¿Quién es un “maestro”?

 Acerca de lo que los estudiantes consideran que es un “maestro”. 

“Más vale un maestro al lado que un sabio en el estrado” Dr. Alberto Agrest

Enseñar y aprender son dos actividades tan inseparables que resulta casi imposible definir una sin incluir a la otra. ¿Es posible enseñar si nadie aprende? ¿Son equivalentes la información y la enseñanza?

La experiencia de estudiar Medicina constituye un período vital cargado de transformaciones y sucesos de alto impacto que configuran rasgos de la personalidad que, más tarde, darán una impronta definitiva en el perfil del profesional. Actualmente existe un consenso bastante generalizado acerca de la necesidad de estimular los aspectos humanísticos, los modos de razonamiento, argumentación y comunicación que empleen lenguajes diversos con la idea de prevenir el encierro disciplinar y la jerga como lengua excluyente del graduado. Es conocido que toda formación profesional implica aspectos explícitos e implícitos. El llamado “currículum oculto” es un repertorio de actitudes y perspectivas que también se aprende durante este segmento de la vida de las personas. En momentos donde los modelos se disuelven, la enseñanza se despersonaliza, las relaciones intersubjetivas se formulan de modo casi excluyente mediante la interposición de la tecnología, toda acción que propenda al estímulo de estrategias que resguarden al estudiante de estos riesgos debería ser promovida. Escribir es –desde tiempos inmemoriales- un ejercicio que obliga a la reflexión sobre la propia experiencia, un modo privilegiado de abrir nuevos horizontes y de desarrollar otras competencias. Para muchos de los pedagogos más importantes del mundo, la escritura constituye una habilidad imprescindible para cualquier individuo en período de formación. Quien escribe hace conscientes sus razonamientos, crea, argumenta, comunica y se construye a sí mismo y a su relación con los demás del modo más “humano” posible.

¿A quiénes reconocen los alumnos como sus “maestros”? ¿Es posible trazar un perfil de lo que los estudiantes consideran un “maestro”?

Sin excepciones se retrataron a personajes con los que los estudiantes han tenido contacto personal y que reiteran un patrón que podría configurar un prototipo de aquello que quienes aprenden valoran más. Los “maestros” elegidos han sido individuos que, lejos de la erudición y la espectacularización del saber propio, ofrecieron su tiempo para la escucha y el acompañamiento. Docentes que estuvieron al lado –y no encima- del alumno y los guiaron con algo más que información desapasionada o destrezas técnicas. Todos fueron personas alejadas del “estrellato” académico, más bien un conjunto de seres dispuestos a transmitir lo que son con lo que hacen. Inexorablemente cada texto dejaba ver la figura de alguien que ejercía con humildad el trabajo cotidiano y que se constituía en un modelo a seguir. Despojados de la arrogancia del erudito, no esperaban admiración sino el establecimiento de un vínculo humano entre dos personas: uno que enseña lo que sabe y otro que aprende lo que aún ignora. Cada uno de ellos constituye un ejemplo de quienes trabajan por acortar las distancias entre maestro y discípulo y no para destacar lo que los separa. Ellos fueron reconocidos por lo que entregaron y no por lo que mostraron pero se negaron a compartir.

Enseñar es el acto más generoso de cuantos puedan cometerse. Es dar lo que se posee para acortar las diferencias con el otro. Es entregarse hasta que uno mismo resulte innecesario o superado por quien recibe. Esa es la medida del éxito, la completa disolución de la necesidad del maestro. Resulta estimulante que los jóvenes, desoyendo los prejuicios que sobre ellos se aplican, muestren con la sencillez de quien no teme a la verdad que su elección recae sobre quienes son capaces de dar sin especulaciones. Sobre aquellos que enseñan por lo que son más que por lo que dicen. El retrato que los alumnos nos muestran es el de una persona que ejerce su profesión fuera de los grandes circuitos del reconocimiento y los falsos liderazgos. Hombres y mujeres que una mañana cualquiera los tomaron del brazo y los acompañaron hasta la cama del paciente. Les abrieron las puertas de la comunicación con la persona que sufre y estuvieron allí para atenuar el impacto que establecer una relación médico paciente produce cuando se enfrenta sin experiencia. Sin estridencias, sin estrellatos, con la generosidad de los que conocen el valor de las cosas; así son los maestros elegidos. No está nada mal. Tal vez sea una buena ocasión para escucharlos y replantear lo que sobre ellos se piensa y lo que sobre cada uno de nosotros hacemos todos los días. Tal vez también los estudiantes tengan algo para enseñarnos. ¿Estaremos todos dispuestos a escucharlos?

Daniel Flichtentrei