¿Cuánto vale un millón de dólares?

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Gregory Perelman: la elocuencia del silencio

“ La realidad es una perra. ¿Qué tiene de asombroso, por otra parte, ya que ha nacido de la fornicación de la estupidez con el espíritu de cálculo, desecho de la ilusión sagrada entregada a los chacales de la ciencia”Jean Baudrillard”  El crimen perfecto”. Anagrama.

perelmanEl 22 de Agosto de 2006 más de 3500 matemáticos provenientes de 130 países se reunieron en Madrid en el 25º Congreso Internacional de Matemáticas. El rey Juan Carlos de España entregó a  los más destacados especialistas del plantea la medalla Fields, el premio Nobel de Matemáticas. Uno de ellos -por primera vez en 70 años- faltó a la cita.

John Ball, presidente de la Unión matemática Internacional, aportó las explicaciones. Luego de su infructuoso viaje a Rusia donde durante varios días intentó convencer a Gregori Pereleman para que acepte la distinción, lo único que obtuvo fue una frase corta pero rotunda: “Lo rechazo”.

La medalla premiaba la resolución de una conjetura que el matemático y físico Henry Poincaré – creador de la Topología- dejó planteada hace más de100 años. Él fue quien clasificó algunas de las superficies que existen en el Universo e investigó aquellos objetos que permanecen constantes por más que uno los deforme. Se proponía demostrar que en un mundo de cuatro dimensiones (el nuestro es de tres) una esfera no tiene ningún agujero. Para convertir esa conjetura en un teorema, algunos de los mejores matemáticos del mundo han dedicado muchas horas, incluso sus vidas, hasta ahora sin resultados positivos. Perelman resolvió ese interrogante al cabo de ocho años de encierro y luego, simplemente dejó una austera demostración en una página de Internet en Noviembre de 2002 sin respetar el formato establecido para un paper científico. Jamás intentó publicarla en una revista especializada.

Resulta muy complicado para un neófito comprender el problema al que Perelman encontró solución pero, la actitud que asumió frente al reconocimiento internacional, constituye sin dudas una nueva incógnita a resolver. La respuesta mediática mundial se concentró menos en su genio matemático que en su rechazo a los premios y a los dólares.

Lo que no entendemos nos describe. Nos interpela sólo lo que nos contradice. Así somos: pequeños, fútiles. Establecidos en el suelo del sentido común, no toleramos que se impugne lo que nos sostiene.

Gregori vive en un sencillo vecindario en los suburbios de San Petesburgo junto a su madre, ex profesora de matemáticas. Ha renunciado hace años a una promisoria carrera profesional en Estados Unidos y, más recientemente, al Instituto Steklov en su propio país. Alto, delgado, sólo usa zapatillas y camisas desabrochadas mientras se deja crecer las uñas hasta adquirir una longitud inusitada. Las pocas fotos que permiten ver su imagen recuerdan la de Rasputin. Pasó su infancia estimulado por los acertijos matemáticos que le planteaba su padre, bajo la influencia de los libros de Mark Twain, Julio Verne, H.G Wells, el ajedrez y la ópera. Uno de sus maestros de secundaria lo recuerda así: “ Pensaba con profundidad. No se apuraba, la velocidad no significaba nada para él”.

En la única entrevista que concedió (The New Yorker) aclara: “Es completamente irrelevante para mí. Cualquiera puede comprender que, si la solución a la conjetura de Poincaré es correcta, no es necesario ningún otro reconocimiento”.

Pocos años antes el millonario Landon Clay ofreció una recompensa de un millón de dólares para cada uno de los que resuelvan los siete grandes problemas aún vigentes en matemáticas. La solución encontrada por Gregori se refiere a uno de ellos. Nunca reclamó el dinero.

Luego de dos años de “abandonar” su trabajo en Internet un grupo de matemáticos chinos convirtieron la demostración en un paper formal de 473 páginas y la publicaron.

Publicar o perecer:

“La codicia es una puta universal” William Shakespeare

En el estrecho mundo de las ciencias el patrón de medida de todas las cosas es la cantidad de publicaciones en revistas con arbitraje que un investigador logra acumular. Su prestigio, su subsistencia, su acceso a las fuentes de financiación están condicionadas por el monto de lo publicado. La presión por publicar resulta entonces inmisericorde y cruel.

Grisha, como lo llaman sus escasos amigos, ignoró esta ley fundamental. No publicó. Se negó a ofrecer su boca para hablar esa lengua maldita que injerta en el ámbito del saber criterios de productividad y eficiencia que proceden de la industria. Su actitud actualiza el áspero tema de las recompensas y del éxito. ¿Qué premio busca quien investiga? ¿Son sus resultados o lo que de ellos se deriva la meta personal del investigador? ¿Saber o triunfar? ¿Qué distingue a un científico de un rock star?¿Qué idioma habla el éxito? ¿Cuánto vale un millón de dólares?

