Que la realidad no me moleste

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Cuando hablamos sobre un tema acerca del que creemos saber pero no sabemos se desnuda nuestra “ilusión del conocimiento”. Pocos resisten la tentación de opinar. Suponemos que comprendemos las cosas a un nivel más profundo del que en verdad tenemos. Hay una enorme distancia entre una explicación que nos satisface y una verdadera. Otra manifestación ilusoria es nuestra tendencia a considerar “causas” a fenómenos que apenas son “asociaciones”. Nuestra mente tiene la predisposición a detectar sentidos a partir de ciertos patrones, a inferir relaciones causales de las coincidencias y a asumir que los acontecimientos anteriores “causan” los posteriores. Nos serena percibir lo regular en lugar de lo azaroso. Encontrar secuencias de hechos que confirman nuestras concepciones previas y oscurecer las que podrían contradecirlas funciona como un poderoso tranquilizante. Abundan los ejemplos aunque siempre es más sencillo percibir las ilusiones ajenas que las propias. Las neurociencias han aportado pruebas contundentes acerca de todos estos desvíos cognitivos.

Tomemos sólo algunos casos que leímos en los diarios durante las últimas semanas.

1.    Resulta ridículo pensar que es cierta la teoría conspirativa de Chavez respecto del cáncer y los EE. UU. Pero se ajusta perfectamente -no a la verdad- sino a su teoría acerca de cómo funciona el mundo.

2.    Muchas personas inteligentes aceptan sin discusión la hipótesis de que la cantidad de enfermos oncológicos entre los presidentes de la región es causada por el ejercicio del poder o por oscuras condiciones ambientales que nadie ha demostrado por ahora.

3.    Hay decenas de comentarios asegurando que detrás de la información austera y concreta sobre la enfermedad de Cristina K. se esconden manipulaciones escandalosas. Incluso cuando se nos dice la verdad sustentada en los únicos criterios posibles en este momento, sin fantasear ni hacer predicciones carentes de fundamento, prefieren creer en sus sospechas conspirativas. Si aceptaran que Cristina K. tiene lo que dicen que tiene, que se informa lo único que es posible saber en esta etapa, sus fantasías demoníacas acerca de su gobierno se verían debilitadas Cuando se comunica con prudencia, basado en datos comprobados y nombrando a las cosas por su nombre, sin eufemismos, también dudamos. Necesitan, no sólo criticar los actos políticos – criticables con todo derecho- sino encontrar una voluntad deliberada de hacer el mal más propia de los delirios religiosos que de la discusión ideológica.

4.    Las trágicas muertes de al menos tres funcionarios públicos durante las últimas semanas también han generado numerosos comentarios incluso de “expertos”. Extraños suicidios, explicaciones insuficientes, coincidencias sospechosas son algunas de las cosas que se dicen al respecto. Pero en ningún caso se aportan pruebas. Se esgrimen una serie de dudas, lo que no tendría nada de malo si se acompañaran de hechos con los que sustentarlas. También existen resguardos éticos indispensables ya que el planteo de hipótesis respecto de la muerte de una persona no debería divulgarse hasta ser constatada cuando afectan su reputación o su memoria. La tendencia a preferir las posibilidades más morbosas respecto de otras –mientras no hayan sido demostradas- obedece más al regodeo obsceno e irrespetuoso que a la voluntad de esclarecer un hecho. También los muertos tienen derecho a ser respetados y a que se proteja su intimidad. Violar impunemente esta condición dice más acerca de quienes lo hacen que de la víctima. A diario asistimos a esta doble victimización, la que le ocasionó la muerte y la de quienes violan el mínimo respeto que merece su recuerdo.

Claro que Chávez podría tener razón, que la enfermedad de la presidenta podría ser una malvada estrategia de engaño colectivo y que las muertes de funcionarios públicos obedecer a una diabólica vendetta. Pero no hay pruebas, ninguna. Las evidencias de las que disponemos por ahora están a favor de lo contrario en todos casos. Si más tarde accedemos a datos que por ahora ignoramos entonces ése sería el momento de hablar. En la medicina este clase de desvíos cognitivos son frecuentes y sus consecuencias desastrosas.

