Carta abierta a René Favaloro

Un día como hoy, hace diez años, escribí y distribuí una carta abierta a Reneé Favaloro entre mis amigos. Alguien la leyó y la hizo circular como una carta anónima. Me gusta que así haya sido. Sin nombrarme. Cada año vuelvo a encontrala en radios, diarios, actos. Ahora está en Youtube. Hoy siento mucha pena de no haberme equivocado en lo que entonces temía.

Perdónenos doctor, por nuestra indiferencia, por nuestra superficialidad y nuestro silencio.

Perdónenos doctor, por acostumbrarnos a convivir con la mediocridad y la corrupción.

Perdónenos doctor, por nuestra resignación y nuestra cobardía, por haber enterrado nuestros sueños y resucitado nuestras miserias.

Perdónenos doctor, por haberlo abandonado en el cielo de los grandes, solo y desamparado.

Perdónenos doctor, por rendirnos a la inmediatez y a la trivialidad, por haber entregado a los mediocres, a los ladrones y a los mercaderes el ejercicio de una profesión cuya dignidad ya nadie recuerda, ya nadie reclama, ya nadie precisa.  

Perdónenos doctor, por mirar por TV el llanto hipócrita de los mismos que le pusieron la pistola en el pecho y reprimir el asco y el dolor mientras nos acomodamos en el sillón y su muerte es otro espectáculo, otra mercancía, otra obscenidad.

Perdónenos doctor, por que este Domingo por la mañana cuando enfrentamos la mirada de nuestros hijos, no supimos, no quisimos, no pudimos encontrar una explicación razonable.

Perdónenos doctor, por que mientras callamos se premia a los imbéciles y se castiga a los estudiosos y a los trabajadores, por permitir que la estupidez ingrese en nuestros hogares, nos degrade el cerebro y nos encallezca el corazón.

Que puntería la suya doctor¡ si apuntó al centro de la infamia y la degradación: ¡blanco perfecto!.

Que puntería la suya doctor; si apuntó al ojo de la tormenta final que nos disgregará en un triste polvo miserable, sin lazos ni solidaridades, sin valores ni utopías: ¡blanco perfecto!.

Que puntería la suya doctor; si apuntó a la clave de la agonía y la disolución, a la cifra del triunfo de los peores, a la derrota de los impotentes: ¡blanco perfecto!

Afuera hace un frío que hiere y una niebla viscosa cubre la ciudad. Aquí adentro, la sangre se nos congela y el alma se nos coagula.

Hace un rato alguien dijo que lo suyo fue un acto de desesperación extrema.

¿Y si fuese un acto de lucidez extrema?

Hace un instante pensamos: “algo hay que hacer:”

Pero, ¿Y si fuese tarde, y si fuese inútil, y si ya no tuviera sentido?.