La hipótesis más bella del mundo

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Desde hace un tiempo en el grupo con que trabajo nos hemos puesto a estudiar la intimidad subcelular de las enfermedades cardiovasculares con rigor sistemático. Empezar es arduo, avanzar es lento, pero cuando accedés a las claves del lenguaje de los genes y las moléculas tu adicción ya está desatada. Hay una belleza implícita en todo lo que vas descubriendo. No sólo aprendés, gozás. Como cuando mi viejo me abrió las orejas a Stockhausen y su música dejó de ser un ruido. O como aquella tarde de Julio en que una mujer con acento eslavo me desveló para siempre el mundo que se escondía detrás de las manchas de Mark Rothko. O aquellas vacaciones de lectura compulsiva en las que por fin comprendí la respuesta que me había dado mi abuelo cuando yo tenía doce años y le pregunté por qué leía siempre el mismo libro. –Se llama “Ulises”, lo escribió un irlandés de Dublin. Llevo treinta años leyéndolo hasta la última página para volver a empezar. Pero todavía no puedo terminarlo. Se trata de esa clase de placer al que sólo se accede con esfuerzo. La ciencia también es un país exquisito. Claro que no lo explica todo, pero sólo el falso conocimiento lo hace. Las fronteras entre saberes son corrales para corderos. La única disciplina posible es la indisciplina. Anfibios que nadan o caminan según el terreno donde les toque moverse. Eso deberíamos ser pese a tanto idiota que tira del freno para romperte la boca. Transitar a campo traviesa saltando los alambrados como locos sinestésicos. La biología profunda también puede sonar como el coral de Carmina Burana. Artistas y científicos abren las puertas a los múltiples significados del universo. Cada uno busca el modo de expresar lo real de manera que encuentre su sentido. Los alfabetos con los que se puede leer o escribir lo que está allí afuera son diversos e irrespetuosos. Entre los nanomundos y las sonatas de Shubert no hay más distancia que la estupidez de los comisarios culturales. Hay menos diferencias entre el dedo divino y el de Adán sobre el techo de la Capilla Sixtina y el contacto sutil entre dos neuronas en una sinapsis de las que Miguel Ángel podría haber imaginado jamás. Nos pasamos muchos sábados entre moléculas y cromosomas. No somos menos ignorantes pero somos más felices. Nuestras ideas previas se modifican. Lo simple se nos revela complejo. Buenos y malos intercambian posiciones. El “abnegado” oxígeno se convierte en serial killer en las especies reactivas de la oxidación. El “salvador” óxido nítrico puede ser un veneno mortal cuando sus mecanismos reguladores claudican y se acumula sin control como en el shock séptico. En lo infinitamente pequeño algunas de las paradojas encuentran por fin explicaciones. Es apasionante desentrañar los secretos de lo vivo. De la adaptación exitosa que llamamos vida al fracaso adaptativo que llamamos muerte. Todavía no sabemos nada. Pero ya hemos confirmado la hipótesis más bella del mundo, Dios no existe.

  • DrGEN

    ¡Qué bella hipótesis!
    Sin dudas =)

    Saludos,
    DrGEN