Yendo del diván al espejo

degenrado

¿Por qué no te callas?

Desde hace un tiempo he sentido la necesidad de revisar ideas que consideraba establecidas, verdades de hecho sobre las que creía que ya no valía la pena volver. La experiencia es inquietante y no cesa de procurarme enemigos. Ésta es una de ellas.

Es suficiente mirarnos un poco para registrar una situación bastante generalizada. Verborrágicos e incontinentes, no podemos dejar de hablar de nosotros mismos. Autocentrados, esclavizados a un Yo hipertrófico y caprichoso orbitamos sobre nuestros propios deseos, nuestras frustraciones y nuestra manifiesta inadaptación al mundo real. Alguien nos ha convencido del imperativo de encontrar secretas verdades interiores y seguir el azaroso camino que ellas nos señalan. Hemos creído, sin someterlo a prueba alguna, que todo debe ser dicho. Que las palabras exorcizan el dolor. Que el silencio es un veneno. Es posible, puede ser. Aunque nada, excepto un conjunto de hipótesis muy bonitas, ha podido probar estas afirmaciones ni evitar sus excesos.

¿Y si resulta que no es así?

Estas premisas, ¿no nos transforman en sujetos onfalocéntricos atrapados entre el diván y el espejo?

¿Habremos creado entre todos una cultura que promueve estándares de normalidad imposibles de alcanzar?

¿Estaremos sometidos a mandatos de autorrealización personal, de pareja y sociales tan ilusorios y desmesurados que alimentan nuestra perpetua insatisfacción?

Al aceptar la existencia de un supuesto Yo opaco y oculto, ¿no nos estaremos condenando a la búsqueda interminable de lo que se supone que somos más que a la construcción cotidiana de lo que vamos siendo?

La creación de una clase media normalmente “neurótica”  que admite sin reparos que cierto grado de insatisfacción o de sufrimiento personal constituyen anomalías a tratar, ¿no nos condena a una terapia infinita?

Eva Illouz plantea en su libro, “Intimidades congeladas, las emociones en el capitalismo” ( Katz editores), una serie de hipótesis acerca del homo sentimentalis, un tipo humano centrado alrededor de su propio Yo. Encarnamos una “cultura terapéutica”  mediante argumentos que privilegian el sufrimiento y el trauma que hacen que se entienda a la propia vida como una disfunción a superar. De esta manera todos somos “enfermitos”. Las narrativas terapéuticas crean nichos de mercado fabricando a sus propios clientes. Son tautológicas, definen y crean las patologías que luego se ofrecen a resolver. Generan hipótesis explicativas desplazando hacia la infancia o la familia los motivos aparentes del padecimiento actual sin aportar pruebas consistentes o, lo que es peor aún, resistiendo con violencia a que sus propuestas sean sometidas a cualquier tipo de contrastación con la experiencia. Se construye una narrativa de la enfermedad ya que para vender sus productos –y estos incluyen a los industriales, pero también a la poderosa corporación psicoterapéutica- primero hay que estar “enfermo”.

Cuando me detengo a escucharnos, a leer lo que escribimos -y esto me incluye en primer lugar- suele asaltarme una furia borbónica. En silencio, secretamente, me pregunto: “¿por qué no te callas?”


Arrojar al bebé junto con el agua de la bañera

Estoy cansándome de casi todas las cosas. De las creencias, de las ideologías y de las disciplinas cuando se ejercen como religiones. Las doctrinas te ciegan a lo real. Las sobreinterpretaciones fabrican sus propios munditos. Muchos de nuestros más destacados intelectuales  confunden lo que “creen” con lo que “es”. Eso que en lengua inglesa llaman “wishful thinking” o pensamiento ilusorio. Se puede ser un pelotudo de muchas maneras. Pero ésta es casi insuperable. Tengo una enorme ventaja sobre ellos. Yo no creo en nada. Los hechos me acorralan contra la pared. Me aprietan la garganta, me señalan la jaula en la que nos condenamos a vivir. No tengo nostalgia del pasado. Lo que extraño es el futuro. Y vos ya sabés cual es la única cosa segura que nos espera en ese lugar. Lo que nos aterroriza no es la incertidumbre de lo que pueda venir. Es la certeza de que eso es irremediable.

Quienes trabajamos en el ámbito de la salud vemos a personas que sufren todos los días. Es tan superior el modo profano en que ellos viven y expresan su propio dolor a las interpretaciones arrogantes que los expertos hacemos de él que me avergüenza. Por qué no nos dejamos de joder pidiéndole a la gente lo que no puede hacer. Por qué no terminamos de llenarlos de imperativos que proceden de nuestras propias creencias pero que son ajenos a su realidad. Por qué no los acompañamos sin acusarlos. Por qué no los cuidamos de ellos mismos, pero también de nosotros. Por qué no dejamos de disciplinarlos hasta obligarlos a ajustarse al modelo que nos orienta en lugar de facilitarles el que ellos se proponen pero no pueden alcanzar. Cuando alguien sufre busca en el mercado de las interpretaciones cuál comprar. Se lleva aquella en la que confía, o la única que conoce, o aquella a la que tiene acceso. Me tienen harto los pastores de la felicidad por decreto, de la alegría imperativa. Los que tienen explicaciones pero no pruebas, los satisfechos con su propio vacío, los jueces y los gendarmes de lo correcto, los talibanes del optimismo, los sedientos de aplausos.

En las universidades deberían entrenarnos para comprender historias. Pero en lugar de eso nos capacitan para extraer de ellas los signos de lo que consideramos importante. El resto se descarta por irrelevante, se lo considera un puro ruido comunicacional. Eso que no escuchamos es la historia de vida de la gente. Entre los profesionales y la enfermedad, el enfermo es un obstáculo a sortear. Eso es ciencia del siglo XIX pero pasada a través de la cabeza de un tarado. A veces creo que estamos haciendo lo mismo que algunas madres de la Inglaterra victoriana: arrojamos por la ventana el agua sucia de la bañera junto con el bebé que acabamos de bañar.

  • Hola, coincido con tus pensamientos. Pero me gustaría que menciones a quien criticas, yo creo que es específicamente al psicoanálisis, una “psicoterapia” eterna e ineficaz. saludos