¿Nadie lo piensa decir?

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Conflictos sobre los que no se habla.
quijoteCapturados en el vértigo de los días muchas veces  suponemos vivir un presente que ya es futuro.  Nos confunde una idea tóxica que nace del deslumbramiento por las apariencias y de la ceguera hacia los fundamentos. Sin embargo, fantasmas de un pasado que aún resiste circulan entre nosotros sin que nadie parezca registrar su inquietante presencia. Capturados por la fascinación de las pantallas y los cantos de sirena nos volvemos ciegos a las cuestiones que, no habiendo sido aún analizadas, encuentran el remedio de la invisibilidad y del silencio alimentando el simulacro de su superación. ¡Pero allí están!

Que nadie las nombre, que pocos las vean, que ninguno se anime a enfrentarlas, ni las disminuye ni las resuelve. Simplemente apelamos a ignorarlas actuando una comedia que elude los conflictos y amplía el punto ciego que nos resguarda de ellas. Existe un verdadero escotoma epistemológico que nos encierra en disciplinas autorreferidas y nos abriga al calor de  sus lenguajes de secta.

Carezco de la autoridad para definirlas con precisión y del talento para proponer soluciones. Pero soy menos idiota de lo necesario para negar que existen, incluso cuando un mutismo generalizado alimente esta ilusión. Nombrarlas, tal vez acerque aquellos espectros. No será mucho, pero podría ser algo.

¿Nadie piensa hablar del abismo cada vez más profundo que se establece entre las ciencias y las humanidades?

Que la investigación  facilite el nacimiento de nuevos conceptos y representaciones sobre el mundo es una realidad fascinante. Pero que las categorías con que son pensadas por muchos investigadores de las ciencias sociales no puedan siquiera designarlas es un problema grave y una carencia dramática. 

Que la omnipotencia de quienes suponen que la ciencia “todo lo puede”  sea un obstáculo para averiguar si también “todo lo debe” es otra cuestión ignorada. Hay razones para el optimismo en relación a los resultados instrumentales pero también un fundado temor acerca de que una transformación semejante esté ocurriendo respecto de la construcción social de los significados que ellos tienen.

Que las disciplinas que disponen de las herramientas conceptuales para reflexionar con rigor e inteligencia sobre estas cuestiones ignoren por completo de que se trata las inhabilita para pensar en ellas. Ya no resulta suficiente que un científico social apele a la “subjetividad”, a la “cultura” o a la “ideología” como categorías universales y suponga que eso lo autoriza a ejercer una impunidad interpretativa ilimitada. Las transformaciones que la ciencia hoy produce son de una envergadura tal que las ideas más elementales acerca de lo que es la vida, la especie humana, la razón o la conducta, entre  otras, resultan de una complejidad hasta hace muy poco inimaginable. Así se hacen imposibles de abordar por quien ni siquiera sabe de que habla.

Si la ciencia se torna impensable para las humanidades y éstas innecesarias para los científicos, el futuro no puede menos que representar un escenario de alto riesgo.

Si lo que las disciplinas interpretativas dicen suena algunas veces absurdo a los oídos de los científicos ya no es sólo por un viejo prejuicio positivista. Comienza a sonar absurdo sencillamente porque lo es. Así se refuerza la sensación de que resulta innecesario y que ni siquiera vale la pena discutirlo. Precisamente ese agotamiento de la discusión y la controversia es el modo más seguro de sumergir el conocimiento en la ceguera autosuficiente y en la esterilidad definitiva.

Vivimos momentos de disolución y reconfiguración de las fronteras entre disciplinas. 

  • ¿Dónde finaliza la Neurología y comienza la Psiquiatría?
  • ¿Dónde termina  la Biología y empieza la Medicina?
  • ¿Dónde termina  la Antropología cultural y comienzan  los estudios de Biología sistémica o la Epidemiología de las redes sociales?
  • ¿Dónde terminan las evidencias epidemiológicas y comienza la incertidumbre del acto clínico individual?

Si alguien se tomara el trabajo de leer los papers a ambos lados del abismo encontraría ejemplos fascinantes. Una parte considerable de los discursos de las humanidades se orienta de combatir una idea de la ciencia que los propios científicos describen como “riesgos” de la lectura ingenua de sus trabajos en las primeras líneas de cualquier journal.  Criticar lo que la ciencia no dice, empleando una apropiación trivial de lo que afirma, es un modo muy eficaz de diseminar la trivialización mientras se evita la discusión de aquello que sí dice y que merece ser impugnado.  No es leyendo los diarios en lugar de los trabajos originales, ni interpretando resultados del modo en que sus propios autores advierten que no deberían interpretarse que la milenaria capacidad reflexiva de las humanidades podrá aplicarse a lo que hoy sucede.

Si se aplica una hermenéutica imprescindible al análisis de una ciencia que no se comprende, se malgasta una valiosa energía intelectual discutiendo con adversarios ilusorios que ellos mismos crean.  Pero, ¿por qué?  Tal vez porque lo que en ciencias resulta la regla: la puesta en duda permanente de sus propios fundamentos, es impensable en disciplinas organizadas alrededor de aquello que impugnan. De este modo quedan subordinadas a lo impugnado y requieren de su existencia -real o imaginaria- para no disolverse definitivamente. Como tantas otras veces, una disputa de poder, una lucha por los espacios académicos o el prestigio social se oculta detrás de lo que se dice.

No es mediante el ejercicio de una ignorancia sistemática y de la pedantería elevada al rango de género discursivo que nos ayudarán a comprender el presente. Pero tampoco silenciando un conflicto evidente o simulando que nada ocurre mientras nada se resuelve.

No es que la ciencia no merezca  una crítica implacable, por el contrario la reclama a gritos. Ocurre que nunca será posible reflexionar sobre lo que se desconoce o vencer a los ejércitos combatiendo contra molinos de viento.

Daniel Flichtentrei