¿Quién cuidará de nosotros?

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La dimensión olvidada del tratamiento médico

Las fantásticas transformaciones que el conocimiento médico ha experimentado durante el último siglo ocupan casi todo nuestro tiempo de aprendizaje. Son tantos y tan complejos los temas de los que un médico debe apropiarse que capturan su actividad intelectual sin dejar espacio para pensar en otras cosas. Pero, ¿en qué cosas?

• Reflexionar acerca de lo que se sabe y de lo que aún se ignora.

• Analizar si las respuestas que nos ofrecen responden a las preguntas que nos hacemos.

• Evaluar si los conocimientos disponibles atenúan los padecimientos reales de las personas a las que asistimos.

• Detectar aspectos de la vida cotidiana de nuestros pacientes que inciden sobre lo que hacemos pero que solemos no ver.

La epidemiología contemporánea muestra que en las enfermedades más prevalentes el problema mayor no es que se carezca de recursos para tratarlas, sino que no disponemos de estrategias que permitan implementarlas y mantenerlas durante largos períodos. Entre muchos otros motivos, la dimensión del “cuidado” de las personas ha quedado oscurecida por la proliferación de otros recursos médicos. Lo que podría explicar algunos “fracasos paradójicos” es que ningún tratamiento resulta efectivo si las personas no logran sostenerlo y que las condiciones de vida –que son el escenario donde las recomendaciones médicas deben llevarse a la práctica- también se han modificado de un modo dramático.

El clima cultural de una época impone modos de vivir y estilos emocionales que merecen ser tomados en cuenta al diseñar intervenciones terapéuticas. Varios autores han realizado estudios minuciosos sobre el tema poniendo en evidencia aspectos que a menudo permanecen en un área de penumbra para la perspectiva profesional. Casi todos ellos resultan muy diferentes de acuerdo al estrato social en que una persona vive.


“Cuidar”, una tarea devaluada

Vamos perdiendo la capacidad de cuidarnos unos a otros. Uno de los recursos más escasos en la actualidad es el “cuidador”. Una tarea familiar que se ha privatizado. Ya no sabemos, no queremos, no podemos hacerlo. Una vez se agota la fase de la solidaridad exhibicionista de la enfermedad: foto para Facebook, colonia lavanda y mensajes de texto alentadores, el cuidador moderno huye. Todos hemos conocido a personas que no se acercan a la cama del enfermo para cuidarlo sino para ser vistas mientras simulan hacerlo. Para narcotizar su falsa conciencia. Algunos contratan a un “cuidador” para cuidarse a sí mismos del horror o de la indiferencia que les produce la necesidad de tener que cuidar a otro. Es posible que se huya del dolor ajeno por miedo al propio dolor. Pero es imposible nadar y mantenerse seco. Cuando hay un enfermo querido hay que sufrir que es lo que se ha hecho siempre, ¡joder!


Lo dramático de la vejez no es que dependas de los demás sino que ya nadie depende de vos.

“Cuidar” es una de las pocas tareas que requiere más que “tener” o que “saber” hacerlo, es imprescindible “querer” hacerlo. Se cuida en silencio, sin alharaca, sin facturar lo que se ha hecho, sin exhibicionismo. Te callás, le acariciás la cabeza cuando duerme y le cambiás las sábanas si se orina.

Si alguien necesita que lo cuiden lo mejor es que tenga madre. Ahora comprendo por qué hasta que morimos, ante el dolor siempre decimos “mamá”. Hace muchos años llevé un registro de las palabras que decían pacientes comatosos o bajo anestesia o muy graves. ¿Adiviná cuál fue la más frecuente?


Lazos débiles y sociedades líquidas

El debilitamiento de la familia y de las instituciones comunitarias (sociales, religiosas, etc) son aspectos inherentes al individualismo social reinante. En algunos sectores se registra un traslado de funciones tradicionalmente familiares hacia la esfera mercantil -se privatizan- lo que las torna impersonales y estandarizadas. Más allá de emitir un juicio de valor, existen datos que señalan esa realidad inocultable. Aquello que no puede resolverse en una familia sin tiempo se compra en el mercado de servicios. Pese a que imaginamos a las familias como estructuras estables e indestructibles, la realidad las muestra como entes fluidos y cambiantes. Bastan algunos ejemplos –mencionados por Arile Russell Hochschild en su libro “La mercantilización de la vida íntima” para evaluar la dimensión del tema.

  • Las jornadas de trabajo se prolongan.
  • Las mujeres trabajan masivamente fuera del hogar.
  • Se ha constituido un vacío en torno del cuidado de las personas por sus familias.
  • El Estado ha devuelto la pelota del cuidado al ámbito privado del hogar, donde casi no queda nadie que pueda atajarla.

Muchas tareas que tradicionalmente se realizaban dentro del hogar se han tercerizado y profesionalizado:

  • Cuidadores de niños
  • Cuidadores de ancianos
  • Cuidadores de enfermos
  • Paseadores de perros
  • Animadores de fiestas infantiles
  • Wedding planners
  • Organizadores de cumpleaños, bautismos, sepelios.
  • Consejo existencial a cargo de profesionales
  • Asesores maternales
  • Asesores de compras
  • Personal trainers

Servicios como estos –y muchos otros- cubren necesidades objetivas y no son intrínsecamente ni buenos ni malos. Lo que resulta evidente es que hace algunas décadas eran impensables y que han transformado radicalmente los vínculos y las relaciones personales que aún suponemos inmodificables. Para quienes tienen acceso a la salud y a muchos de estos servicios, cuidar de un enfermo implica una perturbación de sus rutinas cotidianas. En un universo de valores en el que la vida gira y se organiza alrededor del trabajo desde donde se obtienen, no sólo el dinero para solventar un estilo de vida, sino las señas de una identidad, esto resulta inadmisible. La rueda no puede detenerse.

