“Haití, hambriento de muertos y deseos”

Otra vez médicos y enfermeras, ¿quién más?

“Puerto Príncipe de las furias yace fatigado a mis pies (…)
Hambriento de muertos y de deseos.”
De “El hilo de agua”, de la escritora haitiana Emmelie Prophète.

Pasan tantas cosas mientras escribo esta mañana…

1. Un ciego llamado Michelle agita una lata pidiendo limosna en una esquina de Puerto Príncipe como todos los días de su vida, como si no hubiese sucedido nada. Tal vez tenga razón. La miseria y la indignidad que lo acompañan desde que nació son lo único que no se ha derrumbado con los temblores.

2. Suena el teléfono. Una enfermera de Rosario me llama para preguntarme cómo puede viajar a Haití. Tiene 52 años y más de 30 de hospital pediátrico, tres hijos, cuatro nietos, pero está decidida a ir. –“Anoche vi en la televisión a los chicos huérfanos lastimados, muertos de miedo, solos…, yo sé que puedo ser útil allí. Hablé con mi esposo, con mis hijos. ¡Tengo que ir, ayúdame!”.

3. Un rescatista mexicano se empecina en seguir una corazonada ocho días después del terremoto. Es absurdo, pero lo hace. Escucha un ruido intermitente pero él sabe que viene de una persona. Un lamento casi inaudible, un residuo de llanto que apenas puede llorarse. Empuja los escombros con las manos. Pide silencio y pega la oreja al hueco oscuro e inestable que alguna vez fue un edificio. Huele con su oído como un animal en la selva de noche. Un puño en la boca del estómago le dice que hay alguien allí. Contra toda lógica, contra toda fisiología. Entonces ve un reflejo circular que no puede no ser un ojo. Lo sabe, no por lo que él está viendo, sino porque siente que ese círculo negro lo mira a él. Introduce la mano debajo de las piedras entre una nube de polvo. Otra mano la recibe, la aprieta. Un fluido cargado de memorias los conecta como una milenaria electricidad. La mano sepultada comprende que no va a morir, la del mexicano para qué ha vivido.

4. Recibo un correo electrónico de un ex compañero de residencia. Es santiagueño, toca la guitarra y canta zambas y chacareras que le enseñó su abuelo en el patio de tierra de su casa de Suncho Corral desde antes que aprendiera a caminar. Ama el vino tino y a las mujeres, en ese orden. Hace una semana se registró en una organización humanitaria que lo llevó a un hospital de campaña en Haití. “Trabajo 18 horas al día. No tengo tiempo de pensar en lo que estoy viviendo. No quiero hacerlo. Si lo hago no lo voy a soportar. Esto es el infierno. Peor, mucho peor porque esto es real. Hice más amputaciones durante estos días que en 23 años de profesión. Opero con una sierra de carpintero sobre una mesa de madera con las patas atadas con vendas para que no se caiga. Los que sobreviven me besan las manos, se fabrican una muleta improvisada con un palo de escoba y se internan en una ciudad fantasma que los matará con más efectividad que el terremoto. Afuera está oscuro, cortan la luz a las 20. Escucho tiros, gritos de dolor y el llanto de los pibes. Las madres les cantan en un idioma que no comprendo. ¡Les cantan! ¿te das cuenta? No tenemos antibióticos, Ibuprofeno, ni Dipirona. Aunque esas mujeres jóvenes, pero sin dientes, son un analgésico extraordinario. Cuando viajaba en el avión pensé en mi familia, en mi trabajo. No estaba seguro de por qué venía. Ahora no tengo dudas de por qué me quedo. No sé cuándo podré escribirte otra vez. Te mando un abrazo grande”.

5. Fábula, una mujer de 20 años camina por las calles derrumbadas de la ciudad acompañada por un grupo de mujeres. Se apoya las manos en la espalda para atenuar el dolor. Está a punto de parir. Camina hacia el hospital. Está agotada,  hambrienta, deshidratada. Pero marcha entre las ruinas con sus últimas fuerzas para ofrecerle a su hijo el mejor lugar posible para nacer. Las otras mujeres saben que la solidaridad es un remedio imprescindible. Cantan, rezan y bailan para rogarle a sus dioses y alentar a la madre. Un grupo de niños las rodean y miran como si no tuviese ningún misterio la ceremonia que también a ellos los trajo al mundo. Fábula no da más. La acuestan en el piso. Alguien pone un trapo sucio debajo de ella para que su hijo no llegue sobre esa tierra arrasada. Pero ella no puede pujar, se desmaya. Los periodistas de la BBC la trasladan al hospital. La acuestan sobre una mesa de escritorio con las piernas abiertas. El parto es imposible. Ingresa a un quirófano. La familia la espera con los temores de todo nacimiento. Médicos y enfermeras la ayudan y el niño nace. Se lo muestran al padre.  Pero son ellos los que se ven más felices y satisfechos. Esta mañana en Puerto Príncipe la obstinación de la vida siembra futuro sobre una ciudad repleta de cadáveres aún calientes.

Pasan tantas cosas mientras escribo esta mañana…

6. Alguien me cuenta deslumbrado que su nuevo auto tiene un dispositivo de GPS, Internet y reproductor de DVD. Anoche vi River y Boca en el pequeño espacio de la pantalla de TV que deja libre la insasiable publicidad. Fui dichoso a las dos de la madrugada porque Jimy Hendrix desde Woodstock tocó Pruple Haze sólo para mí.

Todo sigue el curso estúpído de la vida alrededor de nuestros propios ombligos. ¡Me siento tan inútil y egoísta!

BBC Mundo

La periodista que narra los hechos es argentina y es hija de mi amigo Enrique Pianzola, cardiólogo de Mar del Plata

  • No tengo casi palabras. Es demasiado…
    Quizá sirva te sirva de consuelo saber que no sos el único que se siente así.

    Saludos