¡Christakis lo hizo otra vez!

Acerca de la conducta y las redes sociales.

Por segunda vez en menos de un año el Dr. Nicholas A. Christakis ha publicado en la revista “The New England Journal of Medicine” los resultados de una investigación en la que se aplica la metodología del estudio de las redes sociales. En Junio de 2007 su primer trabajo analizaba las modalidades de difusión de la obesidad y ahora lo hace respecto de la dinámica colectiva del tabaquismo. Todo parece indicar que la adquisición de hábitos, y sus inexorables consecuencias sobre la salud de las personas, tienen su origen en situaciones ambientales. Las complejas interacciones entre biología y cultura tejen una vez más la trama sobre la que las enfermedades asientan. Fenómenos tan extendidos en grandes grupos humanos y que atraviesan las condiciones socioeconómicas como éstos sólo se hacen posibles cuando los comportamientos se difunden socialmente entre los individuos. Los genes y otras condiciones orgánicas aportan los rasgos que hacen más o menos susceptibles a quienes las padecen así como la precocidad con que las enfermedades derivadas (cardiovasculares o cáncer por ejemplo) aparecen.

La doble condición del Dr. Chistakis -que es médico y sociólogo- le ha facilitado el encuentro con un marco conceptual apropiado y la habilidad para diseñar una metodología de investigación que ponga de manifiesto sus hipótesis. El estudio pormenorizado de grandes redes sociales y la identificación de individuos a quienes llama “ego” o índice y sus relaciones o “alter”, los “nodos” y los distintos grados de separación, todos seguidos en grupos enormes (20.000 individuos en el caso de la obesidad) y durante muy largos períodos (30 años), le ha permitido hacer un análisis pormenorizado del modo en que los hábitos se expanden o disminuyen. Así se hacen visibles fenómenos como la Homofilia: tendencia de las personas a elegir relacionarse con personas con atributos similares o la Inducción: la propagación de un comportamiento de una persona a otra. Individuos, redes, vínculos, nodos y modalidades de difusión de las conductas logran poner de manifiesto la “naturaleza” esencialmente “cultural” del comportamiento humano entrelazando en una compleja síntesis los componentes de la vieja disyunción natura / cultura.

Todo parece confirmar que son los lazos sociales los que facilitan o impiden la aceptación de algunas conductas relacionadas con la alimentación o el tabaquismo. Un vínculo entre personas sustentado en el reconocimiento intersubjetivo tiene un peso aún mayor que la proximidad geográfica o el parentesco sanguíneo o conyugal. El incremento de las posibilidades de que una persona se haga obesa cuando un amigo es obeso es del 57%. Esto resulta independiente de si las personas están separadas por cientos de kilómetros. En el caso de que se trate de amigos muy cercanos, esa posibilidad se incrementa hasta en un 171%.

El agrupamiento entre pares que comparten valores y significados comunes constituye el escenario determinante para que una determinada conducta se extienda entre los individuos. El indudable hecho de que las personas estamos conectadas permite comprender que también su salud se encuentre relacionada. La existencia de “redes sociales” habilita a reflexionar acerca de las formas en que las conductas se “contagian” en su interior. El espacio donde los acontecimientos determinantes de la salud y la enfermedad ocurren es el “espacio social”.

Red social del Framingham Study 

La dinámica de las relaciones entre personas se puede convertir tanto en un agente promotor de comportamientos de riesgo como en una estrategia de prevención una vez que se han comprendido su papel y los rasgos básicos de su dinámica de funcionamiento. El “contagio” puede ser biológico, pero también social. Lo “contagiado” puede ser una enfermedad o un factor de riesgo pero también una actitud orientada a la promoción de la salud. Saberlo nos permite instrumentar acciones y superar prejuicios.

La metodología empleada por Chistakis y Fowler ha permitido crear modelos de funcionamiento de las redes que revelan algunas de las muy complejas razones de su existencia, de su funcionamiento y de su evolución. Es atractivo analizar los bellísimos gráficos dinámicos que dejan ver las transformaciones de las redes respecto de una variable en el tiempo. Este recurso de investigación ya ha comenzado a emplearse para el estudio de los fenómenos diversos que van desde la conciencia -como propiedad emergente de las redes neuronales- hasta los mercados y los consumos de los grupos sociales.

La refinada metodología que Christakis pone a disposición de los investigadores no es un hecho menor. No se trata sólo de un recurso metodológico más sino más bien del ingreso en la investigación científica médica del concepto de la naturaleza estrictamente social del hombre y de todo lo que lo afecte. Las personas “vivimos” como consecuencia de nuestros extraordinarios dispositivos biológicos, pero sólo “existimos” cuando nos reconocemos en la mirada del otro. Así, todos nacemos dos veces, en la naturaleza y en la sociedad. Lo que los médicos intentamos es prolongar y mejorar la existencia y no sólo la vida. Todos conocemos ancianos a los que la existencia los abandona antes que la vida y el drama desgarrador que eso implica. El drama de la viejos no es que necesiten de los otros para sobrevivir sino que los otros ya no necesitan de ellos lo que les impide existir. Siempre necesitamos a alguien que nos necesite.

Mientras en nuestros consultorios recibimos a personas obesas, fumadoras, sobrealimentadas, inconstantes con la adherencia a los tratamientos y las hacemos responsables de su conducta. Mientras esa culpabilización sistemática e individual no cesa de producir los peores resultados desde hace décadas. Tal vez la propuesta de Christakis nos permita empezar a entender el origen social de los hábitos, los complejos mecanismos a través de los cuales una personas construyen sus estilos de vida y, ¿por qué no?, es posible que nuestra creatividad nos habilite a encontrar nuevas formas de asistencia que contemplen esas características.

Si los hábitos se conforman socialmente en la cultura, ¿por qué no intentar estrategias contraculturales de asistencia en grupos que aprovechen ese dato para implementarlo a favor de los pacientes?

Si la emulación de las conductas, el fenómeno de las “neuronas en espejo” y tantos otros son productores de comportamiento, ¿por qué no capitalizar esta información para el diseño de estrategias novedosas que las tomen en cuenta?

Si el fracaso en la modificación de los estilos de vida confirma la idea de que lo que se construye en redes no es posible modificarlo individualmente, ¿por qué no adecuar la atención de las enfermedades crónicas a esa realidad?

Los que estén en el camino…¡bienvenidos al tren!

Daniel Flichtentrei