Encarnizados

eutanasia

Sin que nos hayamos dado cuenta. Y sin que casi nadie lo mencione. Hemos ido creando entre todos una nueva clase de enfermos. Son nuestros “hijos”. Somos sus “padres” irresponsables. Nosotros los hemos parido a fuerza de tecnología y encarnizamiento terapéutico. Sobrevivientes maltrechos de nuestros procedimientos. Hoy son una multitud recostada sobre camas inteligentes. Encerrados dentro de sus propios cuerpos vacíos. Malviven una agonía que no tiene fin. En instituciones, en sus casas, en unidades de cuidados especiales. Son la triste derrota de nuestros patéticos éxitos. De la imposición divina que nos impide aceptar la muerte. De la estúpida idea de que es un fracaso y de que los que fracasamos somos nosotros. De la obediente sumisión al mandato que nos grita al oído que siempre tenemos que hacer algo. De nuestra ingenuidad de dioses. De nuestra obstinación en medir resultados fisiológicos. De nuestra ceguera a lo que justifica una existencia. De nuestra sordera a la autonomía y a la voluntad de las personas. De la ignorante idea de que toda vida merece ser vivida. De al loca creencia de que es lógico que el precio para “vivir” sea dejar de “existir”. Del equívoco lingüístico que nos hace confundir “permitir morir” con “dejar morir”. De la resistencia a bajar los brazos cuando es inútil sostenerlos levantados. Del adiestramiento ciego que nos ha hecho creer que tratamos pantallas, variables, scores, algoritmos. De una educación enfática y desencarnada. Son una nueva categoría de pacientes. Una que incluye a familias destrozadas. A madres presas de esperanzas sin fundamento. A hijos extenuados e insomnes velando a sus padres que no acaban de morir. Su mirada vacía y ausente nos señala como un dedo acusador. Allí están, aunque nadie los vea. Agonizantes perpetuos detenidos en un camino que no conduce a ninguna parte. Vegetativos, comatosos, alimentados por el largo ombligo del soporte vital y el soplido incesante de los respiradores microprocesados. ¡Despertate!, les susurran sus madres al oído mientras las cantan las nanas de la infacia. ¡Despertate!, pintan sus fans en graffitis callejeros. Pero ellos no despiertan porque no están dormidos. Es nuestra terca obstinación la que los sostiene. Un empecinamiento de dioses y un mandato ciego nos frena la mano ante lo innombrable. Cuando la única pregunta es: ¿podemos hacerlo? silenciamos otro interrogante fatal: ¿debemos hacerlo?. Sabemos “qué” hacer, pero ignoramos “para qué” hacerlo. Quitarle la dignidad a la muerte no es menos grave que quitársela a la vida. Una vez más el sueño de la razón prodce monstruos.