Aprender a pensar de acuerdo a una metodología rigurosa no impide tener opiniones. Facilita que se opine de acuerdo a lo que se conoce siguiendo procedimientos que nos acerquen todo lo posible a la verdad y nos resguarden de las fantasías. Hacemos un gran esfuerzo –aunque no nos demos cuenta- por lograr que lo que sucede se ajuste a los que creemos. Actuamos todos los días guiados por estos –y otros- errores cognitivos. Tomamos decisiones personales sustentadas en conclusiones débiles y erróneas. La intuición, en la que muchos confían ciegamente, nos hace creer que prestamos atención a más cosas de las que en verdad atendemos, que nuestros recuerdos son más fidedignos y persistentes de lo que son, que sabemos más de lo que sabemos, que las coincidencias y casualidades demuestran causalidad. Refuerza nuestra autoconfianza y confirma nuestra visión del mundo. Pero lo hace a costa del engaño ya que en general son equivocadas y esto tiene un costo que alguien debe pagar, casi siempre nosotros mismos.

La racionalidad nos protege de las ilusiones cognitivas. Es la única herramienta que limita el riesgo del pensamiento mágico. Todos podemos creer en cosas que no son reales. Lo peligroso es desconocer que se trata de una creencia y otorgarle el estatuto de la demostración. Levitar, producir daño clavando alfileres en muñequitos de trapo, mover objetos con la mente, leer la borra de café o el inconsciente a través de los sueños; los ejemplos son numerosos pero la inconsistencia es la misma. Existen reglas lógicas para pensar que demandan un examen permanente de todo cuanto afirmamos. El trabajo es arduo y requiere de un aprendizaje. Pero pensar intuitivamente sin someter a prueba lo que decimos también es una conducta aprendida en determinados contextos culturales. La naturalización de estas modalidades del razonamiento nos hace perder de vista nuestros propios errores considerándolos verdades autoevidentes que no requieren demostraciones de ninguna clase. Muchas veces lo que la imprudencia de los “opinadores” profesionales deja ver está más cercano a la búsqueda de la persuasión que de la verdad. O al propósito de consolidar creencias, incluso cuando resulten ridículas e inexactas. La ciencia no se limita a recolectar datos sino a hacerlo de acuerdo a un método y con un objetivo previo. No elimina el error porque es consciente de sus límites. No hace afirmaciones tajantes sino rebatibles y provisorias. Una hipótesis científica es precisa en lugar de vaga, comprobable empíricamente (confirmable o falsable) y nunca inescrutable. Una persona alfabetizada científicamente debería –como mínimo- ser capaz de:

1.    Comprender la diferencia entre observación e inferencia y discriminar entre los dos procesos en cualquier contexto bajo consideración.

2.    Entender el significado de la palabra “teoría” en el contexto de la ciencia, y tener cierta noción de cómo las teorías se construyen, son puestas a prueba, validadas y cómo se les otorga aceptación provisional; reconocer, en consecuencia, que el término no se refiere a cualquier opinión personal, noción no corroborada o artículo de fe.

3.    Entender el sentido en el cual los conceptos y teorías científicas son mutables y provisionales en vez de finales e inalterables, y percibir el modo en que estas estructuras son continuamente refinadas y perfeccionadas por un proceso de aproximaciones sucesivas.

4.    Comprender las limitaciones inherentes a la indagación científica y ser conscientes de los tipos de preguntas que no se formula ni contestan; ser conscientes del sinfín de preguntas sin contestar que reside detrás de toda pregunta contestada.

El analfabetismo científico en el que hemos sido educados se perpetúa a través de la arrogancia verborrágica de los charlatanes y de los interpretadores exasperados. Claro que las interpretaciones son indispensables, pero deberían fundarse en los hechos y respetar procedimientos argumentativos que le den sustento a sus conclusiones. Por el momento pareciera que, sin distinguir niveles sociales o educativos, predomina una idea bastante diferente: “si la realidad no se ajusta a nuestras creencias, peor para ella”.

Referencias bibliográficas:

  1. “Teaching Introductory Physics” de Arnold B. Arons, John Wiley and Sons, 1997).
  2. “El gorila invisible”, Christofer Chabri, Daniel Simons, Siglo XXI editores, Bs. As. 2011.
  3. “Prodigios y vértidos de la analogía”, Jacques Bouveresse. Libros del Zorzal, 2010.
  4. “La ignorancia debida”, Marcelino Cereijido. Libros del Zorzal, 2009
  5. “Las pseudociencia, vaya timo”, Mario Bunge. Edtorial Laetoli, España, 2011
  6. “Elogio de la curiosidad”, Mario Bunge. Editorial Sudamericana. Bs. As. 2008