Efecto “tontebo”

comerseunomismo

Existen distintas formas de producir efectos sobre los enfermos empleando agentes que no contienen sustancias biológicamente activas (o mediante intervenciones no medicamentosas) conocidas como “placebo”. En ocasiones se produce por un mecanismo semejante el efecto inverso. Cuando es un daño lo que ocurre se denomina a esta intervención efecto “nocebo”. Otra variante es el llamado “placebo por delegación”. Se trata de un efecto que ocurre en personas relacionadas con el paciente y que pueden influir de distintas maneras sobre su estado. Existen muchos ejemplos demostrados mediante investigaciones muy rigurosas: la prescripción de antibióticos en cuadros virales pediátricos con el propósito de tranquilizar a sus padres (empleados como “sedantes para adultos”). El tratamiento de la depresión en madres que mejora la tasa de vacunación en sus hijos. El uso de antipsicóticos en pacientes con demencia –con reconocida ineficacia clínica- pero que dan una sensación de seguridad a sus familias y médicos de cabecera. El uso de Sincretina en niños autistas, la indicación de estudios de imágenes en los casos de lumbalgia de claro origen muscular, o de tomografías de encéfalo en traumatismos menores de cráneo sin criterios de riesgo, la determinación de PSA rutinaria, las densitometrías óseas o las mamografías indiscriminadas. La lista es inmensa, a veces beneficiosa, casi siempre inútil y en ciertos casos no exenta de riesgos.

Me parece advertir otra variedad de esta clase de efectos aún no descripta y que llamaré por ahora “efecto tontebo”.  Sustentada en datos verdaderos que se generalizan de manera imprudente hasta convertirse en marco referencial absoluto -con independencia de los hechos- se formulan afirmaciones y se actúa en consecuencia. Se plantean hipótesis como verdades. Se mezclan los niveles de discusión: lo ideológico para refutar datos científicos, lo discursivo para contradecir lo empírico, etc. Esto genera una situación muy interesante en términos del imaginario social ilustrado. Sus afirmaciones resultan verosímiles, pero son falsas. Son creíbles, pero inexactas. Algunos de estas ideas son auténticas en ciertos dominios de análisis. Pero se tornan peligrosas por vía de la generalización desenfrenada con la que se fundamentan las acciones. Ciertas ideas que parecen justificar el efecto “tontebo” podrían ser:

  • Mercantilización de la salud.
  • Abusos e imposturas del mercado.
  • Medicalización de la vida cotidiana.
  • Concepto de sociedades disciplinarias de Michel Foucault (hoy desactualizado).
  • Sospecha de toda acción que actúe sobre las conductas empleando la farmacología.
  • Descalificación del método científico estadístico.
  • Relativismo extremo: todo es un efecto de discurso.

Las ideas que sustentan este efecto son más de las que podría enumerar acá. Todas ellas muy respetables, muchas probadamente ciertas, algunas muy eficaces como categorías del pensamiento crítico. Otras inapropiadas al momento social que vivimos y en retroceso incluso en el ambiente de las ciencias sociales.

Abusar de un concepto o categoría aplicándolo con desmesura y con desprecio por los datos que proceden de la investigación es nada más que un prejuicio. Una fuente de error y un modo “progresista” y pseudo-comprometido de sembrar la confusión entre quienes padecen enfermedades o disfunciones. Revestido de buenas intenciones y del prestigio que da cualquier propuesta de crítica social en ciertos nichos culturales, este modo de opinar con prescindencia de pruebas es fácilmente adoptado por las clases medias educadas de nuestra sociedad. Esta modalidad de razonamiento “bienpensante” refuerza la idea del mundo que tienen quienes las aplican pero al precio de desconocer lo que sucede en el mundo real. Desprecian los hechos que afectan a las personas. Su propósito es la confirmación de su propia mirada más que la descripción de lo que es mirado. El predominio del punto de vista sobre lo que se ve es una expresión de lo que se ha denominado escotoma epistemológico. Un modo alegre de ignorar nuestra propia ceguera huyendo de la contrastación empírica con los hechos. En algunos casos se trata de lo que se conoce como “whisful thinking” o pensamiento ilusorio: la formación de opiniones y toma de decisiones basadas en lo que sería más placentero de imaginar o más acorde con nuestra perspectiva en vez de fundamentadas en la evidencia o la racionalidad. Este tipo de razonamientos tiene como objetivo principal la confirmación de la imagen de lo real de quien lo emite (sesgo de confirmación). Su propósito es adecuar el mundo a la idea que se tiene de él evitándose el esfuerzo de modificarse a sí mismos y oscureciendo los datos que contradicen sus creencias. También acá los ejemplos son numerosos. Mencionaré apenas algunos de ellos.

  • La obesidad entendida como un fenómeno relacionado por la escasa voluntad y la incontinencia. Esto legitima la absurda propuesta de dietas ultrarrestrictivas y la prohibición estigmatizadora del placer de la comida que contradicen toda fisiología y los más elementales conocimientos acerca de la conducta humana y sus sistemas de recompensa.
  • La enfermedad mental presentada como una de las variantes del genio o el pensamiento contrahegemónico. No son “enfermos” sino “diferentes” lo que niega el terrible padecimiento de estas patologías.
  • El tratamiento de la diabetes sobre el que se aplican ideas de intromisión en la vida cotidiana y los valores de los individuos.
  • Los casos de menopausia tormentosa descriptos como medicalización de una etapa fisiológica ignorando el malestar y la desesperada queja de algunas mujeres.
  • La anestesia durante el parto o el parto domiciliario generalizado desconociendo la epidemiología de la mortalidad perinatal.
  • La mitología criminal sobre vacunas de probada eficacia que luce muy coherente con una idea de ecología ingenua y de vida natural.  Pero lamentablemente, la propuesta de no vacunar a sus hijos, los pone en riesgo –a veces mortal- no sólo a ellos sino a toda la sociedad. Ya se han demostrado incremento de enfermedades prácticamente erradicadas a consecuencia de esta moda en muchos lugares del mundo.

