Delicias del trabajo en equipo

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No cabe ninguna duda de que la medicina ya no puede ser ejercida por una sola persona sino que requiere de la participación de un equipo. Lo que se necesita conocer excede las posibilidades individuales, y las evidencias han demostrado que los resultados sobre la evolución de los pacientes, son mucho mejores cuando se implementan dispositivos asistenciales multidisciplinarios. Pero, es evidente que todavía no estamos preparados para ello. Hemos sido educados como profesionales independientes y carecemos de los recursos emocionales e intelectuales para trabajar en equipos sin subordinarnos unos a otros y sin disputar minúsculos espacios de poder. Este modelo cooperativo, que es tan atractivo en la teoría y en los trabajos de investigación, es una utopía muy lejana, por el momento, en nuestros escenarios de práctica cotidiana. Todos somos responsables de ello. Yo me pongo en primer lugar. Soy un energúmeno, y casi nunca lo logro.

Esta mañana la nutricionista me discutió, durante una hora, que un paciente, al que atendemos los dos, no se beneficiaría con la cirugía bariátrica que yo propuse, sino que reclamaba un cambio de hábitos sostenido en el tiempo. Pero, eso es, precisamente, algo en lo que él y una decena de nutricionistas como ella, vienen fracasando durante los últimos veinte años, y lo que lo ha llevado al estado de altísimo riesgo en que se encuentra hoy. Un rato más tarde, la psicóloga, a quien le propuse el empleo de psicofármacos y la solicitud de una intervención cognitivo conductual para hacer un intento de modificación de la conducta alimentaria compulsiva del mismo paciente, se ofendió por esa sugerencia. Consideró que es abusiva la medicalización del comportamiento y que las terapias cognitivo conductuales nunca han demostrado que resuelvan conflictos latentes a largo plazo. Le pregunté si la terapia que ella viene realizando, durante los últimos tres años, con este enfermo, alguna vez ha demostrado algo, una sola cosa, cualquiera sea ésta. No le gustó mi pregunta, pero no le llamó para nada la atención que ella misma reclamara pruebas a otras corrientes cuando la suya las desprecia y nunca en la historia ha logrado probar la utilidad de nada de lo que hace ni de ninguna de sus hipótesis fundamentales.

La diabetóloga cree que el monitoreo del control glucémico es satisfactorio y que la hemoglobina glicosilada, durante el último año, no estuvo tan mal. Le dije que, durante ese mismo año con tan bonitas cifras metabólicas, el paciente sufrió un infarto de miocardio y dos episodios de isquemia cerebral transitoria y que sus evaluaciones cognitivas mostraron un franco deterioro durante ese período. Le aseguré enfáticamente que los enfermos vasculares y diabéticos, no tienen dos enfermedades independientes sino que la clínica muestra el modo dramático en que interactúan y se autoimplican. Le insistí en que restringir los criterios evolutivos a los parámetros bioquímicos no sólo era reduccionista y estúpido, sino que constituía una peligrosa forma de ceguera clínica a lo que ocurría, ante nuestros ojos, en la vida del paciente, mientras ella se entretenía mirando el laboratorio. No pareció gustarle mi comentario sincero y bien intencionado, a juzgar por el portazo que dio en el consultorio y por el llanto reprimido que dejaba oír, mientras me decía que conmigo era imposible hablar.

Me quedé solo con mi paciente que vivió en carne propia el fracaso del modelo colaborativo. Lo invité a sentarse frente a mí y le di las explicaciones que consideré apropiadas, y que él aceptó de buena gana. Convinimos en que la próxima semana tendrá una entrevista para una evaluación neurocognitiva con una profesional que se dedica a trastornos de la conducta alimentaria, le indiqué 20 mg de Citalopram y 1000 mg de Metformina, y le propuse que, en los próximos seis meses, se someta a una cirugía bariátrica. El enfermo se fue satisfecho. Yo volví manejando por la avenida Rivadavia, consciente de mi incapacidad para negociar, de mi prepotencia de médico del siglo pasado, y seguro de que había hecho lo único posible para que, mientras nosotros aprendemos a convivir entre disciplinas, mi enfermo no tuviera que esperarnos en el cementerio.

Daniel Flichtentrei

  • Luciano Pereira

    Espectacular, Daniel. Por lo visto, nos pasa a todos la situación que vives. No hace mucho discutí con una diabetóloga por la prescripción de cilostazol, ya que la paciente no tenía síntomas de dolor y para lo único que se demostró utilidad de tal fármaco es en la disminución del síntoma, pero no de la progresión de la enfermedad. Le dije que -siendo la paciente cardiópata- la expondría incluso a arritmias. De nada valieron mis argumentos. Se mantuvo en la prescripción . No tuve más que enviar a su mail toda la bibliografía que sostenía mi posición. El trabajo en equipo -definitivamente- no es fácil. Un abrazo, Daniel.