Envejecer (confesiones de un médico andropáusico)

dr.envejecer

dr.envejecerTengo 60 años, nunca me sentí viejo. Sin embargo comienzo a advertir las primeras señales de lo que tal vez sea envejecer. No tengo síntomas físicos, trabajo igual –o más- que hace treinta años. Me levanto a las cinco de la mañana y vuelvo a las nueve de la noche sin esfuerzo. A veces alguien me recuerda que no me faltan muchos años para jubilarme. Primero me parece que se refiere a otra persona, que tiene que estar equivocado. Después me veo sacando a pasear al perro en cuatro turnos diarios o regando el césped del jardín apenas cae el sol y me agita un temblor palúdico. Sudo. La visión se me oscurece. Creo que voy a perder el conocimiento. Entonces me recuerdan los libros que podré leer, incluso algún insensato me habla de los que podría escribir. O me anuncian que ya no tendré que atender pacientes. Creen que me anticipan el paraíso pero describen el infierno. El remedio es ineficaz, absurdo como un glóbulo homeopático. Yo no seré ése, me digo. No quiero esa serenidad vacía. Para reposo me basta con la muerte. Todo consuelo, toda esperanza, es una ortopedia inútil. Sin embargo percibo algunos signos sutiles y desconocidos que van transformando las emociones que acompañan a mis creencias de toda la vida. Pienso lo mismo, pero siento distinto. Son cosas pequeñas, minúsculos berrinches sin mayor trascendencia. ¿Será eso volverse viejo?

1. Hasta no hace mucho tiempo, por ejemplo, pensaba –igual que ahora- que las personas que ponen al dinero en el centro de sus objetivos de vida se equivocan. Que desperdician su entusiasmo en cosas que solo pueden ofrecerles recompensas menores y fugaces. Podía escuchar sus conversaciones girando alrededor de objetos, precios, réditos o negocios y sentirme ajeno, sin interés. Pero ahora no lo soporto. Antes me aburría, ahora me desespera. Me irrita, al punto de no poder tolerarlo. Siento en el cuerpo una inquietud de catástrofe que me pone en la disyuntiva entre huir o asesinar.

2. Voy a congresos científicos desde hace varias décadas. Siempre sentí un entusiasmo y un placer intensos ante esa perspectiva. La noche anterior me quedaba en la cama confeccionando una grilla de horarios, diseñaba un itinerario meticuloso para tratar de no perderme nada. Tomaba apuntes y a veces grababa las conferencias. En los intervalos leía mis notas y por las noches, antes de dormirme, volvía a escuchar lo que los expertos habían dicho. Elaboraba resúmenes, apostillas, síntesis de los puntos principales. Me sentía feliz y excitado. Ahora me aburro. Me siento en la primera fila para obligarme a la vigilia. Pero cuando se apagan las luces y el Power Pont gobierna la penumbra, la voz de quien dice lo mismo que leo en la pantalla (como si no pudiera hacerlo yo mismo), o repite los datos de estudios que ya conozco sin agregarles nada propio, o cuando celebran un culto ridículo a la novedad, o una exaltación -más ridícula aún- de sus propias trayectorias ejemplares, me inunda una somnolencia narcótica. Los párpados me pesan, la cabeza se me derrumba en cámara lenta hacia adelante. Me aterroriza dormirme o roncar. Hago dibujitos en el cuaderno, unas volutas de capiteles jónicos que evolucionan sin fin hasta ocupar toda la superficie de la hoja. Repito la formación del River de Francescoli de 1997 o las estaciones del Ferrocarril Sarmiento entre Once y Moreno (en una y otra dirección). Me asaltan deseos incontenibles de sándwich de milanesa o de helado de maracuyá. Hay excepciones, pero cada vez son menos. Algo así tiene que ser volverse viejo.

