Una fiesta para el corazón

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A mí la idea misma de “fiesta” me aterra. Detesto la alegría en casi todas sus manifestaciones. Tengo horror a la multitud, al carnaval carioca, al cotillón, al canto colectivo, al baile. Si me quieren ver sufrir invítenme a cenar o a un cocktail. Si me quieren ver muerto, a un casamiento o a una fiesta de Navidad. Hoy participé de algo semejante. Sin embargo he sobrevivido y hasta me animaría a decir que me siento orgulloso de haberlo logrado.

Nuestros pacientes organizaron una paella valenciana para festejar los trece años de nuestro instituto de rehabilitación cardiovascular. Ya casi ni nos acordábamos pero todo comenzó como un proyecto experimental de investigación de campo acerca de nuevas modalidades asistenciales adaptadas a la epidemiología de las enfermedades crónicas del presente. Nunca pudo terminar porque los enfermos, sus familias y nosotros mismos ya no nos lo podíamos permitir. Han pasado varios miles de pacientes durante este período. Ellos y nosotros aprendimos juntos a ejercer la medicina de otra manera. Una que fuimos creando entre todos partiendo de los fracasos del único modelo que conocíamos. A lo largo de estos años se nos fue revelando un escenario que no podíamos creer. La realidad contradecía nuestros pronósticos sobre cada caso. Hubo muertos y complicaciones serias, claro. Pero muchísimos menos de lo que esperábamos. Los pacientes se incorporan a un programa trisemanal de acompañamiento y vigilancia para patologías cardiovasculares muy graves. Trabajamos con ellos, con sus vínculos, creamos nuevas redes sociales que construyeron su propia cultura. Un micromundo que se encargó solidariamente de favorecer estilos de vida opuestos a los que los trajeron hasta acá. Ellos se murieron menos, tuvieron menos episodios de recurrencia, mantienen una adherencia al tratamiento impecable, modifican sus ideas y sus prácticas de vida. Nosotros recuperamos la felicidad de ejercer la profesión y nos protegimos de ser devorados por ella. Esta tarde unas ochenta personas comieron, cantaron, bailaron y celebraron el hecho de estar vivos. Un puñado de hombres y mujeres de las más diversas edades y condiciones sociales jugaron como chicos. Sonaron carnavalitos, tangos, salsa, regaetton y no sé qué otras porquerías mientras una fila larguísima de personas enfermas movían el culo como si fueran adolescentes. Algunos sobrevivieron a su infarto, otros tienen el pecho abierto al medio por un by pass coronario, o secuelas neurológicas de diversos tipos. Todos están medicados hasta la saturación. Algunos están hasta las manos de quimioterapia por las patologías oncológicas relacionadas con las vasculares. Varias veces los vi entrar al baño a inyectarse insulina o a tomarse muestras de sangre para el automonitoreo de su glucemia. Donato bailó arrastrando su pierna izquierda y mirando de costado porque le quedó una paresia crural y una diplopía como secuelas de una hemorragia cerebral. Lina separó sillas y mesas para asegurarse de que no iba a golpearse con ningún objeto ya que está anticoagulada por su tromboembolismo pulmonar masivo. Juan actuó una pantomima del momento en que le sacaron el respirador en terapia intensiva. Lucio tocó el piano. Fernanda cantó tangos y boleros. Se juntaron para homenajearnos, nos hicieron regalos, nos abrazaron, nos emocionamos todos.  Les aclaramos que no merecíamos eso, y era la pura verdad. Nosotros aprendemos tanto de esa gente cada día. Ellos inventaron una manera diferente de atenderlos en un contexto que produce resultados clínicos y que toma en cuenta lo mejor de la medicina junto con lo mejor de las personas.

Yo odio las fiestas. Soy capaz de cualquier cosa por escapar de ellas. Me despiertan una hostilidad furiosa. Me siento incómodo y violento. Agredo a las personas que se me cruzan en los salones. Tengo verdadera sed de sangre mientras suena esa musiquita de mierda. Pero hoy me lo banqué. Me porté como un caballero. Cuando nadie me miraba pensé que iba a llorar y quise permitírmelo. No pude. Otra vez no pude. De todos modos le di mi abrazo sincero a uno por uno. Cuando todos se iban me acordé de mi viejo. Una noche de invierno le dije: -¿Sabés?, a mí me interesa la ciencia pero nunca podría ser médico como vos. No tolero ver a la gente enferma sufrir. Él casi ni me miró. Bajó la cabeza, me respondió en voz baja y serena. –Qué curioso, yo elegí ser médico por el mismo motivo. Gracias viejo, tenías razón.

Referencias:

Acá pueden ver el trailer de un video que filmamos hace algunos años con esta gente y en este lugar.

  

Versión completa: http://www.intramed.net/contenidover.asp?contenidoID=61694

  • Ana

    Me emocionó como siempre.