Entre Sócrates y el Power Point

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Los límites del conocimiento

Los sábados discutimos pacientes complejos. Casos enredados que resisten a la linealidad de las descripciones de los libros. Hoy reflexionamos sobre lo que parecía evidente en los estudios pero contradecía lo que un enfermo nos mostraba. Fuimos desde los datos a la clínica. Ida y vuela, una y otra vez. Si un tejido está muerto (cicatrizal) el año anterior pero muestra la amenaza del déficit de irrigación (isquemia) ahora, ¿está peor o mejor? ¿Cómo, no era que lo muerto es definitivo e irreversible? ¿Entonces no estaba muerto sino hibernado? ¿Será que nuestras intervenciones terapéuticas han despertado al oso de su dulce sueño metabólico? ¿Puede estar el paciente peor pero el tejido mejor? ¿No estaremos confundiendo “riesgo” con “peligro”? ¿Podrán los fármacos antirretrovirales (HIV) que el paciente recibe haber tenido alguna influencia en su condición actual? ¿Será posible que dos enfermedades que nuestros esquemas mentales no relacionan (VIH y enfermedad coronaria) interactúen en el misterioso anudamiento de la biología? ¿Habremos resucitado a un monstruo que es más peligroso que su cadáver? Discutimos, consultamos bibliografía, formulamos hipótesis que entre todos intentamos refutar. Hicimos inducciones a partir de casos semejantes, deducciones desde las premisas fundamentales a los hechos, abducciones que recolectaron fragmentos de realidad para subir hasta el cielo de las teorías. Nadie aceptó una idea, por más bella y elocuente que esta fuese, si no podíamos demostrarla mediante los signos que los hechos nos ponían delante de las narices. Dudamos de todo. En particular de nosotros mismos. De los conocimientos que suponíamos definitivos. De las certezas elementales, de nuestras conclusiones. No dejamos nada sin revisar. Fuimos desde las evidencias hasta la clínica. Desde la biología hasta la biografía. De la historia clínica a la historia de vida. Usamos nuestros cerebros en red como una comunidad de neuronas y de circuitos que no respetaron las fronteras de los cuerpos. Reprodujimos una ceremonia milenaria. La medicina nunca fue un asunto individual. Anduvimos entre el diálogo socrático y el Power Point. Sentimos la incertidumbre de la práctica médica en las plantas de los pies y en el sudor de nuestras manos. Recordamos en la boca del estómago que no todo puede saberse. Que no siempre hay una explicación que seamos capaces de fundamentar. La patada en los talones que nos daban nuestros propios límites. Nos dijimos como un mantra colectivo -algo que repetimos desde hace años como un rito-: “yo puedo estar equivocado, yo puedo estar equivocado, yo puedo estar equivocado”. Invocamos al espíritu del error para que no oscurezca nuestro juicio. Fue un ejercicio maravilloso y agotador. Un paseo por el abismo que media entre el pensamiento y la realidad. Sentimos el vértigo y el terror que produce un caso cuando te escupe en la cara las debilidades de tu conocimiento. Cuando el paciente se iba, después de dos horas, se detuvo en la puerta de la sala. Nos miró a todos en un giro de ojos de 180 grados y se detuvo en mí que soy quien lo atiende. –Gracias por haberme dedicado tanto tiempo. Gracias por la humildad de haber compartido sus dudas conmigo. Le di una palmada en el hombro y le guiñé el ojo. Una de mis compañeras percibió que me había emocionado un poco. Yo tengo miedo cada vez que me hace un comentario. Nos conocemos tanto. Se acercó a mi oído para que nadie más la escuche y me susurró: -No seas boludo Daniel. El pobre cree que el esfuerzo que hicimos fue por él, pero vos y yo sabemos que fue por nosotros. Podemos bancarnos su enfermedad pero somos incapaces de aceptar nuestra ignorancia.