Factores culturales y antropológicos de la enfermedad cardiovascular

corazon.nature

Por Dr. Daniel Flichtentrei

“Cultura son las conversaciones que nos sostienen”. Clifford Greetz (1)

Introducción

Ya nadie pone en duda que las patologías cardiovasculares ocupan los primeros puestos como causas de morbilidad y mortalidad. La epidemiología contemporánea es una ciencia compleja que describe la distribución de las enfermedades y analiza las variables intervinientes en cada una de sus etapas: génesis, diseminación, tratamiento, secuelas, complicaciones. Los estudios epidemiológicos confirman –con todo el rigor metodológico de esa disciplina– una tendencia que lleva varias décadas de continuo crecimiento. También existe amplio consenso acerca de las evidentes vinculaciones de las enfermedades prevalentes y el estilo de vida de las sociedades en las que tienen lugar. Las enfermedades cardiovasculares representan un arquetipo del modo en que la forma de vida de las personas ejerce un impacto en su biología y determina la clase de enfermedades que predominarán entre ellas. Tanto la prevención como su tratamiento estarían condenados al fracaso si se ignoraran las condiciones necesarias para que el cuadro adquiera las dimensiones epidémicas del presente.

El ya clásico estudio INTERHEART (2) –que analizó datos provenientes de 11.119 casos y 13.648 controles provenientes de 52 países– ha aportado evidencias muy sólidas acerca de cuáles son los factores de riesgo de mayor impacto sobre la posibilidad de padecer un infarto de miocardio. Ese conjunto de variables –comunes a una gran cantidad de los países que participaron de la investigación– constituye una prueba de la forma en que se comparten los hábitos en un mundo globalizado.

Los médicos analizamos los hechos biológicos que los modos de vivir les imponen a nuestros cuerpos. La estratificación del riesgo cardiovascular podría considerarse una verdadera “arqueología del porvenir”. A partir del peso corporal, el perímetro de la cintura, la distribución adiposa, la bioquímica sanguínea, la presión arterial, la hipertrofia cardíaca, la excreción renal de albúmina, la retinopatía y tantos otros indicadores, no hacemos más que leer las señales que el ambiente esculpe sobre cada uno de nuestros enfermos. Usted o yo, médicos, reconocemos las marcas de la cultura sobre los cuerpos de las personas. Con esos fragmentos armamos el modelo de la existencia que nuestros enfermos viven y predecimos los riesgos que el futuro les depara. Suponer que los componentes somáticos de las enfermedades cardiovasculares constituyen un cuadro encarcelado en la pura biología, o que nuestro paciente es individualmente responsable de cuanto le sucede, no sólo son pruebas de lo que desconocemos, sino también la garantía que anuncia nuestro fracaso terapéutico. Olvidarlo no es inocente. Ignorarlo produce catástrofes.
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