Perelman ya no se considera un matemático, no quiere seguir perteneciendo a una comunidad científica de cuyas premisas éticas desconfía. Lanza una afirmación cargada de interrogantes acerca de qué es lo “extraño” en un mundo que define la “normalidad” como promedio: “no es la gente que rompe los estándares éticos la que es considerada como un extraterrestre, son las personas como yo las que quedan aisladas”.

¿Qué dice Grisha cuando calla?

Perelman se ha propuesto mantener un silencio impenetrable. No pronuncia discursos, no da entrevistas, no asiste a reuniones con sus pares. Calla, entonces dice. Expone a una sociedad entrenada en la banalidad de la palabra a una semántica silenciosa cuyos significados no comprende o, quizás porque los comprende, prefiere ignorarlos. Callarse supone una retirada fuera del lenguaje, una explícita voluntad de sustraer la palabra propia al otro. Callarse no es sólo estar en silencio. Es un acto voluntario que procede de una decisión personal. Es un pliegue cargado de significados que inquieta y extraña.

Toda conversación es una delicada trama de silencios y de palabras modulada por la respiración del intercambio. El silencio prolongado impugna el régimen cultural de la palabra. Pone en tela de juicio su estatuto, es un juicio de valor, un atentado contra la puntuación del habla que descalifica o fractura la aparente naturalidad del intercambio.

Entrenados para habitar un mundo intoxicado de sonidos, funcionamos como antenas que reciben y transmiten un mensaje incesante que nunca habla de nosotros. La palabra imperativa, la voluntad de decirlo todo se quiebra como un cristal enloquecido ante la potencia de quien decide sustraerse a ese diálogo forzoso. Así, el que calla obstinadamente es sujeto de amenazas, resulta intolerable. Furiosos, ponemos una pistola en su cabeza y gritamos: ¡habla!

Gregory calla. Jamás sabremos la secreta razón que sólo él conoce. No tiene importancia. Analizamos las respuestas que su silencio produce en nosotros. No son sus causas sino sus consecuencias. No son sus fundamentos sino sus efectos colaterales los que desnudan nuestra precaria condición y nuestro horror a lo que nos cuestiona.

Gregory rechaza la imperativa invitación a comunicarse, pero también las múltiples estrategias para forzarlo a ello. Lo premian, le asignan millones, lo elevan a la cúspide de la pirámide brutal que hemos construido pero, Gregory, calla. Elías Canetti destaca el riesgo de quien elige callar: “…Un silencio obstinado acaba invitando al interrogatorio y a la tortura”

De Bartleby a Gregori: “Preferiría no hacerlo”

Bartleby, el escribiente, cuya historia narra Melville, subvierte el estatuto de la sumisión que encadena al empleado a las órdenes del jefe o a una locuaz justificación de su negativa a cumplirlas. No hace ni una cosa ni la otra. Calla o, lacónicamente, dice “preferiría no hacerlo”. A su alrededor se multiplican los esfuerzos para obligarlo a hablar. Desde el halago a la sanción. De la compasión al odio pero, Bartleby, calla. Es un disidente del silencio. Finalmente marchará al destierro, a Las Tumbas, donde también permanecerá sin hablar. Entonces, se dejará morir de hambre cuando a su silencio de palabras le suma el del alimento, ese otro lenguaje. Su exilio del habla lo expulsa del mundo. Lo convierte en un monstruo imposible de soportar.

Bartleby y Gregori actualizan la vieja pregunta de Spinoza: “¿Por qué los hombres combaten por su servidumbre como si se tratara de su salvación?”. Conservar la autonomía frente a la tentación de lo trivial exige nuevas formas de heroísmo. Un héroe que se retira al interior de su propio yo amurallado por una empalizada de valores que sus semejantes ni siquiera pueden imaginar.

Entre el cristal y el humo es la metáfora con la que el biólogo Atlan describe lo que se repite hasta el infinito fractal o lo que no se rinde a la forma y a la estructura. Tal vez,  capturados en una poderosa ilusión de libertad y autonomía, no dejamos de reproducir el mismo dibujo que organiza el mundo colonizados hacia el interior de nosotros mismos. Por eso las volutas caprichosas de quienes construyen sus propias formas nos paralizan y nos aterran. Entonces, asistimos atónitos al errático ascenso de ese humo que se aleja de nosotros para ir a la conquista de sus propias rodajas de cielo.