Una “extraña” jornada médica en Chos Malal

091109_3int
Lecciones que se dictan por fuera de los estrados.

 
El norte de la provincia del Neuquén es un territorio de valles y volcanes. Un corredor prehistórico desplegado sobre la cordillera de los vientos. En esa zona, cargada por el embrujo de los tiempos remotos y la contundencia muda de la distancia, un puñado de pueblos se acomodan al abrigo de las montañas. Chos Malal fue alguna vez la capital del territorio. Allí, en una ciudad atravesada de historia, se realizaron las Primeras Jornadas de Cardiología del Norte Neuquino. 

Hay varios motivos para que éste no haya sido un encuentro médico como tantos otros. Todos ellos resultan conmovedores, todos infrecuentes y extraordinarios. Alguien debería señalar que el hecho de que la Federación Argentina de Cardiología (FAC) se ocupe de llevar a un lugar como éste uno de sus encuentros del mayor nivel científico y que se trasladen hasta allí sus más altas autoridades –su presidente Dr. Héctor Luciardi entre otros- , es un hecho auspicioso. El acto de realizar estas jornadas constituye en sí mismo un símbolo, la huella de un pensamiento federal y una actitud de reconocimiento a todos los colegas que desarrollan en esas zonas sus vidas personales y profesionales. Pero esto no es todo.

091109_3intDesde el mismo momento en que llegamos a Chos Malal encontramos señales de que no sería éste un encuentro más. La comunidad entera participó de las jornadas del brazo de uno de sus médicos, el Dr. Esteban Larronde, cardiólogo local y empecinado organizador  de la reunión.  Por supuesto que hubo conferencias de gran nivel académico, desde ya que participaron algunos de los especialistas más destacados en cada área que se trasladaron generosamente hasta allí desde lugares muy distantes, pero eso es la regla en las Jornadas de la FAC y estamos acostumbrados a que suceda de ese modo. Lo que, a quienes vivimos en las grandes ciudades, nos resulta extraño y emocionante es el clima solidario y participativo con que un encuentro profesional se inserta en una comunidad. Algunos ya no recuerdan cosas como ésta, otros no las hemos vivido jamás y, desgraciadamente, a muchos ni siquiera les importa. Pero en Chos Malal suceden cosas sobre las que convendría detenerse a reflexionar.

Personas de todas las condiciones sociales organizaron la logística, armaron un auditorio que nada tenía que envidiarle a los salones five stars de los grandes hoteles, sólo que mucho menos frío, impersonal y ajeno. La mano de los hombres y mujeres del pueblo estaba presente en cada detalle, en la impecable tela que cubría las sillas, en la disposición del estrado para las conferencias, en los arreglos con orgullosa presencia de la cultura local con que se decoró el espacio. A diferencia de tantos salones de lujo que recorremos cada año, éste era un “lugar” y no un “no lugar” como denomina Marc Auge a la arquitectura indiferenciada y sin historia de los shoppings, hoteles y aeropuertos. Esas personas desfilaban en silencio detrás de cada invitado controlando que todo estuviese donde debía estar, que toda necesidad fuese resuelta, que nadie dejara de sentirse feliz por estar allí. Lo curioso para quienes ya hemos aceptado como una regla al exhibicionismo  neurótico y la pedantería sistemática fue que nadie se hizo ver, nadie necesitó que lo que hacía fuese exhibido como un mérito. Con una callada sensibilidad nos demostraron en los hechos que la mayor recompensa es que lo que hacemos se haga de la mejor manera y no que nos muestre a nosotros haciéndolo. Esas personas pusieron toda su dignidad austera y sin estrellatos al servicio de un encuentro científico que por primera vez llegaba a su ciudad. Desde las autoridades del gobierno local que pusieron las mesas hasta los peones rurales que nos homenajearon con sus chivitos al asador, todos rodearon a “su médico” sin necesidad de preguntarse por los motivos. El Dr. Larronde no lo sabe, tal vez no necesite saberlo, pero él y su gente nos han dado una lección.

Claro que aprendimos en las conferencias más de lo que ya sabíamos pero, para quien haya querido advertirlo, la reunión nos enseñó algo que, como consecuencia de la degradación de la idea de lo que ser médico significa, ya ni siquiera podíamos imaginar. Esteban tomó una decisión cuando eligió ese pueblo para ejercer su profesión y criar a sus hijos. Sabía que su esfuerzo por estar al día con la información sería mayor, que dejaba atrás el reconocimiento estéril y el estrellato trivial. Precisamente porque lo sabía y, sabiéndolo, lo hizo es que su elección adquiere un valor que él mismo no puede darle. En casos como éste uno elige no sólo lo que desea sino lo que no desea como proyecto de vida. Y es la renuncia lo que demanda más coraje. ¿Quién hoy se siente capaz de elegir la recompensa milenaria de hacer lo que hemos aprendido en comunión con quienes más lo necesitan cuando la indignidad de los premios, la fama o el dinero han oscurecido tanto nuestros sueños adolescentes hasta condenarlos al olvido y la traición? Yo, confieso que no he podido.  Como el personaje del extraordinario libro de John Berger, el Dr. Larronde es “un hombre afortunado”.

Un entusiasta grupo de residentes del hospital Castro Rendón de Neuquén quieren hablar de lo que significa ser médico hoy. Están formados en centros de excelencia, saben lo que hacen con la mejor información científica disponible, pero quieren conversar acerca de por qué lo hacen. Buscan razones, motivos y fundamentos. Se elevan por encima de los datos -que conocen muy bien- para alcanzar el poco transitado nivel del pensamiento crítico y de los valores que los orientan. Son lectores habituales de las publicaciones internacionales pero me proponen leer a Nicanor Parra, discutir textos de filosofía y literatura. Me piden citas, referencias, están ávidos y encendidos. Quieren proteger la sensibilidad que les permite emocionarse con el afecto de su gente. Le temen al desencanto y a la automatización como a un veneno mortal que les liquidaría el alma. Perciben ese riesgo porque se miran en muchos de nosotros y no quieren llegar al mismo lugar.

Un colega de “Rincón de los Sauces”  se acerca con pudor y me cuenta lo que sintió cuando una mujer mapuche le pagó sus servicios profesionales con un par de medias de lana tejidas a mano para ayudarlo a pasar sus primeras noches de invierno bajo la nieve de la cordillera. Se disculpa por contármelo, pero lo hace. Es todo tan curioso, yo, que no tengo nada que decir dicté una conferencia. Ellos, que son dueños de lo que debería decirse porque es mucho más valioso, me lo cuentan en voz baja durante los intersticios de una cena. ¿Quién arma la agenda de los temas acerca de los que los médicos debemos hablar? ¿Quién establece el patético repertorio de lo que se calla y lo condena al relato vergonzante y a la confesión clandestina?

Siempre se aprende en un congreso pero, como en esta ocasión, a veces las lecciones más elocuentes son las que se dictan por fuera del escenario, alejadas del brillo de las luces o la dictadura del Power Point. Un grupo de personas nos aportó la más contundente de las “evidencias” de cuantas allí se hayan mencionado: ser médico es un privilegio, una forma maravillosa de invertir nuestra existencia.  Es curioso, es absurdo, pero Esteban nos enseñó algo que él ignora que sabe a un grupo de “expertos” que no sabemos que lo ignoramos. Estoy confundido, él nos abrazó y nos agradeció tanto rodeado de su gente por haber estado allí; pero, ¿no seríamos nosotros quienes le deberíamos agradecer a él?

Gracias Esteban, gracias a tu gente por permitirnos aprender mientras nos hicieron creer que enseñábamos.
 

D.F