¿De qué hablamos cuando hablamos de emociones?

Una cultura “terapéutica” 

¿Qué transformaciones han sufrido las emociones en el mundo en que vivimos? Entre las barreras para sentir y la exhibición obscena de la intimidad convertida en espectáculo: ¿dónde estamos?

Entre el goce, el placer y el padecimiento, entre los neurotransmisores, la trivialidad del consumo y la degradación del lenguaje: ¿de qué hablamos cuando hablamos de emociones?

Es muy improbable que sobre un tema acerca del cual todos tenemos experiencias personales, alguien no se sienta habilitado para opinar. Tal vez sea justo que así sea. Pero resulta también improbable que esas opiniones se sustenten en fundamentos rigurosos.

Eva Illouz plantea en el libro “Intimidades congeladas, las emociones en el capitalismo”, una serie de hipótesis acerca del “homo sentimentalis”. Un tipo humano centrado alrededor del su propio “yo” e integrado a una cultura y a un modelo económico y político profundamente emocional.

Son muchos los aspectos que la autora aborda en sus conferencias pero me gustaría destacar algunos:

Hay un uso del lenguaje que denota una clara vocación por comunicar, por hacerse entender sin sacrificar profundidad. En un medio cultural -como el nuestro- saturado de jergas y lenguajes que expulsan al lector esto es un hecho infrecuente y muy valorado.

Conceptos como el de “cultura terapéutica” aportan herramientas para pensar lo que a diario nos sucede en nuestras vidas personales y en nuestros consultorios. Se trata de una narrativa que privilegia el sufrimiento y el trauma y hace que se entienda a la propia vida como una disfunción a superar.

Las “narrativas terapéuticas” crean nichos de mercado conformando grupos de “enfermos”. Son tautológicas, definen y crean las patologías que luego se ofrecen a resolver.

Generan hipótesis explicativas desplazando hacia la infancia o la familia los motivos aparentes del sufrimiento actual sin aportar pruebas consistentes o, lo que es peor aún, resistiendo con furia a que sus propuestas sean sometidas a cualquier tipo de prueba.

Las categorías creadas por esta cultura se han instalado de tal forma en la vida cotidiana que operan como verdaderas instituciones “depositadas” en marcos mentales.

Se construye una “narrativa de la enfermedad” ya que para vender sus productos –y estos incluyen a los industriales, pero también a la poderosa corporación psicoterapéutica- primero hay que estar “enfermo”.

Es una experiencia liberadora leer en este libro algunas de las cosas que siempre sospechamos. En medios donde la palabra referida a la subjetividad de las personas ha sido hegemonizada de un modo tan endogámico  –cuando no salvaje- cualquier idea que, con honestidad intelectual y razonamiento científico, intente discutir la vulgata imperante será objeto de ataques furibundos. Alguien tenía que decirlo, algo que ya no es posible sostener comienza a desmembrarse, incluso cuando en países como los nuestros sus nostálgicos custodios se resistan a aceptarlo.

¿Habremos creado -o aceptado- entre todos una cultura que promueve estándares de normalidad imposibles de alcanzar? ¿Estaremos sometidos a imperativos de autorrealización personal, de pareja y sociales ilusorios alimentando de este modo la perpetua insatisfacción? ¿Al aceptar la existencia de un supuesto “yo” opaco y oculto nos estaremos condenando a la búsqueda interminable de lo que se supone que somos?

La creación de una clase media “normalmente neurótica” promueve la reorientación de la “gente normal” hacia los consultorios psicológicos y configura la identidad social de los grupos que consumen sus servicios. Al admitir que la no realización, cierto grado de frustración o de sufrimiento personal constituyen anomalías a tratar, ¿no nos condenamos a una terapia infinita?

La obligación de decirlo todo, de conocer y de realizar nuestros deseos, de desplazar responsabilidades hacia un pasado remoto o hacia personas significativas en nuestras vidas, ¿no nos convierte en sujetos verborrágicos y autocentrados que circulan entre el diván y el espejo?

Puedo imaginar los comentarios que llegarán a estos sinceros interrogantes. Puedo anticiparme a la ira y a la intolerancia con que serán respondidos. Puedo también intuir que esa imposibilidad de admitir una pocas y honestas preguntas sobre ciertos saberes y ciertas prácticas, no hará más que confirmar mis peores sospechas.

¿Y usted qué opina?