Mientras te quito la blusa

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Por Daniel Flichtentrei

Lo que uno busca en otra persona no es lo que ella tiene sino lo que nos produce a nosotros mismos. Nuestra ingenuidad nos hace creer que eso que nos “produce” se debe a lo que ella “tiene”. Estamos condicionados a creer que algo que está antes tiene que ser la causa de lo que está después. Es bello, pero no es verdad. Lo que admiramos, amamos o deseamos es la respuesta íntima y personal que percibimos cuando nos exponemos a esa otra persona.

Para que esto ocurra se necesitan ciertas condiciones y circunstancias. La mayoría de las primeras dependen de nosotros, de nuestra historia, de lo que somos. Las segundas, casi nunca dependen de ninguno de los dos. Lo que una madre o un amante siente ante su hijo o su pareja es el producto de la lectura que su cerebro hace de una serie de transformaciones que suceden en su cuerpo. Su mente las lee y las interpreta. Las nombra otorgándoles un significado que la palabra clasifica. Es a lo que el neruocientífico Antonio Damasio denominó teoría del marcador somático.

Cuando abrís la puerta de tu dormitorio y un león te ruge con su enorme boca abierta desde el placard corrés como Usain Bolt en la final de los cien metros libres en Londres 2012. Existe una demora entre el acto y la percepción del acto. Tomás conciencia de que corrés después de que lo estás haciendo. Pensás que la secuencia ha sido: vi al león, entonces sentí miedo y por eso corrí. Pero las cosas no funcionan de ese modo. La secuencia es: ví al león, corrí, tuve taquicardia, midriasis, hiperventilación, redistribución del flujo sanguíneo; a esas reacciones corporales mi cerebro las leyó y les atribuyó un significado que –sólo después y no antes- llamó “miedo”. El sentimiento sigue a la serie de respuestas físicas –o marcadores somáticos- y es el modo en que tu mente las decodifica.

Sentís mariposas en el estómago, una cierta turgencia húmeda en tu hemisferio sur cada vez que esa persona se acerca a vos. Incluso sucede cuando te habla por teléfono o cuando pensás en él o ella. Vos creés que las mariposoas se deben al amor que sentís, que son su consecuencia. Pero resulta que las mariposas son el amor que es apenas la palabra que las nombra. Estamos acostumbrados a inventar patrañas para luego creer en ellas. La intuición casi siempre se equivoca. La verdad es a veces incómoda y contraintuitiva.

A mí me conmueven más un par de ojazos negros que los dientes de un león. Cuando me miran nunca pienso en estas cosas. Me abandono a la tempestad del deseo y dejo que los científicos digan lo que se les de la gana. No me importa nada qué está antes y qué después sino lo que ocurre ahora. Mientras te quito la blusa la verdad me importa un carajo.

  • Maruchi_26_78

    bastante rebuscado, pero el final genial.

  • irma

    Jajajaja