Disparen sobre el ADD

Acerca de las disputas ocultas y la ignorancia exhibida.

Fusilados por la Cruz Roja:

“Todo  conocimiento debe no sólo
extender su propia sombra,
sino -además- ofrecer la posibilidad
de saltar sobre ella”
Odo Marquard

Resulta curioso -cuando no decididamente aterrador- el modo en que los padres de niños o adolescentes con diagnóstico presuntivo de Síndrome de Déficit de Atención (ADD/TDAH) son des-orientados precisamente por quienes se supone que deberían orientarlos. Angustiados por ciertos rasgos de la conducta y temerosos del incierto futuro de sus hijos ante reiterados fracasos escolares, los padres acuden a los profesionales de la medicina, la psicología o la psicopedagogía en busca de ayuda. Allí, ingresan en un campo de batalla del que nadie les advirtió pero donde se convierten –junto a sus hijos- en víctimas propiciatorias. Según el caso, la presunción será confirmada con cierta ligereza o descartada de plano con idéntica levedad. Comienza entonces un peregrinaje errático que los expone brutalmente a una disputa de poderes y de saberes sin que nadie la haga explícita. No sería apropiado reclamar de la ciencia o de disciplinas no científicas -pero consideradas socialmente aptas para asistir a pacientes- que se disuelvan los debates o que sólo ofrezcan certezas inmutables. Pero lo que resulta ofensivo a la condición de padres es que aquellas disputas se jueguen sobre el doloroso escenario de la salud psíquica de sus hijos.

En muchos casos se les dice: “Su hijo no padece ADD” cuando debería decirse: “Yo creo que el ADD no existe”. Así quedaría claro para un padre cuál es la postura teórica del terapeuta que generalmente queda oculta bajo la negación de un diagnóstico. No son las familias de los pacientes quienes pueden decidir sobre la naturaleza del cuadro clínico. Es bastante que deban cargar con el padecimiento que implica cualquier trastorno que les ocurra a sus hijos. La realidad los pone ante la necesidad de tomar decisiones para las que no están preparados y los expone a funcionar como verdaderos “misiles humanos” entre dos bandos en disputa.

Las controversias simulan en ciertas ocasiones discutir sobre un suelo común mientras lo que en realidad sucede es que sus propios universos de conocimiento son inconmensurables y el debate esconde intereses corporativos, gremiales y hasta comerciales. Cuando los procedimientos de construcción de “verdad” resultan tan incompatibles, cualquier comparación es una impostura y toda discusión es un combate. No es posible refutar argumentos basados en pruebas (válidas o no) sin argumentos y sin pruebas. Es más, la verdadera discusión -que nadie menciona- es acerca de esa serie de procedimientos de prueba y validación de hipótesis que desde hace algunos siglos llamamos “ciencia”. No son sus conclusiones sino sus fundamentos lo que se impugna. Cuando los objetos analizados son tan distintos no hay comparaciones posibles y como en “Alicia en el País de las Maravillas” se da el caso del veredicto del pájaro Dodó: “todos han ganado y todos tienen premios”. Claro, todos los que compiten, todos menos los niños y sus familias que no buscan hegemonías en las definiciones sino orientación y acompañamiento para un padecimiento real. Se simula hablar acerca de un mismo tema mientras se habla de otra cosa. Ni el prejuicio anticientífico y la ignorancia organizada, ni el dogmatismo cientificista o el reduccionimso furioso son contendientes atractivos para discutir sobre nada.

La epistemología -que enseñó a una generación el entrañable maestro Juan Samaja- ofrece lúcidas reflexiones sobre el tema. Veamos algunos puntos que pueden organizar la reflexión acerca de este tema.

  • Los hombres toleramos muy mal la diversidad  del conocimiento y esa intolerancia conduce a enfrentamientos.

  • Cuando uno sabe algo se encuentra sometido a ese saber.

  • Los “objetos” –científicos o no- se asimilan según los esquemas básicos de una subcultura.

  • Toda comprensión es un acto generativo. Produce, al mismo tiempo que explica los hechos.

  • Algo es explicado sólo cuando puede derivarse de lo que resulta “evidente” para quien lo hace.

  • No todos pueden liberarse de la autoridad omnipotente de las creencias.

  • El hombre suma a su representación  de los objetos un “giro reflexivo”. Sabe de “algo” y sabe de “sí mismo” como sujeto representador. De ese modo pone en crisis el poder de las creencias y es allí donde aparecen los conflictos.

No es la existencia misma del ADD lo que me propongo cuestionar sino el modo impiadoso con que muchos profesionales ponen en escena sus propias controversias internas. Cuando se solicitan pruebas que avalen una u otra postura, se les aportan interpretaciones sin fundamento en unos casos o, meras declaraciones ideológicas en otros. Es completamente válido y comprensible que éstas ocurran, pero profundamente inapropiado que tengan a nuestros hijos como rehenes. Que algunas disciplinas vean amenazado su territorio específico por el avance de otras o que perciban un ataque a sus propios cimientos es un tema de la mayor trascendencia. Que padres e hijos circulen por gabinetes y consultorios cargándose de incertidumbre y de dudas mientras ambos padecen consecuencias dolorosas, es una demostración contundente de la forma -a menudo feroz- con que una disputa profesional se convierte en un modo más de producir sufrimiento donde se supone que deberían atenuarlo. Atemorizadas, culpabilizadas, perdidas en un territorio que desconocen, las familias sienten la perplejidad y el absurdo de quien, en medio de una batalla que no es la suya, es fusilado por la Cruz Roja.

Dr. Daniel Flichtentrei

* Imagen:  “Los fusilamientos del 3 de mayo” Francisco de Goya (1746−1828)