Los casos semejantes se cuentan por decenas. Desarrollaré un poco más uno de ellos que resulta un ejemplo paradigmático del efecto “tontebo”.

Trastorno de déficit de atención con o sin hiperactividad: existen sólidas y numerosas evidencias objetivas acerca de la existencia de este cuadro clínico. Cualquiera que se interese podrá encontrarlas sin mayores dificultades. Cito algunas cifras de estudios publicadas hace pocos días por el Center of Control Diseases (CDC) procedentes de diversos estudios realizados en diferentes países del mundo acerca de las consecuencias de este cuadro.

  Niños con déficit de atención Niños sin déficit de atención
Lesiones no fatales 4.5% 2.5%
Lesiones graves 59% 49%
Internaciones 26% 18%
Ingreso a Emergencias 81% 74%
Accidentes de auto +++ +
Conducir alcoholizado +++ +
Violaciones de tráfico +++ +

Hay datos irrefutables acerca de la alta tasa de fracaso escolar, conductas disrruptivas, accidentes, suicidabilidad, etc, entre niños o adultos con este diagnóstico. No vale la pena abundar en detalles que, de todos modos, quienes refutan esta entidad no están dispuestos a considerar.

Este cuadro se adapta a las ideas de sociedad disciplinaria enunciadas por Michel Foucault. Incluso cuando no tiene nada que ver con él. Es admirable la manera en que ciertos grupos esgrimen este argumento aplicándolo a un dominio ajeno. Lamentablemente el propio concepto resulta hoy inapropiado al mundo de nuestros días y está cuestionado por muchos autores. Exportarlo hacia cualquier ámbito de discusión no sólo es dogmático y limitado como procedimiento intelectual, es ignorante y autoritario. Pero, lo que es más grave aún, es que resulta un exceso y una impostura aplicarlo a una patología que ocasiona tanto padecimiento a miles de niños y a sus familias cerrándoles las puertas a su atención bajo premisas sustentadas en pruebas experimentales y no en la mera opinión. Hace algunos años escribí un artículo titulado “Disparen sobre el ADD”. Creo que hoy la situación es aún peor ya que las ideas de las que allí hablaba se siguen difundiendo iguales a sí mismas mientras que las evidencias científicas se han multiplicado exponencialmente. Negar la enfermedad es un modo de confirmar el concepto teórico. Pero a expensas de confundir los niveles de discusión. Los datos empíricos que describen a esta patología y los que muestran su extraordinaria mejoría con el tratamiento médico y psicoterapéutico científicos deberían refutarse con otros datos del mismo tenor. Pero esto jamás se ha hecho. Afirmar que la terapéutica tiene efectos adversos no dice nada. Todos los tratamientos lo tienen. Precisamente el arte de la medicina consiste en evaluar riesgos y beneficios y aplicar las distintas estrategias en el momento oportuno monitoreando sus eventuales complicaciones. Asegurar que la afectividad o las emociones de los niños o adultos tratados se ven modificadas no es cierto si se lo considera un efecto secundario de los fármacos. En todo caso las emociones se transforman positivamente como consecuencia de la mejoría en otras esferas vitales. Así se condena a las familias a pasar de consultorio en consultorio, de disciplina en disciplina, sin encontrar respuesta durante años. Alimentar creencias falsas sostiene las propias posturas pero no toma en cuenta a quienes padecen a consecuencia de ello. Que exista abuso de diagnóstico –muy discutible en este caso-, que se lucre con la salud, que las farmacéuticas no reparen en métodos carentes de ética para vender sus productos, que haya quienes se proponen “disciplinar” las conductas y tantas otras ideas no prueban en modo alguno que esta entidad no exista ni que su tratamiento no mejore a los enfermos. Si lo que se desea es probarlo deberían ofrecer evidencias científicas de ello y no meros discursos ideológicos. Propagar afirmaciones claramente falsas es una estrategia tan inmoral para quien la emplea con fines económicos como para quien lo hace con fines ideológicos o por pura ignorancia y prejuicio. Mentir es siempre miserable. Hablar sin los conocimientos mínimos necesarios es, por lo menos, imprudente. En cualquiera de las dos situaciones este discurso produce consecuencias sobre las personas a veces catastróficas. A este efecto propongo llamarlo “tontebo”. Una acción sobre la salud y el bienestar de los individuos ocasionada por el uso de agentes no farmacológicos –creencias, opiniones, mitologías- pasada por la boca de un tonto.

  • Rdpiegaro

    Excelente texto. Lo voy a imprimir, doblar en ocho partes para guardarlo en el bolsillo (como la agenda del “Minguito”) y usarlo cada vez que lo necesite -aproximadamente unas tres a cuatro veces por semana-. Con el asunto de las vacunas, en nuestro personal de Salud, a fin de la campaña menos del 80% había cumplido con el esquema. Y en los grupos de mayor riesgo (embarazadas y segunda dosis en niños) el cumplimiento es menor. Esto último es responsabilidad de nuestros estimados colegas y de las seudo-informaciones científicas que aparecen por la internet. A veces se transforma en inverosimil, increible lo que se escucha por estos pasillos. Me parece que ademas de llevarlo bien plegado en mi bolsillo lo voy a difundir por internet.