¿Y si estuviésemos todos equivocados?

“Quien vive en la solución, no puede ver el problema” Peter Sloterdijk

10 preguntas incómodas por los pasillos del Congreso Mundial de Cardiología.

Las salas del XVI Congreso Mundial de Cardiología que se lleva a cabo durante estos días en Buenos Aires albergan numerosas conferencias dedicadas al tratamiento de temas vinculados a la prevención cardiovascular. Es curioso que la concurrencia que asiste a cada una de ellas es muy inferior a la que lo hace a las dedicadas a otros temas. No menos llamativo resulta escuchar a distinguidos disertantes provenientes de lugares tan diferentes del planeta como: el Reino Unido,Soweto –suburbio de población negra de Johanesburgo-, Boston, Irán, México, Colombia, Bélgica o Argentina, entre otros, mostrar estudios epidemiológicos tan semejantes. Creciente predominio de enfermedades cardiovasculares, tasas de control de los factores de riesgo muy desalentadoras, casi nulos resultados respecto de las modificaciones del estilo de vida, asociaciones entre indicadores sociales –económicos y educativos- y mortalidad, etc. Una tras otra las conferencias describen los escenarios y las consecuencias mensurables de las distintas intervenciones.  Investigaciones tan rigurosas como los tres estudios Euroaspire exhiben una interesante paradoja, mientras los recursos terapéuticos crecen, las tasas de control de factores de riesgo disminuyen –excepto para el Colesterol LDL- y las enfermedades progresan.

 

Al salir de cada una de las salas, y mientras estudiamos el programa de actividades para buscar la siguiente estación de esa inabordable maratón de encuentros que llamamos congreso, una sensación flota en nuestras cabezas en busca de la lengua. ¿Cómo llamar a una situación sobre la que se conocen las causas, los mecanismos, las intervenciones eficaces pero no se obtienen resultados? ¿Y si la llamáramos fracaso?

Cuando un problema no se resuelve o crece geométricamente ante nuestra atónita mirada es siempre saludable volver sobre los primeros pasos. Aunque sólo sea a modo de ensayo no estaría nada mal regresar a los fundamentos y hacernos esa inquietante pregunta: ¿Y si estuviésemos todos equivocados?

Revisar hasta las definiciones más básicas y naturalizadas, incluso aquellas acerca de las cuales la duda luce como contraintuitiva o absurda. Es sólo un ejercicio, una prueba teórica, una serie de preguntas impertinentes. Nada que deba alarmarnos, agrietar nuestra identidad profesional o poner en duda nuestra pericia como médicos o el estatuto de los saberes que nos conforman como tales. Sólo eso, preguntas, verdaderas preguntas. Es decir incómodas, desafiantes, novedosas.

Vale la pena pensar sin prejuicios, por fuera de lo aceptado sin crítica y de la naturalización de la derrota. ¿Qué tendrán en común Nueva York, Seúl, Bogotá, Beijing o Guadalajara? ¿Quién dijo que el impacto que los modos de vivir tienen sobre los cuerpos constituyen un problema estrictamente médico?  ¿Qué nos impide pensar creativamente a partir de la aceptación de aquello para lo que aún no encontramos soluciones?

1. ¿Y si el problema no fuese la carencia de recursos de tratamiento sino el fracaso de las estrategias de implementación de esos recursos de los que ya disponemos?

2. ¿Y si el modelo asistencial individual (1 médico/1 paciente) propio de la epidemiologá del siglo XIX resultara inapropiado para la gestión de las enfermedades crónicas del presente?

3. ¿Y si la propuesta de “vida saludable” fuese una recomendación imposible de cumplir para un individuo solo, aislado y abandonado a sí mismo en un medio saturado de mensajes que se le oponen?

4. ¿Y si la información y el consejo imperativo no fuesen los modos de inducir cambios en el estilo de vida y adherencia a los fármacos?

5. ¿Y si la oposición “estilo de vida o fármacos” fuese falsa y el único modo de obtener que los fármacos se reciban regularmente fuese, precisamente, modificar el estilo de vida?

6. ¿Y si el centro del problema no fuese la aritmética de las variables sino la compleja red que las determina?

7. ¿Y si algunas cuestiones como la obesidad no fuesen el “problema” sino la “solución” a la que las personas recurren para resolver problemas que la preceden?

8. ¿Y si prohibir lo que todos sabemos que no deberíamos hacer  no fuese la estrategia apropiada para sustituir la recompensa o el placer que esas conductas producen?

9. ¿Y si en lugar de prohibir enfáticamente ofreciéramos alternativas que preserven –aunque por otras vías- la obtención de las recompensas que las personas perseguiremos inevitablemente?

10. ¿Y si el permanente fracaso terapéutico fuese una de las razones del desaliento de médicos y pacientes lo que, a su vez, es una causa determinante del fracaso terapéutico?

En ocasiones formular nuevas preguntas saca a la luz la insuficiencia de las respuestas estandarizadas. Todo problema implica un interrogante. Toda respuesta es inútil o trivial cuando la costumbre hace olvidar a qué pregunta responden. Es obvio que tenemos un problema pero, ¿tenemos las preguntas correctas?

Daniel Flichtentrei