Hospital

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Hay un paisaje nocturno de hospital. Pasillos desiertos. Paredes estremecidas por la humedad. Una luz mortecina que lame los techos. El eco de unos pasos trepando las escaleras. Una gota cae con regularidad de cronómetro. Rumores de sexo clandestino, de bocas crispadas y gemidos silenciados.  Huele a hemoglobina y a orines viejos; a Iodopovidona. Sirenas. Portazos. Gritos. El viento silba a través de los vidrios rotos. Las ruedas de una camilla tropiezan sobre los agujeros del piso. Siluetas sobre camas desvencijadas con la cabeza escondida debajo de la colcha. Una madre canta una canción de cuna. Un suspiro. El llanto contenido de un hombre que se tapa la boca con las manos. Desamparado y muerto de vergüenza. Una mujer se cubre los pechos con una sábana sucia. Tiembla de frío y de indignidad. Suenan las alarmas de los monitores y el soplido de los respiradores microprocesados. Un zoológico de animales fantásticos ladrándole a la noche. Cyborgs, mitad máquina, mitad humanos. Las cosas flotan en una atmósfera de campo de batalla. Todo es sombrío y desangelado. Sólo los médicos se sienten a salvo en un lugar como éste. No quieren irse. Sueñan con volver cuando se van. Se sienten como en casa. Nadie más, sólo ellos. Porque son los más enfermitos de todos.