Mi consultorio es un “lloratorio”

pañuelospapel

Si les das el tiempo suficiente todos te cuentan un secreto. Te quedás callado mirándolos a los ojos. Primero hablan de sus molestias físicas, las describen con detalle. Después no saben qué decir. A veces repiten lo que te acaban de contar pero con mayor intensidad. Aplican hipérboles y pelonasmos. Hacen gestos grandilocuentes. Después se produce un silencio incómodo. Una tensión muda pero palpable. Entonces bajan la mirada. Vos te quedás callado. Buscan algún objeto para tocar. Acomodan el florero o enderezan el calendario. Las manos ensayan su lenguaje. Hablan con gestos y movimientos porque no hacerlo les resulta insoportable. Pero vos te quedás callado. Los mirás directo a los ojos. Se inflan como si el aire se negara a salir de sus pulmones. El pecho se les dilata. La cara adquiere la forma de un globo de cumpleaños. Las mejillas enrojecen, los labios se adelgazan. Se quedan duros como si fueran de piedra. Algo que les sube desde el pecho les busca la boca. Ellos la clausuran como una muralla inútil. Como una compuerta de cartón que quisiera detener a un maremoto. Vos te quedás callado. Mueven las piernas. Escuchás el taconeo nervioso de los zapatos contra el piso. Es un redoble de tambor. Lo que busca salirse los va tomando por completo. Como el movimiento de la tierra que antecede a la erupción. Prueban tragarse las palabras. Pero vuelven y vuelven. Regurgitan como si fueran rumiantes. La boca se les hincha. Pero vos te quedás callado. Más tarde el cuerpo se les pone rígido, con una actitud decidida. Se acomodan en la silla. Te buscan los ojos. Tosen para aclararse la garganta. Toman aire en una inspiración lenta, profunda, prolongada. Los hombros se levantan. La espalda se acomoda recta sobre el respaldo. Pero vos te quedás callado. – “¿Sabe doctor?, me gustaría contarle algo. Nunca se lo he dicho a nadie. Pero no aguanto más”. Vos fruncís los labios e inclinás un poco la cabeza como si no supieras lo que te van a decir. Te quedás callado. – “Mire doctor, yo no soy feliz. Le parecerá absurdo porque le acabo de contar que tengo una familia excelente, un buen trabajo. Pero, no puedo más, no puedo más… No me pregunte por qué. No soy feliz…”. Entonces el cuerpo se les desmorona. Niegan con la cabeza. Se aflojan. Se vuelven blandos. Pierden la compostura. Se derraman sobre la silla como si fueran líquidos. Un brillo de lago patagónico les cubre los ojos. Primero escuchás una aceleración sutil de la respiración. Un soplido rítmico y sonoro. Después un burbujeo les sube desde el cuello. De a poco llega un gorgeo de pájaro herido. Se tapan la cara con las manos. Y lloran con todo el cuerpo. Con temblores convulsivos y ruidos prehumanos. Te piden disculpas con la mirada. Pero vos te quedás callado. Buscás la caja de papel tissue y la empujás hasta dejarla al alcance de su mano. Toman uno, y otro, y otro más. Se secan. Hacen bollitos que van dejando sobre el escritorio. Una serie de esferas húmedas, ordenadas y perfectas. Trazan una línea recta entre el cuadrito con las dosis de digital según el clearence de creatinina y la escala de coma de Glasgow que pusiste hace años debajo del vidrio y que nunca más has vuelto a mirar.