¿Natura o cultura?

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Relativistas o Neardenthales

Ayer discutimos el caso de una mujer de 52 años que desde hace 18 meses tiene intensas experiencias sensoriales. Imágenes vívidas de colores luminosos, olores desconocidos, sonidos amplificados y de una gran fidelidad. Todo lo visual, olfatorio y auditivo se intensifica hasta transformar por completo la experiencia cotidiana del mundo. Mientras vive estos episodios -que duran pocos minutos y se repiten varias veces a la semana- ingresa en un universo propio, extraño y potente.  En todos los casos se asocian a una sensación indefinida de malestar epigástrico. Es una mujer culta, arquitecta, con una educación religiosa durante la infancia pero que jamás practicó el culto ni estuvo entre sus pensamientos habituales la idea de Dios. Desde que comenzó con este cuadro le atribuyó un significado místico a las experiencias que vive. Ella entiende que ha sido elegida para recibir señales que los demás no somos capaces de percibir. Su conducta y sus pensamientos se modificaron sustancialmente. Se ha convertido en una estudiosa de la Biblia, asiste a misa todos los días, su hogar se ha ido convirtiendo en un espacio repleto de símbolos y altares. La relación con sus hijos, su marido sus amistades cambió rotundamente.  Los efectos de su comportamiento han producido efectos psicológicos y físicos en varios de los miembros de su entorno microsocial. Su esposo tuvo una hemorragia digestiva hace 8 meses. Su hija menor, de 11 años, ha comenzado a padecer enuresis. Su trabajo también ha sufrido alteraciones tales como el uso permanente de imágenes religiosas en mosaicos o cerámicas o el diseño de espacios para altares en pasillos y otros lugares de las viviendas que diseña (reforman casas antiguas). Esto ha motivado discusiones con viejos clientes y la pérdida de muchos de ellos.  Su socia le pidió disolver la sociedad. Ninguna de las áreas de sus habilidades cognitivas ni las praxias se encuentran afectadas.  Ella tiene plena conciencia de lo que le ocurre. Lo considera lógico y coherente con la explicación que ha encontrado para los hechos. Comprende perfectamente la desorientación que produce entre sus seres más cercanos y se apena mucho por eso. Considera que es un precio a pagar por haber sido elegida y no espera que los demás la comprendan.

Desde el punto de vista clínico el caso no ofrece mayores dificultades. Se trata de cuadro bastante típico de epilepsia temporal. Los estudios confirman el diagnóstico sin  lugar a dudas. También muestran atrofia del hipocampo lo que podría hacer pasible a la enferma de cirugía. Un sencillo tratamiento anticomicial eliminaría sus vivencias en corto plazo.

En la discusión se planteó que una persona apela a las explicaciones que la cultura en la que ha sido educada le provee para asignar sentido a sus sensaciones. Es muy improbable que alguien viva experiencias a las que no les atribuya un significado dentro del repertorio de “causas” que tiene disponibles. Nuestra psicóloga y una estudiante de antropología -que está haciendo su tesis por lo que participará durante un año de nuestros ateneos- consideran que la explicación médica también está provista por la cultura y que no se diferencia de la que emplea nuestra paciente. Nos preguntan con qué derecho intervendríamos en su experiencia del mundo sensible quitándole una interpretación que no se diferencia de la nuestra.  En casos como éste el diagnóstico es un acto que se funda en la hegemonía despótica que la ciencia ejerce sobre otras explicaciones disponibles, según dijeron. Creen que la enferma debe decidir si admite nuestra explicación o prefiere la suya. A juicio de mis dos compañeras el estatuto epistemológico de ambas explicaciones no tiene diferencias conceptuales sino que es sólo una disputa por el poder explicativo de los sucesos en la vida de una persona.  En un momento informal –y con afecto- me dijeron que me comportaba como Neardenthal  al considerar que un diagnóstico es más que una explicación sustentada en un mito. ¿Vos qué pensás?

  • rsilvina

    La mayoría de los pacientes psiquiátricos con vivencias psicóticas egosintónicas no estarían de acuerdo en recibir tratamiento farmacológico. Un caso clásico son los los pacientes bipolares en fase maníaca.
     
    Habitalmente la familia intercede para que acceda a tratamiento. Una vez que se estabiliza su cuadro,  el paciente suele comprender y evaluar como hubiera incidido en su vida afectiva y laboral la decisión contraria: el deterioro de los vínculos terminaría dejándolo solo y sin capacidad de trabajar para autosustentarse. El paciente agradece el tratamiento y suele a veces sentirse avergonzado por su accionar. En la mayoria de los casos, no hay deterioro cognitivo tampoco.
    Los psiquiatricos están llenos de Mesías, pacientes que me adivinan cariñosamente el futuro con las mismas cartas que juegan al truco, me bendicen y me piden matrimonio.

    Neardenthal.
    Perdón, Silvina