3. Siempre he profesado una admiración intensa por el mundo intelectual, en especial por la música y la literatura. Desde la infancia he vivido rodeado de discos y de libros. Son mi entorno “natural”. Supe muy pronto que hay muchas formas de conocer el mundo. Que el arte y la ciencia nos abren unos ojos reveladores hacia lo desconocido. Que aplican dos modos de pensar muy diferentes, dos lógicas paralelas que se enriquecen mutuamente. Admiré a escritores y a músicos hasta la idolatría. Desde hace un tiempo la vida me ha puesto en la situación de conocer a unos pocos de ellos. No siempre, no en todos los casos, pero he encontrado una egomanía tóxica y una superficialidad exasperante en el diálogo personal que no había sospechado en sus obras. Los he escuchado criticar la banalidad del star system, pero solo porque no los incluye. Me cansé de recibir sus quejas hacia un mundo estúpido e injusto incapaz de reconocer su genio extraordinario. Cultivan la frase hiriente y el comentario mordaz pero sin ninguna gracia. Esconden detrás del falso argumento del “consumo irónico” que se pasan horas sentados frente a la TV mirando almorzar a la señora o bailar por sus sueños a las estrellitas de moda. Como si a los vendedores de veneno les importara con qué dentadura mastican su producto. He alcanzado las cimas de la desesperación asistiendo a sus diatribas sin fundamento contra la razón o la ciencia. Sus discursos repletos de tópicos y de prejuicios para opinar sobre lo que no conocen. Un culto arrogante a la sospecha generalizada. Sus admoniciones proferidas en tono sacerdotal desde el púlpito pagano de su propia ignorancia. Antes, la admiración me protegía del desencanto. Ahora procuro alejarme para seguir admirando sus obras, y olvidarlos. A lo mejor es ése el precio del talento. O el de largos años de diván. Podría ser que un artista tenga que orbitar alrededor de sí mismo como un satélite estéril que solo refleja su propia imagen hasta el infinito. No lo sé. Tal vez no sean ellos, tal vez sea yo. Tal vez también de esto se trate hacerse viejo.

4. Nunca me interesó el psicoanálisis. Simplemente lo dejé de lado, no lo tuve en cuenta. Su hegemonía corporativa logró que al recibirme de médico optara por otra especialidad. Había pensado en la psiquiatría pero no tardé mucho en comprender que en ese momento –afortunadamente cada vez menos- era imposible obtener una formación científica sobre la salud mental en el medio al que tenía acceso. No me arrepiento. Ejercí la profesión rodeado de psicoanalistas y soy amigo de muchos de ellos. Pude apreciarlos como personas, disfrutar de su cercanía y al mismo tiempo no incluirlos en la asistencia de mis pacientes. El equilibrio se instaló sin afectar las ricas relaciones personales que todavía conservo. Los consulto antes de comprar una novela o elegir una película. Fuimos compañeros, colegas y amigos. Pero desde hace un tiempo, las razones que siempre me han hecho mantenerme alejado de su disciplina,  se cargaron de emociones violentas. Ya no soporto su horrible lenguaje, es una cuestión estética, musical. Me irrita su permanente abuso de la analogía, de la interpretación exasperada y sin fundamento. Su desprecio por la prueba y la apelación permanente a argumentos falaces e irrefutables. Su desempeño con personas con padecimientos graves y conocidos a los que atribuyen orígenes fantásticos y delirantes. Su facilidad para las metáforas vulgares. Su desprecio militante por la ciencia como método y por la prueba como garantía de lo que se hace. Su facilidad para opinar acerca de todo, especialmente de lo que ignoran. Mis amigos psicoanalistas se ríen de mi irritación. Me dicen que tal vez haya llegado la hora de consultarlos como paciente. De rendirme a sus fantasías. Puede ser… Tal vez tengan razón. Yo me inclino a pensar que el agotamiento de la tolerancia es otro anticipo de la vejez.

5. Afortunadamente todavía conservo el centro de gravedad de mis pasiones fuertes. Nada ha cambiado desde el día en que el niño que fui descubrió la inenarrable maravilla de mirar a una mujer balanceándose en una hamaca de la plaza. Se llamaba Adriana y se sentaba delante de mi banco en la escuela. Todavía siento el satori que me deja en un instante detenido en el tiempo cuando las veo dormir abandonadas a su propia ingravidez sobre la cama desecha. Sus espaldas de ave con las alas plegadas bajo las escápulas. El estremecimiento al olerles el cuello y descubrir el aroma salvaje de jungla de Kracatoa que guardan como un secreto que ignoran llevar. Todavía el mundo se congela cuando levantan los brazos y se atan el pelo detrás de la cabeza como si fuese un gesto trivial y anodino. O el embrujo de sus pies pequeños y sus manos de bailaora flamenca. Me paraliza verlas caminar con movimientos lunares y una gracia que no es de este mundo. O su piel, trabajada desde que eran unas nenas por la cíclica marea de sus hormonas. O su inteligencia y sensibilidad tejidas durante millones de años para poner sobre el mundo una mirada que tan alejada de la tosca vulgaridad del macho. Estoy seguro de que si alguna vez ese prodigio también se apaga, ya no me preguntaré si ha llegado la vejez, sino la muerte.

  • Winter

    Vea Doc, usted no es ningún vulgar profesional de la medicina. Tómelo como el halago de un escéptico.

  • dannyuy .

    Buenas tardes, no soy médico ni ejerzo ninguna profesión en el área de la salud, soy apenas un vulgar profesional de la tecnología de la información. Y comparto muchos de sus sentires. Y disfruto mucho leyéndolo -no apenas este post, todos ellos-, gracias por compartirlo. Saludos de un uruguayo desde Brasil.