Lo bello, lo bueno, lo cierto

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escher_manos(1)El camino entre la Diabetes y el Infarto ¿es bidireccional?

Las frágiles fronteras entre el mundo real y el ojo del observador.

Es verdad que las cosas cambian a una velocidad vertiginosa y que nuestras ideas sobre ellas lo hacen a un ritmo bastante más lento. Pero también es cierto que –en cierta medida- esas cosas “son” las ideas que sobre ellas tenemos. Los modos en que los fenómenos son concebidos, configurados por nuestro pensamiento, constituyen objetos sobre los que se fundan nuestras prácticas. Como manos que se dibujan mutuamente, lo real es también creado por nuestros modos de nombrarlo. Raramente nos detenemos a repensar estas construcciones hiopotéticas a las que con frecuencia tomamos como independientes de lo que sobre ellas creemos. Trabajos como el que publican en The Lancet Mozaffarin y colaboradores, desde la Escuela de Salud Pública de Harvard, resultan una ocasión propicia para hacer este infrecuente ejercicio.

Todos nos hemos escuchado infinidad de veces repetir que la Diabetes es un factor de riesgo – incluso un “equivalente”- de Infarto de Miocardio. Pero también hemos asistido a diario a centenares de pacientes con IAM -sin historia de Diabetes- a los que hemos visto a lo largo de su seguimiento convertirse en diabéticos. Si la representación ingenua de la causalidad en biología es la de un vector con una dirección y sentido únicos, si de una causa sólo se deriva una consecuencia, entonces algo no anda bien en nuestra manera de representar lo que aquí sucede. O la causalidad es un fenómeno más complejo que lo que nuestro sentido común supone o los fenómenos que describimos forman parte de algo que los incluye pero que aún no somos capaces de nombrar. Aunque tal vez ambas cosas coincidan.

La causalidad no es simple asociación, no siempre es vectorial, en ocasiones se comporta como un bucle recursivo en el que causas y efectos se determinan y se influencian mutuamente. También podríamos pensar que existe un “escenario” metabólico subyacente de gran complejidad –y que aún conocemos poco y mal- con capacidad de hacer impacto en diversos órganos y sistemas generando manifestaciones específicas: aterogénesis, rupturas de placa, resistencia a la insulina, enfermedad pancreática, disfunción hepática y endotelial, alteraciones de neurotransmisores en el SNC y depresión o ansiedad, entre otras.

¡Qué bueno que estudios como éste pongan a prueba nuevas hipótesis! Es siempre saludable que los investigadores resistan a lo establecido y se arriesguen con ideas diferentes. Cuando los datos alientan estas propuestas se convierten en el impulso necesario para que otros grupos las vuelvan a explorar. Así, la multiplicación de los ensayos podrá robustecer o refutar lo que este trabajo sugiere. Es esta provisionalidad implícita del conocimiento científico, esta permanente inestabilidad de lo que postula y somete a prueba, lo que constituye –paradójicamente- su mayor fortaleza.

Algunos hechos acerca de la epidemiología de las enfermedades cardiovasculares parecen indudables y merecen atención, investigación, replanteo de supuestos básicos y toda la creatividad y la imaginación de los científicos aplicada a pensar sobre ellos.

Estas enfermedades se relacionan con los modos contemporáneos de vida.

En términos de prevención puede afirmarse que las estrategias aplicadas hasta ahora fracasan diariamente.

Existe un conjunto de enfermedades que se encuentran asociadas por mecanismos que aún desconocemos.

El abordaje de estas patologías como fenómenos aislados e independientes es un error.

Patologías como: obesidad, diabetes, hipertensión arterial, enfermedad vascular coronaria, cerebral o periférica, depresión y otras, parecen determinarse mutuamente modificando la incidencia de unas en presencia de otras y complicando el pronóstico que cada una tiene cuando coexiste con la otra.

Existe una fundada sospecha de que la exposición a determinados modos de existencia de las personas –particularmente aquellas con ciertos patrones genéticos- generan respuestas biológicas capaces de producir un escenario fértil para que esas patologías se manifiesten.

Lejos de lo que se suele creer, la ciencia es también –y tal vez más que ninguna- una actividad sostenida por la creatividad y la imaginación del hombre. A diferencia de otras disciplinas interpone entre las hipótesis y los actos un sólido aparato metodológico y el rigor de la confrontación con los pares antes de formular afirmaciones. Comparte con el arte la tensión máxima de la imaginación humana y la belleza estética de sus producciones. La ceguera cultural a este tipo de belleza es un obstáculo epistemológico que impide la consideración de la ciencia como una actividad intelectual creativa y ocasiona resistencias intelectuales y prejuicios. Investigadores de todo el mundo se encuentran en este mismo momento trabajando tenazmente porque se proponen que aquello en lo que piensan sea “bello” -en el sentido más elevado de esta palabra- pero que también sea “cierto” y que resulte útil a sus semejantes. No es poca cosa, pero si observamos a nuestro alrededor podríamos sentirnos satisfechos de que, pese a sus errores y desaciertos, todavía en la ciencia se procure que las palabras resulten mejores que el silencio que interrumpen.

Daniel Flichtentrei