Mercaderes y ladrones

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Miserias de la educación de postgrado

Me toca estar en contacto todos los días con propuestas educativas de postgrado. Los médicos nos pasamos la vida de curso en curso, de maestría en maestría, de suscripción en suscripción a revistas internacionales. Siempre con gran esfuerzo personal, muchas veces sin medir las consecuencias. Invertimos en nuestra capacitación un tiempo por el que pagamos un altísimo costo en nuestras vidas personales y mucho dinero. Puede que sea una elección o tal vez no sea más que la imposible persecución de un ideal inalcanzable. No sé si este fenómeno se da en otras profesiones con tanta intensidad. La voluntad de saber a veces se convierte en un comportamiento maníaco. Conscientes de esta característica muchas instituciones han multiplicado su oferta educativa. Hay muchas oportunidades de entrar en contacto con personas valiosas dispuestas a compartir lo que han aprendido con pasión y alegría. Pero no es lo único que se puede encontrar. La agenda se agranda año a año y los costos también. Aunque la calidad académica no siempre corre en la misma dirección. En no pocos casos la voluntad de enseñar lo que se sabe es mucho menor que la de lucrar con ese privilegio. Se cobran aranceles que se calculan en base al intenso deseo de aprender de los alumnos pero ignorando deliberadamente sus posibilidades reales de pagarlos. Aún así –y ellos lo saben y se aprovechan de ello- habrá muchos colegas que incrementarán sus horas de trabajo, que harán una guardia más los fines de semana o que desviarán porciones cada vez más grandes de sus flacos presupuestos en esa dirección. Claro que se necesitan fondos para sostener una estructura de enseñanza y para que su gente reciba una retribución por su trabajo. Pero basta asomarse al menú de lo que cobran para comprender que la miserable obsesión por ganar dinero es mucho más intensa que la generosa felicidad de entregar a otros el saber que han tenido la fortuna de adquirir. Lo que saben lo han recibido de otros gracias a la solidaria cadena de la enseñanza y el aprendizaje. Cuando se solicita una beca se ponen condiciones leoninas más propias de las casas de depilación que de institutos de postgrado universitario: “traiga tres nuevos alumnos y obtendrá una reducción del 25% en su matrícula”. ¿No les da vergüenza? No es sólo una actitud indigna sino que es horrible, fea, antiestética. La educación de postgrado se ha convirtiendo entre nosotros en un gran negocio que vende con criterios de mercado algo que no les pertenece. Lo que ofrecen es un producto robado. Son traficantes. Usan un conocimiento del que se han apropiado para venderlo como dealers con títulos y medallas. Son “mulas” que transportan una sustancia que no es de ellos. El conocimiento no tiene dueño, pasa por las mentes de las personas de unos a otros y se vuelca sobre la sociedad que se beneficia cada vez que un profesional adquiere nuevas competencias y habilidades. Hacer del saber una mercancía es tan repugnante como inevitable en una cultura que cree que todo se compra y todo se vende. Muchos médicos juntan dinero en pequeños grupos para pagar el acceso a una revista que después pasarán de mano en mano o, lo que resulta más vergonzoso todavía, para pagar cien o más dólares por página para publicar sus investigaciones en ellas. La voluntad de aprender ha sido sodomizada por la voluntad de ganar. Es muy triste, muy injusto. Me da asco.