto antes de la tragedia. Las escenas, los diálogos, la fotografía te interpelan. El monstruo de la depresión desatándose en mitad de los festejos. La puesta en escena del tiempo depresivo. El reloj con delay de los tristes. ¿O vos nunca has padecido un domingo? Un cielo amenazante. Antares escondiéndose de las miradas. El cosmos ofreciéndose a la lectura exasperada de los fatalistas o a la falsa neutralidad de los científicos. El planeta Melancolía sobrevolando la tierra arrasada de la subjetividad de nuestros días. Cada capítulo te arma un rompecabezas. Nadie mastica por vos el plato que te sirve. La música de Tristán e Isolda sobre un paisaje estremecedor. Seres anodinos que bailan al compás de sus fracasos. Los más viejos adquieren la lucidez del cínico o la banalidad del exitoso. No quiero hablar de la película sino del arduo trabajo que una obra como esta te demanda. Del placer que se posterga hasta que te has esforzado lo suficiente para encontrarlo.

2. La historia detrás de las cosas

Acabo de leer “El mapa y el territorio” de Michelle Houellebecq. El texto te obliga a atravesar largos pasajes acerca de las características de algunos productos industriales modernos. Uno se pregunta mientras lo lee, ¿es necesario? Pero avanzás. A veces con esfuerzo. A medida que te internás en esos catálogos de la producción -que a vos no te interesan para nada- vas encontrando un sentido a esa descripción. El autor ejerce esa infrecuente forma de inteligencia entre los intelectuales que no sólo puede reflexionar acerca del significado de las cosas sino que conoce las cosas mismas. En libros anteriores ya nos había demostrado su conocimiento profundo de la biología y ahora lo hace respecto de la plástica contemporánea, de los mapas Michelin, de los autos marca Audi, de los calefactores y de otros rubros. La historia adquiere su espesor montada sobre esas disquisiciones a veces insoportables. Es posible que los hechos que narra no fuesen los mismos si no estuviesen apoyados sobre aquellas columnas que los sostienen. En algún momento imaginé que el maldito Houellebecq te obligaba a pasar por esa prueba con el único propósito de ofrecerte el contexto de tedio y desesperación con que él quiere que leas su historia. Acá tampoco el placer se te ofrece apenas abrís la puerta. Te exige un recorrido. Te somete a un rito de pasaje al cabo del cual estarás preparado para acceder a lo que te propone. Hay que descorrer muchos velos antes de encontrar el carozo desnudo de la obra.

3. La cocina de la escritura

Durante las últimas semanas tuve la fortuna de que una de las más grandes escritoras argentinas me abriera las puertas de la cocina de su escritura. Mientras ella escribía un relato me fue enviando las versiones sucesivas sobre las que iba trabajando. La primera me llegó una noche de sábado con un mensaje eufórico: “Encontré la historia”. A mí me pareció magnífica. Una narración repleta de ternura por los personajes. Escrita con una lengua austera, libre del veneno de los adjetivos. Te hacía ver los sucesos. Pintaba para vos la intimidad de esos seres que transitaban el texto. Dos días más tarde me anunció que estaba trabajando y que eso la hacía inmensamente feliz. La envidié. Al domingo siguiente recibí la segunda versión. Había nuevos hechos y un orden ligeramente modificado. El lenguaje se había limpiado aún más de palabras innecesarias. El sentido de la historia empezaba a esconderse detrás de la anécdota. Se anunciaba a través de las emociones que su destreza de narradora administraba con talento. El jueves recibí la tercera versión. Era impecable, precisa como un mecanismo de relojería. “Esta es la definitiva Daniel, ahora sí”, me decía su correo. La releí varias veces. Tenía razón, ya no había nada que agregar ni que quitar. La máquina tenía las piezas indispensables y funcionaba a la perfección. El lunes me pedía disculpas: “perdoname, pero hay algunas cositas minúsculas que necesito cambiar”. Las cambió. Esas “cositas” fueron pequeñas, muy pequeñas. Pero el impacto sobre la totalidad fue un terremoto. “Esta vez sí, te lo prometo…”, me dijo. Guardé el relato y lo estudié como a una pieza de anatomía durante varios días. Lo disequé capa a capa, hasta el hueso. Ella me había permitido asistir al alumbramiento de un cuento maravilloso. Lo vi crecer como un feto en el vientre de su madre. Aquel primer texto contenía el esqueleto del niño por nacer. El último era un ser vivo, autónomo y conmovedor. Había atravesado el recorrido artesanal y laborioso donde lo fue arropando con la amorosa delicadeza de una madre. Lo que antes era inmediato y autoevidente, era ahora una llama cuya luz sólo se dejaba ver si se atravesaba el laberinto donde la autora la había resguardado como a un tesoro. El placer se demoraba. Eso lo hacía superior, sutil. El Minotauro esperaba al final del camino. Ella te entregaba el hilo de Ariadna. Ahora todo dependía de vos, lector. Me emocionó mucho el relato. Pero también la experiencia de acompañarla. La generosidad de abrirme una ventana que los escritores suelen preservar celosamente del ojo indiscreto. Tenía un cuento perfecto. Había asistido al trabajo de orfebre de una de las mujeres más inteligentes que conozco. Todo había terminado. Me sentía feliz. Orgulloso. Anoche me envió un nuevo correo: “No te enojes, pero hay ciertas cositas que me gustaría…”.

Coda

No soy culto. Más bien terco y esforzado cuando de consumir cultura se trata. Tuve durante diez años el Ulises sobre mi mesa de luz. Un verano lo terminé dándome ánimo: “dale, dale, es mucho peor ir a la playa”. Me encerré ocho horas por día. Más para no tener que exponerme al sol que por amor a Joyce. Creo que fue una de las únicas vacaciones donde hice algo que valiera la pena. Me gusta buscar hasta encontrar el sitio donde el placer se esconde. Como un explorador en la selva corto la maleza, busco señales. Insisto. A fuerza de obstinación y de paciencia. Ensayo y error. Lo convoco a los gritos en un páramo desierto. Lo froto como a la lámpara de Aladino. El placer a veces se deja ver. A veces no. Huyo de la penetración sin prolegómenos. Le abro las piernas a una obra. La camino a ciegas, sin mapa ni brújula. Le descorro los pliegues hasta encontrar su capuchón. Le ofrezco mi voluntad. Me gusta el goce esquivo y laborioso. El que impone su distancia. El que necesita de mí para mostrarse. Sí, puede ser. Tenés razón. Creo que yo también soy clitorideano.

Imagen: Mujer, Lucien Freud