La verdad es hija del error

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Resulta siempre atractivo ejercer una crítica hacia las verdades establecidas. Desmitificar es redituable y convoca la atención. Pero a menudo no se dice más que lo ya se sabía. El marketing editorial administra los rostros de la verdad hasta encontrar el que más lo acerque el éxito. David Freedman -en su nuevo libro “Wrong”- emplea datos reales y los muestra del modo que más llame la atención.  Es una obviedad afirmar que la ciencia comete errores. El método científico es, precisamente, un procedimiento destinado a la búsqueda sistemática del error. En particular de los propios.  Cada uno de los errores –a menudo dramáticos- que la ciencia ha cometido han sido denunciados, desarticulados y rectificados por la misma ciencia. Cualquier forma de saber que no se someta a la contrastación empírica, que no ejerza una vigilancia obsesiva ni una crítica permanente de sus propias afirmaciones, no es científica. Las verdades de la ciencia son siempre refutables y provisorias. Son estos mecanismos de autocorrección los que la distinguen de una secta incluso de aquellas que se apropian del prestigio social de la ciencia mientras rechazan su metodología. Decía Mark Twain: “Sólo la ignorancia afirma o niega rotundamente, la ciencia duda”. Y duda en primer lugar de sí misma. Es ésa su mayor ventaja respecto de otras formas de conocimiento que se resisten al veredicto de la prueba. Ni el más imbécil de los científicos cree que sus verdades resultan inapelables, irrefutables o indiscutibles.

La ciencia es un modo de pensar. Es un procedimiento mediante el cual asomarse hacia la inabordable complejidad del mundo. Hay otros, claro, pero no son mejores. Podría decirse que los científicos siempre están equivocados. Que nunca se rinden a la contundencia de sus propios descubrimientos. El error tiene un valor heurísitco en ciencias donde se lo capitaliza y se le reconvierte en estímulo para nuevas investigaciones. La palabra del experto no tiene relevancia por sí misma ya que lo que fundamenta el valor de una verdad científica no son las personas sino las pruebas. La sumisión a la autoridad -religiosa, política, académica-es precisamente algo de lo que la ciencia ha logrado emancipar a los hombres. El progreso es también la eliminación de los errores, de las falsas creencias y del despotismo de quienes se creen dueños de la verdad. Todavía hay muchas personas que suponen que la ciencia es infalible, siempre verdadera e indiscutible. Casualmente son ésos los atributos que la diferencian del dogma al que la ciencia no ha venido a reemplazar sino a desplazar.

Es verdad que gran parte de lo que se publica en las revistas científicas es erróneo o irrelevante. Pero es en ese espacio donde quien tiene algo que decir y -las pruebas rigurosas para hacerlo- lo ofrece a la consideración de sus pares. La habilidad que se espera que los lectores adquieran es la que les permitiría leer esas publicaciones tomando en cuenta esa característica. Las lecturas ingenuas y el traslado automático de lo publicado a la práctica clínica no sólo resulta peligroso sino que constituye una prueba de ignorancia científica.

El fraude y la corrupción no son temas cuyo origen pueda atribuirse a la ciencia sino a la sociedad de la que forma parte. La misma en la que usted y yo –igual que miles de científicos- vivimos y cuyas miserias combatimos activamente o toleramos con el silencio cómplice que se escuda detrás de la resignación ante lo inevitable. La ambición desmesurada por el poder y el dinero no desaparecerán del estrecho mundo científico mientras sobrevivan en la cultura que lo contiene.

Cuando a Andrew Wakefield se le probó el fraude mediante el cual intentaba hacer creer que la aplicación de la vacuna triple vírica se relacionaba con el autismo, la revista inglesa The Lancet publicó la retractación y la autocrítica por haberlo permitido. En el año 2007 la misma revista, The Lancet, publica una carta de “Médicos para Irak” acerca de las atrocidades humanitarias de la guerra  en ese país en la que se denuncia que el grupo empresario Elsevier, dueño de esa publicación, también se ocupó de organizar una feria de venta de armas -Shot Show en Orlando- de la que participaron representantes de más de 75 países. Los editores no sólo hacen pública la denuncia sino que se declaran consternados por el hecho. Se conocen muchos otros casos resonantes en áreas como dolor y anestesia, cáncer de mama y el espectacular engaño del coreano Hwang Woo Suk que fraguó la clonación del perro afgano Snoopy. Todos fueron desenmascarados y las revistas centenarias donde habían aparecido se retractaron públicamente. Pero la cuota mayor de secuelas humanas y económicas del error en medicina ocurree con el uso de fármacos y procedimientos efectivos y aprobados por las agencias reguladoras. Sus razones son muchas y exceden las posibilidades de este espacio.

