Puentes hacia ninguna parte

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“Pero a los ciegos no le gustan los sordos
y un corazón no se endurece por que sí”.

Hay ideas de las que ya casi nadie duda. La unidad entre mente y cuerpo, la necesidad de salir del encierro disciplinar, la insuficiencia de las explicaciones totalizantes, entre otras. Sin embargo nos ha tocado vivir en una época en la que los conceptos van delante de los acciones.  Basta observar la distancia entre lo que declamamos y lo que hacemos para registrar el abismo que separa una cosa de la otra. Muchos de nosotros nos regodeamos en la vanguardia discursiva mientras no somos capaces de arrancar a nuestros propios pies del barro de lo que siempre hemos hecho. Nuestras lenguas se nos adelantan. Nuestras cabezas estiran el cuello hacia el futuro mientras no logramos despegar nuestros pesados y obesos cuerpos de las trampas del pasado Percibimos la necesidad del cambio pero al mismo tiempo somos agentes de la inercia y la perpetuación de lo mismo. Estamos a medio camino entre la innovación y la esterilidad. Es decir, en ninguna parte.

No se trata de un ejercicio sistemático del cinismo. No existe una voluntad deliberada de contradecirnos. Lo que sucede es algo mucho más elemental y dramático. Sabemos “qué” hacer pero ignoramos “cómo” hacerlo. Nadie niega en su práctica lo que expresa en su discurso por un simple y absurdo deseo de incoherencia. Es que simplemente no lo sabemos.  No somos estúpidos, somos ignorantes.

El arduo camino entre la epistemología y las prácticas no se transita sin conflicto. Nadie abandona sin dolor la comodidad de lo que siempre ha hecho.  Nunca se han gestado nuevas formas sin experimentación y sin fracasos. La creación es un insumo necesario pero no está exenta de riesgos. La conciencia de que lo que hacemos en nuestras propias disciplinas está por detrás de las necesidades del presente es apenas un primer paso imprescindible. Tenemos que “inventar” nuevos dispositivos que nos permitan convertir nuestras ideas en actos. Estamos parados sobre el inestable y agrietado suelo de nuestros propios saberes. Los resultados de lo que hacemos dependen tanto de lo que conocemos como de los modos en que aquello es puesto en práctica. La implementación es la única forma de convertir  el conocimiento en beneficio para los demás en temas de salud.

La imaginación fluye hacia mundos inexplorados pero tenemos las manos atadas. El diálogo entre disciplinas es casi siempre una mera aspiración. Un plano desplegado sobre la derrota de cada día. No es posible  hablar sin renunciar a los lenguajes que crean la ilusión de decirlo todo. Es sobre la fractura de unas lenguas que ya no pueden nombrar lo que pensamos que encontraremos el espacio del intercambio. No pocas veces elegimos el camino del error para conjurar la incerteza. Nadie podrá incorporar lo nuevo sin renunciar a la falsa certeza de lo que  creía saber. Ni la arrogancia, ni el desprecio por la prueba de la experiencia o del método científico nos abrirán las puertas de un ejercicio articulado de nuestras profesiones. Ha terminado el tiempo en que los hechos se describían según perspectivas que confirmaban nuestras creencias. Ya no es posible oscurecer lo que refuta lo que somos.

Las disciplinas empiezan a tocarse. Las fronteras se hacen borrosas y fluctuantes. Pero, por el momento, predominan los falsos puentes que no conducen a ninguna parte. De ese contacto íntimo entre dos formas de conocimiento debería nacer una nueva que nos iluminara el mundo con una luz diferente. Una propiedad emergente como producto de la confluencia de saberes. Sin embargo predomina la sustitución y no la metamorfosis. Le Medicina se convierte en Biología ingenua. La Medicina Basada en Evidencias en la aceptación dogmática de un credo estadístico que contradice sus propios fundamentos. La Medicina Narrativa en un psicoanálisis vulgar o en la aplicación automática de los principios elementales de la lingüística o la semiótica literaria. La vida convertida en un pobre mecanismo. La existencia sobreinterpretada bajo el peso implacable de las mismas y rudimentarias metáforas. La novedad demanda transformación. Como dos células que se fusionan en el encuentro, debería aparecer un organismo diferente. Como el hidrógeno y el oxígeno que  no contienen el agua. Una propiedad emergente. Algo que no es ninguno de los dos elementos que le dieron origen. Que es más y también menos que la suma de sus partes.

Las personas traen a nuestros consultorios sus padecimientos subjetivos y sus enfermedades del cuerpo. Nos toca a nosotros impedir que entren unos y los otros queden afuera. Nadie aceptaría una mutilación semejante. La gente nos cuenta historias que dan sentido a los que les sucede. Ni la sordera selectiva, ni las creencias dogmáticas o la interpretación exasperada nos habilitarán para ingresar en ellas y transformarlas juntos cuando sea necesario. Ya ha pasado el tiempo de la explicación disociada de la comprensión. Como caras de una misma moneda la realidad resiste a las estériles categorías que las separan. La contradicción y la incertidumbre forman parte del mundo real. Se burlan de nuestras certezas y trazan el mapa de nuestro fracaso.

Supongo que el tiempo nos señalará el camino. Por ahora hay más conflictos, pseudoacuerdos y mutuas sorderas que otra cosa. No podemos entendernos porque no somos capaces de renunciar al privilegio de lo que fuimos. Es imperativo dejar de hablar de lo que sabemos para hablar de lo que ignoramos. La transición es un puente colgante. Una delgada cuerda suspendida en el aire. Un sendero sembrado de perplejidades. Un desfiladero, frágil e inestable, a menudo cruzado por un idiota.