Algo no anda bien

 10 razones para pensar sobre qué es lo que estamos haciendo.

¿Nos convertiremos en Casandra?

Según la mitología griega, Casandra había sido dotada por los dioses con el don de la predicción o profecía. Es decir que era capaz de predecir acontecimientos futuros. Enemistada posteriormente con los dioses estos ya no pudieron castigarla quitándole ese don. Entonces encontraron una forma de sancionarla sin privarla de su privilegio. Hicieron que las personas no escucharan sus predicciones, no creyeran en ellas y no actuaran en consecuencia. Así su valiosa habilidad se tornó socialmente inútil, estéril e intrascendente. Casandra predijo con certeza acontecimientos trágicos del futuro como la guerra de Troya, pero nadie modificó nada para evitarlos. Su palabra, aún portando la verdad, no produjo efectos.

La distancia entre los deseos y la realidad:

La edición de esta semana de la prestigiosa revista “The American Journal of Medicine” publica una comparación de los estudios NAHANES entre los años 1988 a 2006. Este relevamiento sobre el estado de salud de la población es el más riguroso y sistemático de los que se realizan en los Estados Unidos y sirve como patrón de referencia para intervenciones sanitarias y políticas públicas en ese país.

Algunas de sus características principales son:

Relevamiento bianual
Encuesta domiciliaria, examen clínico, laboratorio
Edad 40 a 74 años
40.000 personas
89 comunidades USA

En los últimos 18 años:


La adherencia a estos hábitos saludables NO es más frecuente entre  personas que han padecido alguna enfermedad cardiovascular, hipertensión arterial, dislipidemia o diabetes.

Los hábitos saludables empeoraron más en hombres que en mujeres .

Algunos factores de riesgo se asocian a peor calidad de vida y depresión.

78% de adultos entre 20 y 80 años requieren al menos una intervención preventiva. Si cada uno la recibiera –y fuese efectiva- se reduciría IAM: 63% y ACV: 31%

Durante el mismo período la prevalencia de algunas enfermedades y factores de riesgo se comportó del siguiente modo:

Según comenta el Dr. David L. Katz, uno de los investigadores: El estudio actual es desalentador, “o hasta deprimente”. “De todas las maneras concebibles, desde el costo hasta la facilidad, la cadena alimentaria moderna favorece el consumo de alimentos altamente procesados, pobres en nutrientes y ricos en calorías. Cada aspecto de la vida moderna, desde los ocupados horarios, el estrés constante y la tecnología que ahorra trabajo, favorece el sedentarismo”, advirtió.

Ya hemos publicado acerca de resultados semejantes en Europa puestos en evidencia por el estudio Eurospire.

Según un estudio de la Universidad de Bs As (2009), en Argentina se consume 50% menos de frutas y 46% verduras de lo recomendable. El consumo de lácteos bajo 10% en una década. Mientras es el país del mundo con el mayor consumo de carne por habitante: 70 kg/persona/año lo que constituye un  75% más de lo aconsejado.

Algo no anda bien:

Vale la pena detenerse a pensar cuando la tendencia de los comportamientos sociales contradice todas las recomendaciones que la medicina formula. Si gran parte del esfuerzo de la atención sanitaria se invierte en promover hábitos saludables -cuya relación con las causas más serias de mortalidad nadie pone en  duda- mientras esos hábitos no cesan de crecer en cada relevamiento, entonces, algo no anda bien.

Advertir acerca de riesgos que no logramos modificar y, luego de constatar el fracaso, proponer intensificar las mismas impotentes medidas que venimos empleando, supone que alguien cree que sólo se trata de una cuestión de “intensidad”. Si así fuese, perfecto. Pero, ¿y si no fuese así?

Si lo que reclama una revisión son las formas de implementación de aquellas recomendaciones.

Nadie duda de la eficacia de los fármacos para el control de la HTA, diabetes o dislipidemias, pero el problema es que las personas no sostienen esos tratamientos.

Nadie duda de que la obesidad es un factor que promueve la enfermedad vascular y metabólica, pero el problema es que todos estamos cada vez más gordos.

Nadie duda de que el ejercicio previene muchas de las patologías prevalentes, pero el problema es que somos cada vez más sedentarios.

Nadie duda de que el control de los factores de riesgo conocidos es una necesidad para prevenir la enfermedad cardiovascular, pero el problema es que cada vez aumenta más su prevalencia y la de las enfermedades derivadas de ellos.

Nadie duda de la firme determinación del equipo de salud para promover conductas saludables, pero el problema es que cada vez ese objetivo parece más lejano.

Las recomendaciones proponen cada vez umbrales más rigurosos para los parámetros como lípidos, glucemia o tensión arterial. La epidemiología demuestra que las poblaciones se alejan cada vez más de aquellas sugerencias. Así, la distancia entre lo deseable y lo posible no cesa de aumentar.

Tal vez haya razones suficientes como para intentar pensar sobre el tema desde nuevas perspectivas. Algunas de ellas son apenas posibilidades pero que merecen ser analizadas.

1. Es posible que estemos abordando médicamente un problema social y cultural.

2. Es posible que estemos empleando estrategias asistenciales inapropiadas para el tipo de afecciones crónicas que tratamos.

3. Es posible que la acción del médico resulte insuficiente para la complejidad del problema.

4. Es posible que lo que les proponemos a las personas sea más de lo que alguien puede lograr solo y abandonado a su propia voluntad.

5. Es posible que para contradecir una cultura se requiera la construcción de otra alternativa.

6. Es posible que la situación que los individuos ocupan en la estructura social condicione su conducta, la adquisición de hábitos, la capacidad de modificarlos y la expectativa de éxito de las intervenciones terapéuticas.

7. Es posible que los modelos de causalidad lineal simple ya no resulten capaces de dar cuenta de la complejidad del cuadro que abordamos.

8. Es posible que se requiera del desarrollo de nuevas competencias cognitivas muy diferentes a las del modelo de racionalidad médica tradicional para intervenir con eficacia sobre las enfermedades crónicas del presente.

9. Es posible que haya que escuchar a los pacientes más de lo que hemos hecho hasta ahora y hacer un esfuerzo por adecuar nuestras recomendaciones a  las posibilidades del mundo real en que todos vivimos.

10. Es posible que no resulte suficiente “informar” acerca de los riesgos sino “implementar” procesos de acompañamiento y facilitación que permitan alcanzar metas cada vez más inalcanzables.

D.F