Cuando la lógica del mundo de las empresas se traslada automáticamente a todos los ámbitos de la acción humana aparecen nuevos problemas. La productividad como criterio excluyente de la evaluación de los investigadores facilita el perverso sistema conocido como “publicar o perecer”. Son las publicaciones el “producto” que a los científicos les abren o les cierran las puertas del financiamiento mediante becas o subsidios. Esto refuerza la publicación de investigaciones intrascendentes, duplicadas, incluso fraudulentas.

En la medicina se han producido muchos casos en los que la aplicación de un tratamiento ha traído consecuencias indeseables o han resultado ineficaces. Fármacos como: Talidomida,  Cerivastatina,  Mibefradil o  Rofecocib son sólo algunos de ellos si nos limitamos a los tiempos más cercanos. Pero fueron los sistemas de vigilancia que los mismos investigadores organizaron los que permitieron detectarlos. Fue con más, y no con menos ciencia, que estos errores fueron descubiertos y sus causas suprimidas.  Desde hace décadas el estudio del error en medicina se ha convertido en una disciplina en crecimiento. Existen numerosas causas para que el error sea frecuente en la práctica médica. Una de ellas es la aplicación de conocimientos obtenidos mediante la estadística de grandes poblaciones a individuos singulares con la inexorable cuota de incerteza que eso produce.  La medicina emplea el conocimiento que procede de las ciencias pero no es una ciencia. Cada caso se clasifica, se compara, se evalúa en relación al conocimiento disponible pero sólo para volver a él en lo que tiene de único e irrepetible. Hay tanto de arte como de ciencia en ese encuentro entre una persona que padece y otra que está dispuesta a ayudarlo. La ciencia se hace en los laboratorios y en los gabinetes y en condiciones controladas. La medicina se ejerce en el mundo real cargado de incertidumbres, de subjetividad y de influencias múltiples. Es por eso que no puede ofrecer garantías sino probabilidades. Quien garantice un tratamiento miente aunque a casi todos les guste escucharlo.

Daniel Flichtentrei
Newsweek, Julio, 2010

  • Nestor Zawadzki

    Hipocrates dijo: “Ars longa, vita brevis, occasio praeceps, experimentum periculosum, iudicium difficile”, mucho antes que la FDA autorizara los medicamentos, Monsanto (y otros) patentaran genes y que los medicos salgamos corriendo a recetar aquello que se acaba de empaquetar y distribuir, inclusive, desde los congresos.
    Pero, Daniel, como educar al paciente contra toda esta corriente de informacion sin contenido. Lo digo en ambos sentidos: aquel que lleva al paciente a exigir lo ultimo del mercado porque lo leyo en una revista de divulgacion general o en internet o en algun espacio de salud en CNN y el otro que hace que el paciente busque soluciones en lo mágico (que, en muchos casos, bien podria ser complementario…)
    Coincido en que no hay que disminuir, sino incrementar la ciencia, con ese sentido de busqueda de la verdad en el reconocimiento de los propios errores.
    Sospecho que es urgente establecer canales de comunicacion eficientes y “asepticos” para trasladar la informacion a los niveles pertinentes. El desgaste economico de los sistemas de salud tienen un talon de aquiles: el shopping medico.
    Saludos, Nestor

  • Ana

    Daniel, ““Sólo la ignorancia afirma o niega rotundamente, la ciencia duda”.dice M. Twain. El delirante tampoco duda, tiene certeza.
    Acuerdo totalmente con vos. Los médicos caminamos en el estrecho camino entre la ciencia y el arte; entre nuestros propias dudas y las certezas que nos demandan en ocasiones; entre el autocontrol y el dolor ajeno. Ciertamente como bien escribís no podemos más que ofrecer probabilidades (y acompañamiento) y esclarecimiento de nuestras limitaciones, aunque a aquel que uno tiene enfrente le cueste escucharlo.
    Cariños.

  • aflichten

    Muchas gracias Néstor y Ana por sus comentarios.