¿Quién cruzará este puente?

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“Vivimos en una sociedad que depende profundamente de la ciencia y la tecnología y en la que nadie sabe nada acerca de estas materias. Esto constituye una fórmula segura del desastre”. Carl Sagan

¿Dónde estamos?

Nunca antes el hombre había alcanzado tal grado de conocimiento del mundo y de sí mismo como hoy. Jamás como ahora las categorías con las que nos hemos definido históricamente estuvieron tan cerca del colapso. Las preguntas fundamentales sobre la condición humana ya no tienen las mismas respuestas.

Es casi imposible escapar de la perplejidad del presente. Nuestra “naturaleza” es un paisaje hecho de artificios, de ciencia y de cultura. Ya no resulta posible guiarse en el presente con las creencias del pasado.

Las fronteras disciplinares se desdibujan, los discursos autorreferidos agonizan. Lo que suponíamos conocer ha ingresado en una era de redefiniciones de sus propios fundamentos.

Sin embargo apenas alguien se asoma por fuera de su propia disciplina encuentra visiones del mundo contradictorias, lenguajes irreductibles, objetos de estudio divergentes, metodologías incompatibles. Existe una inercia que tiende a conservar identidades a cualquier precio y a escapar de todo cuanto las interpele.

El intelectual de nuestros días debería ser un anfibio capaz de sobrevivir en ambientes diversos. Ya no es posible pensar el mundo sin las descripciones densas de la ciencia ni encontrar un sentido a la experiencia de vivir sin la sensibilidad y los valores de las humanidades. Hay puentes que comienzan a trazarse. Alguien debería tener el valor de atravesarlos.

La mente recupera al cuerpo

Las neurociencias han extendido sus conocimientos más allá de su propio territorio. Sus hallazgos cuestionan la tradición en la que hemos sido educados. En ocasiones contradicen no sólo lo que creíamos, sino lo que quisiéramos creer. No alcanza con adquirir las competencias que nos permitan entender lo que se dice. Existen razones mucho más sutiles que impiden el acceso al conocimiento. No hay manera de apropiarnos de él si antes no lo consideramos bello y valioso. La sensibilidad es producto de nuestra historia personal y de nuestra educación. Es necesario aprender a percibir la extraordinaria belleza de lo que se nos muestra.

En toda enfermedad hay un conjunto de datos biológicos pero también una historia biográfica. Sería muy sencillo, aunque insuficiente, afirmar que detrás de cada padecimiento personal hay una alteración orgánica que lo produce. O lo contrario, que detrás de cada alteración de la fisiología hay una persona singular que la padece. Lo que nos urge es encontrar un discurso capaz de comunicar que ambas son la misma y única cosa. Que se autoimplican, que se organizan en un bucle recursivo donde las causas en ocasiones también actúan como efectos. Lejos de las perspectivas reduccionistas donde ambas dimensiones se desconocen entre sí, por primera vez hoy comienzan a mirarse a los ojos, a reconocerse, a reunir lo que nunca debió separarse. El dualismo ingenuo y su aplicación dogmática han fracturado el campo del conocimiento. La proliferación de creencias sin sustento y la charlatanería van cediendo su lugar al saber metodológicamente riguroso, a la argumentación lógica y a la contrastación con la experiencia empírica. Los desarrollos de la tecnología han puesto a nuestro alcance recursos que ya no admiten la impostura. Se desmoronan las excusas que justificaron hipótesis imposibles de probar. El pensamiento ya no puede permanecer indiferente, anclado a las mitologías del pasado. El escenario que la ciencia nos devela no sólo es más verdadero, también es apasionante y de una belleza sublime. Sentimos el asombro ante lo novedoso y la emoción ante la dimensión estética que se nos revela. Las dos cosas nos conmueven íntimamente.

Sin embargo aún sobreviven estrategias que permiten vivir en el presente mientras se lo piensa con herramientas que ya no son capaces de describirlo. La ceguera, la imbecilidad, el prejuicio o la ignorancia son algunas de ellas. Este libro es un intento, todavía inmaduro, de romper con ese círculo de penumbra donde hemos permanecido atrapados durante demasiado tiempo.