El vértigo de los días se invisibiliza y ni siquiera se concibe que exista otra manera de vivir. La enfermedad rompe de modo brutal estas certezas para quien la padece, pero no siempre para las personas que los rodean. Un enfermo cercano es un dolor, pero también es un obstáculo y un problema a sortear. Las dinámicas familiares alteradas buscan –casi con desesperación- recomponer sus propios ritmos ya que no es posible concebir ni sostener otros. En alguna medida podría afirmarse que lentamente el trabajo comienza a ser percibido como una “familia” mientras que la familia se asemeja a un “trabajo”.

Se han descripto una serie de modelos de relaciones entre el trabajo y la familia:

  • Modelo tradicional: la casa y la familia tienen atractivos diferenciados por género. La primera es para las mujeres y el segundo para los hombres.
  • Modelo del refugio: el trabajo es percibido como un mundo despiadado y la familia como el refugio que repara los daños de la intemperie agresiva y salvaje del espacio laboral.
  • Modelo de la semejanza entre casa y trabajo: en general adoptado por profesionales de ambos sexos que encuentran satisfacción en sus tareas y trabajo en sus hogares.
  • Modelo doblemente negativo: ni la casa ni el trabajo aportan sostén emocional y recompensa por lo que éstas se buscan por fuera de ambas: pandillas, grupos de pares, bares, clubes, etc.
  • Modelo milagroso: parejas con doble ingreso y un infrecuente equilibrio entre la casa y el trabajo.

La consolidación de un modelo cultural de vida organizado alrededor del trabajo incide en los hábitos familiares y en los estilos emocionales que caracterizan a una época. Los conflictos y angustias se deslizan hacia la consulta psicológica y se confinan al ámbito estrictamente individual e intrapsíquico. Las personas nos volvemos incapaces de transformar nuestros sufrimientos individuales en causas colectivas ni siquiera entre nuestro círculo de mayor intimidad y en reconocer su origen en un territorio que nos incluye pero que también nos excede. Las fuentes de nuestras alegrías y de nuestros horrores son las mismas. Las satisfacciones hacia las que orientamos nuestros esfuerzos imponen condiciones de acceso tan rigurosas que pueden producir enfermedad u otra forma de padecimiento en los individuos más vulnerables. Al mismo tiempo restringen en nuestros seres más próximos la posibilidad del cuidado personal por lo que esa dimensión del vínculo, tan esencial para el tratamiento de un enfermo, se resiente y se desplaza ilusoriamente hacia otros recursos que jamás podrían reemplazarla.

Inmersos en el insaciable torbellino del consumo todo es percibido como una mercancía. Lo que no te puedo dar te lo compro. Lo que no puedo recibir lo adquiero. La compañía, el amor, el sexo, el cuidado, el consuelo, la fiesta o el dolor encuentran en el mercado a profesionales expertos en brindarlos a un precio razonable sólo para quien pueda pagarlo. Más allá de nuestras preferencias y nuestros deseos, por fuera de los juicios de valor, estos hechos existen. Tal vez sólo sean los efectos colaterales de otros beneficios de los que hoy gozamos. Pero ignorarlos no nos permitirá encontrar la manera de convivir con ellos sin dañarnos unos a otros.

El cuidado de los enfermos es una dimensión fundamental de la asistencia. Por razones diversas ese aspecto está hoy devaluado y privatizado. Sin cuidar no es posible curar. Las mejores recomendaciones deberían resultar también las más posibles de implementar en el mundo en que las personas vivimos. Reconstruir ese mundo en que cada enfermo vive y adaptar nuestras recomendaciones a sus posibilidades es parte de los requisitos indispensables para que lo que les indicamos resulte factible. Desconociendo esta dimensión desde el comienzo eliminamos las causas que luego afirmamos no encontrar. Si ello no es tomado en cuenta el fracaso terapéutico será inevitable. Si no lo hacemos visible para quienes tratamos enfermos la solución no llegará jamás.

Todos habitamos el mismo mundo cultural, compartimos sus códigos conductuales y emocionales. Pero hay cosas que permanecen inalterables, la medicina nunca podrá “curar” sin “cuidar”. Como en “Ciencia y caridad”, la fantástica obra de Pablo Picasso, la dimensión técnica no puede escindirse de la humanitaria. Techné y Medeos para los antiguos griegos. Conocimientos y destrezas técnicas más cuidado solidario y amor por los demás son ingredientes sin los cuales no hay curación posible. No somos los médicos los únicos que nos vamos olvidando y construimos una medicina hemipléjica que más tarde se asombra del fracaso de sus fabulosas habilidades. El problema nos involucra todos. Ignorarlo podrá maquillar nuestra falta pero no resolverá ninguno de nuestro problemas.

Tal vez haya llegado la hora de interrogarnos sobre nuestro propio futuro. Cuando llegue el momento, ¿quién cuidará de nosotros?

  • Luciano Pereira

    Hermoso artículo, Daniel. Rescato una frase del mismo (“Lo dramático de la vejez no es que dependas de los demás sino que ya nadie depende de vos.) para entender el por qué de la vitalidad mental de mi padre, quien cumplirá -Dios mediante- en julio de este año 88 años. Para nuestra familia sigue siendo el patriarca, la última palabra. Bueno, no todas las veces es así, pero hacemos todo lo posible porque él siga creyendo que es así. Le participamos de nuestros proyectos, nos aconseja, está pendiente de todos sus nietos. No se olvida jamás de fechas de cumpleaños y aniversarios. Creo que el hecho de seguir cuidando de nosotros, de estar pendiente de nuestros respectivos trabajos, es la fuerza vital que lo mantiene lúcido. Gracias por el artículo. Un abrazo.