El hospital como campo de batalla

dr.corre

No se puede cuidar de la salud de las personas en ambientes hostiles e insolidarios. La tarea requiere de un escenario que la facilite y no de un campo de batalla que la haga imposible. Ocuparse del dolor de otros en condiciones de riesgo personal para la integridad física y psicológica es un esfuerzo condenado al fracaso y una condición laboral inaceptable. Las virtudes y las miserias de una sociedad atraviesan todas las puertas. Los hospitales están repletos de seres anónimos que se proponen todos los días hacer lo que saben por vocación o empecinamiento. Pero, ¿cómo seguir haciéndolo cuando el contexto les produce temor y desaliento?

No debería ser necesario reclamar que se cuide a quienes nos cuidan. Parece absurdo, pero resulta urgente hacerlo cuando las circunstancias los convierten en víctimas de la violencia, del abandono y de la desprotección. Alguien debería hacerse responsable de inmediato de garantizar su seguridad. Hoy, esos hombres y mujeres dispuestos al encuentro con un semejante que sufre saben que en cualquier momento se encontrarán con una pistola apuntando a sus cabezas. Y eso es intolerable.

Pese a todo, cada mañana miles de trabajadores sanitarios se ponen el guardapolvo y hacen lo que pueden. No buscan el éxito ni la fama. Nunca se harán ricos. Estudian durante todas sus vidas. Hay algo que los mueve a no bajar los brazos. Un sentimiento profundo y sagrado los hace abrir las puertas de las salas de Emergencia y de los consultorios y decir una vez más: -“Que pase el que sigue”.

Las relaciones entre médicos y pacientes se han transformado hasta hacerse irreconocibles para quien todavía conserve la imagen de un pasado no tan lejano. Los médicos enfrentamos a diario demandas de la gente que no encuentran satisfacción. Este conflicto entre lo que nosotros sabemos buscar y lo que los pacientes pretenden encontrar se expresa en la frustración que unos y otros experimentamos.

Disueltas otras instancias sociales donde las personas encontraban el apoyo, el consuelo y hasta la reparación del daño emocional, la medicina ha quedado como uno de los pocos espacios que todavía ilumina un territorio de vacío cultural. El consultorio médico no es sólo el lugar al que acuden los enfermos. Es también el espacio al que se aferran los desesperados, los insatisfechos, los despojados, los sobrevivientes del naufragio de los vínculos solidarios. Gran parte de las consultas son la puesta en escena de alguien que busca donde no está aquello que ha perdido en otro lugar. Las fantasías acerca de lo que se puede esperar de la intervención médica alientan un imaginario de anhelos irreales donde el dolor o la muerte no tienen lugar. Nadie nos preparó para eso. Entrevistas acortadas hasta su mínima expresión, insatisfacción laboral, burocratización del trabajo del médico, pérdida de la autonomía profesional, remuneraciones indignas, acoso judicial, barreras a la capacitación, carencia de recursos, falta de formación en habilidades comunicativas; son algunos de los ingredientes fatales de una receta que envenena el contacto intersubjetivo entre personas.

La velocidad, la líquida fluidez de los vínculos, la sustitución de la mirada humanizada por el tecno-ojo protésico, la degradación de la palabra como instrumento de conocimiento no podían producir otros resultados. Estos rasgos afectan por igual a médicos y a pacientes victimizando solidariamente a ambos. Hoy también son muchos pacientes -ahora im/pacientes- los que reclaman resultados rápidos, sin esfuerzos personales, sin interrupciones al vértigo de sus propias vidas. Las personas no toleramos la demora ni la frustración. En especial la más dramática de todas, la muerte.

Es verdad que la actitud paternalista del médico no facilita la transformación de un enfermo en un sujeto activo, comprometido con su tratamiento y autocuidado. Pero no es menos cierto que muchos enfermos demandan soluciones que los eximan de ese compromiso. El lugar del trabajo personal, del esfuerzo transformador sobré sí mismo para el logro de metas, se diluye en una serie de reclamos de respuestas inmediatas que los releven de ese sacrificio.

Una nueva clase de pacientes llega a los consultorios porque una nueva clase de individuos forma nuestras sociedades. Seres crispados que no admiten demoras entre el deseo y su satisfacción. Individuos con miopía al futuro, adictos a un presente imperativo que demanda resultados urgentes.

La agresión es consecuencia de la desaparición del lenguaje. Cuando mueren las palabras hablan los manotazos, las trompadas y los tiros. La anomia y las conductas primitivas no son enfermedades que pueda tratar un médico. Son el producto de la desigualdad y de la falta de educación. Hospitales rigurosamente vigilados, visitas custodiadas, botones antipánico, cámaras, policías y gendarmes. Es posible que por el momento no haya otra solución. Los trabajadores de la salud nos sentimos extranjeros en un ambiente carcelario. Lo necesitamos pero no lo queremos. Es una estrategia de supervivencia, no el escenario en el que soñamos trabajar.

No podremos encontrar remedio a los desvíos de nuestra conducta sin actuar sobre las causas que los originan. La hora de las explicaciones ingenuas y de las recetas culpabilizadoras ha llegado a su fin.

Los médicos tenemos mucho por hacer, mucho por aprender. Pero es necesario aclarar que los valores que rigen a la sociedad no los hemos impuesto nosotros y que resulta excesivo asignarnos la tarea de modificarlos o responsabilizarnos por el fracaso en el control de sus dramáticas consecuencias. En especial cuando ello pone en riesgo a nuestras propias vidas.

*Artículo publicado en el diario La Capital de Rosario, Argentina.